De creationis

De todos los tópicos que se han ido formando alrededor del poeta, del compositor, del pintor o del artista en cualquiera de sus vertientes, quizá uno de los más persistentes, una de esas controvertidas convenciones que se aceptan inmediatamente, es el miedo a la página en blanco. Una especie de “horror vacui” que en el periodo románico se asociaba a la proliferación de figuras, lineas, colores y formas de cualquier tipo. Se hacía todo con tal de que no quedara espacio sin rellenar. Miedo al vacío entonces, a lo no conocido; el pavor que se siente no es por la falta de algo cognoscible sino por la pregunta incómoda que suscita el hueco sin rellenar. ¿Qué hay en ese espacio insoportablemente blanco? ¿Qué es? ¿Qué nombre tiene? No hay respuesta y por eso surge la inquietud. No conocemos lo que hay más allá y sabemos que “nada” es una respuesta demasiado rápida y que cae fácilmente en el equívoco. Antiguamente en la cartografía medieval se consideraba que los espacios vacíos del mapa debían de ser lugares oscuros y terribles, ya que de no ser así Dios habría iluminado a sus hijos predilectos hasta llegar allí. ¿Qué solución tomar en aquellas minuciosas obras de arte que pretendían guiar los ojos curiosos del monarca? Al cartógrafo le vino rápidamente una idea a la cabeza, hizo un bonito dibujo y grabó el lema“Hic sunt dracones”, es decir, “aquí hay dragones”. Es fácil suponer que los ojos reales de su alteza se deleitarían con aquellas serpientes que emergían del mapa, aceptando con reverencia la insignia del cartógrafo. “Sin duda debe de haber dragones” y la mención a Dios sería segura.

La historia del vacío es muy larga. Ese lugar común de que los artistas tienen horror a la página en blanco se entiende de la misma manera que en el caso del cartógrafo o del pintor medieval. ¿Qué hay en esa cuartilla iluminada, sin mancha alguna que perturbe su textura? “Nada” no es una respuesta y el poeta, el escritor, el pintor ante su lienzo, el compositor que traza los pentagramas pero que ve igual de virginal la superficie, todos ellos se preguntan por qué tienen miedo y bajan la pluma o el bolígrafo o los dedos sobre el teclado y dudan. Escribir “aquí hay dragones” ya no parece adecuado siglos después ni tampoco serviría comenzar a garabatear o dar pinceladas rellenando por rellenar. Queremos manchar el papel, pero queremos hacerlo bien y de la forma exacta, sin excesos, sin trucos. Esos instantes antes de que se prenda la mecha, halla o no inspiración de por medio, están llenos de miedo. Es el miedo al vacío que se ha de llenar, pero también miedo a la mediocridad, a escribir algo que no sea digno de ese papel blanco. Sí, algo tiene de sagrado el acto de la escritura. Es dotar de cierto cariz real, destapar toda duda de cómo debe ser eso que no existe hasta que le da forma la tinta o la pintura. “Escripta manent” y los artistas lo saben y temen su permanencia, su realidad. Es mejor, menos problemático, dejar esas ideas en el limbo, en el rincón oscuro donde apenas son un destello, una sombra de lo que podrían ser.

Y finalmente se escribe, con miedo al principio, pero luego la mano se acostumbra a hacer ese ejercicio y prosigue rellenando la página, anotando al margen lo necesario, tachando si ha de hacerse. Crea, en una palabra. La mente se confunde y termina por marginar lo que es real, se traslada a ese pequeño universo de sombras donde el papel es lo más brillante, toma nota de aquello que ve sin ver, pinta lo que su imaginación le exige y por fin, cansado, el mundo extraño se difumina y la realidad vuelve con su peso cotidiano. El papel aparece emborronado junto a otras páginas que le han seguido. El cuadro está terminado, o al menos ha finalizado la parte que le tocaba ahora. Quizá haya un ligero zumbido en la cabeza de ese artista ante su obra y quizá relea con angustia creyendo que lo escrito es apenas digno de ser visto por ojos ajenos. Puede romper el papel o lanzarlo al fuego, aniquilarlo hasta que desaparezca su existencia. Todo con tal de que se destruya eso que ha sido traído desde un mundo sombrío
hasta el nuestro. El trabajo de demiurgo siempre ha sido y será decepcionante, porque trasladar lo que queremos mostrar al plano de lo real vendrá con imperfecciones que nunca podremos pulir del todo. Aún cuando por fin el artista quede satisfecho se dará cuenta de que no puede escapar al temido juicio, a la crítica, a la crisis a la que se ha de enfrentar esa obra ante “el otro”. Ese otro posará su mirada en el cuadro, en la obra, pensará, tendrá una opinión y sus labios pronunciarán sentencias que de un modo u otro afectarán al artista y a su obra. Pues ese “horror vacui” que se había superado ahora muta por el miedo a la crisis, al juicio, miedo a la mediocridad, a que lo escrito sea mendaz.

El creador jamás podrá escapar al terror.

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Un comentario en “De creationis

  1. Llevando al extremo tu disertación, nadie escribiría, ni pintaría. Porque no hay obra que reúna en la alabanza a todo el mundo.
    Si me aplicara tu pensamiento, dejaría de escribir ahora mismo.
    ¿Debo dejar de escribir, aunque el único lector sea yo mismo?
    Creo que el que sienta la vocación de escribir, debe hacerlo sin descanso. Por él, y por los que seguro lo leerán con gusto y placer. Los otros… ya encontrarán otros escritos que les llenen.
    No sé.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

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