La otra ciudad

No recordaba exactamente cuándo había sido su última visita. Sabía que fue hace dos años, pero no tenía claro ni el mes ni el día. Se había ido en una mañana fría, esa sensación la recordaba bien y volvía en otra mañana que le parecía más clara pero que era tan fría como aquella que se emborronaba en su mente. El modo también había sido el mismo, llegaba en tren, a una estación que, como todas las de su tipo, estaban llenas de recuerdos de partidas y de regresos. Si uno se parase a pensar, quizá en lugar del cementerio sea en una estación donde las personas más sufren por aquel que se va. ¿Quién no podría decirle a él que en aquel mismo anden que ahora pisaba no hubiera habido años atrás cientos de madres rojas por las lágrimas mientras despedían a otros tantos hijos uniformados y que nunca regresarían de una guerra de esvástica y dólar? Se los imaginaba perfectamente a todos ellos, rubios, grandes, con la fuerza de la juventud en sus cuerpos calientes, arrastrando las pesadas botas con pesadumbre por abandonar las carnes apretadas de mujeres cuyos perfumes ya echaban de menos, por renunciar a los guisos pobres pero sabrosos de sus madres, que les llenaban el estómago de un cosquilleo agradable antes de echarse un rato bajo mantas calientes en una cama limpia. Aquellos jóvenes con la esperanza de la vida en sus corazones llorarían de seguro o se mostrarían fríos pero destrozados por dentro. El sello de la muerte marcaría sus frentes como una cruz de ceniza porque La última dama los rondaría ya entonces en las inmediaciones del tren, reconociéndolos antes de reclamar lo que era suyo desde que nacieron. Luego, pasada la lista, los trenes de hierro abandonarían la estación ahumándola con grandes pitidos; se arrastrarían pesados, con algún grito elevándose por encima del resto de sonidos, alejándose de aquella ciudad llena de madres sin hijos. Esas mismas máquinas regresarían poco después y devolverían a las mujeres la parte de ellas que se habían llevado, esta vez dentro de cajas de madera clara y de listones finos.

Él cruzó la estación hasta llegar al punto exacto donde tiempo atrás recordaba la despedida que ahora veían en tercera persona. En la calle encontró de nuevo el frío voraz. Dejó la maleta a un lado para cerrarse bien el abrigo, luego colocó el nudo de su bufanda y encendió un cigarrillo para quitar esa necesidad que su cuerpo le pedía. Expulsó el humo con conciencia de hacerlo en otro lugar, era algo así como una bienvenida que él mismo se daba. Nadie había ido a recogerle. Tampoco hacía falta, se dijo. Aquella de quien se despidió una vez ya no vivía en esa ciudad, se habían olvidado como se olvidan los amigos. Mientras fumaba con los ojos entrecerrados procuró recordar su cuerpo, su cara, su pelo, pero los detalles se le escapaban del esfuerzo de su memoria. Aquello le entristecía, era como perder un poco de su vida. Todo aquello había pasado a formar parte de esa masa sin definición que es el banco de la evocación.

Paseó por las calles que guiaban hasta su hotel poniendo sus pies donde creía haberlos puesto años atrás. Era un juego imposible y por eso mismo le divertía de forma fría y con cierto cinismo amargo. Enfundó las manos dentro de los bolsillos de su gran abrigo y no encendió otro cigarrillo, sino que su atención se vio capturada por aquellas tiendas donde ella y él se habían avituallado de las más diversas materias: desde comida mundana, fruta, pasteles y café, hasta cigarrillos o una botella de whisky. Ella le regaló un gorro ridículo que vendía por unas pocas monedas un hombre con la cara curtida; el sombrero tenía bordado el nombre de la ciudad, uno de esos típicos souvenirs que con tanto derroche se fabrican y se venden a pesar de ser del todo vulgares y feos. Él nunca se lo puso, sólo aquel día en los pocos minutos de un paseo helado que terminaron en la casa acogedora donde aquel gorro se perdió. Meses después, cuando ya todo había terminado, se encontró la prenda en el bolsillo de un abrigo viejo que había olvidado. Esta vez, cuando hizo la maleta, estuvo a punto de meter el regalo de ella dentro, para devolverlo a su ciudad, para arrojarlo en algún lugar o regalárselo a un mendigo. Quería cerrar el círculo, era su intención, pero cuando ya lo tuvo en las manos no se atrevió a echarlo encima de las camisas primorosamente dobladas y lo dejó sobre la cama. No lo guardó, a su regreso seguiría allí, recordándole que ella existió y que la ciudad fue única en aquel tiempo. Jamás volvería a pasear entre aquellos edificios o a cruzar aquellos puentes. Sí, podía reconocerlos ahora en el apresurado paso de su caminata, pero no eran los mismos, estaban desprovistos de ella y aquella ciudad era su ciudad por mucho que hubiera desaparecido y que él hubiese olvidado su voz o sus pecas; aunque ella ya no viviera allí y estuviese con otro hombre a cientos de kilómetros no importaba, la ciudad seguía imperturbable en su recuerdo y no sería capaz de cambiar aquella impresión por mucho que cruzara el mismo paso de peatones una y otra vez.

Llegó al hotel y pidió la llave tras cumplimentar las tediosas fórmulas de bienvenida. Cuando entró en la habitación arrojó a un lado la pequeña maleta y se tumbó en la cama. El silencio le sobrecogió. Apenas aguantó un par de minutos en aquella posición. Se levantó y abrió la ventana. El frío le llego claro junto con el ruido de la ciudad. Desde su altura tenía una buena vista de los tejados del centro de la urbe, de la plaza que tan bien conocía, de la oscura catedral que nunca había sido limpiada. Recordó algún que otro paseo y buscó con la mirada ciertos puntos que brillaban en su cabeza: un restaurante, una cafetería o la casa de ella. Algunos sí los encontró, otros no pudo pero tampoco se inquietó. Aquella era ciudad era otra. Mientras encendía otro cigarro comprendió que no sentía lo mismo esta vez. Él había cambiado y la ciudad, a pesar de permanecer inalterable, se mostraba ante él con otra apariencia: más iluminada, más abierta, más abarcable para él. Le gustó esa sensación, significaba que todo podía ser vivido de una forma distinta.

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