Arqueta Nº 3

N.d.A: “Arqueta Nº3” se publicó el día 03/10/2011 en el blog de “La vida entera en un silencio” de Saiz. Pertenece a un “juego” junto a otros dos escritos, cada uno de distinto autor.

La espada de Jaime se clavó en el pecho de Saúl, lo abrió con ira, haciendo que el herido gritase, pero el templario rápidamente dio fin al alarido con saña, cercenando la cabeza del rey caído. Jaime observó primero el cadáver y luego, calmada su pasión, la sangre impía que manchaba su túnica blanca, su coraza abollada y llena de los arañazos de distintos muertos que habían cometido la imprudencia de enfrentarse a su espada. Jaime se embadurnó los dedos con el líquido rojo, todavía caliente, los llevó al metal de su pecho y trazó la cruz que fielmente veneraba.

Fue entonces cuando se agachó, cogió aquella corona que había vestido de honor la frente llena de rizos del rey, que fue fundida años atrás, cuando un David que nunca se enfrentó a Goliat llegó al trono tras conquistar Jerusalén. Jaime observó el objeto con respeto, con asco también. Sabía muy bien qué representaba y decidió llevarla consigo, quiso que fuera la prueba definitiva de que ellos habían vencido. Cristo era el héroe y aquello lo evidenciaba.

Jaime se asomó al balcón de la fortaleza y gritó con fuerza, en latín. Proclamó la gloria de Dios y elevó la corona manchada con la sangre de su dueño. Los templarios gritaron, los cruzados gritaron, los herejes se rindieron. Terminó la batalla y prosiguió una guerra interminable que a Jaime le costó la vida.

La corona, sin embargo, fue enviada al imperio junto con otros muchos tesoros. Se fundió el oro y se rescataron las piedras preciosas. El maestro orfebre creó un alma de roble, esqueleto simple que le iba a dar coherencia al resto. Sobre las pequeñas vías de madera colocó las placas de oro judío, las repujó con adornos florales y añadió las gemas que formaban en la tapa una perfecta cruz de esmeraldas. Su ayudante, venido expresamente desde Limoges, trabajó durante un mes en aquella pequeña arqueta, llenándola con el azul real y el blanco marfil de los esmaltes más bellos que en su carrera había sido capaz de obrar.

La caja había sido encargada como un regalo. La terminaron en verano, quizá fuera ya Agosto. Puede que en el camino los soldados sudaran trasportando el tosco baúl donde viajaba una caja mucho más hermosa y con mucho más significado. A aquel tesoro le acompañaba una cruz llena de cristal y un báculo intrincado. Un recién nombrado obispo, hermano del rey de Francia, recibió aquel presente obligado, con la sonrisa torva de quien ha crecido respirando poder, negándosele poder y ambicionando lo que nunca sería suyo.

De aquella época la arqueta guarda el recuerdo del cuerpo de cristo, del suntuoso cáliz dorado, del vino derramado y, de nuevo, como si llevase en su materia una sed insaciable, de la sangre del obispo, cuya garganta se abrió sobre su tapa por mano de un puñal que pagó el digno hermano.

Al nuevo obispo, sustituto del asesinado, se le regaló la caja, limpia ya de los restos rojos que habían sacado brillos terribles de su esplendor litúrgico. Éste, amigo del rey pero más amigo de la reina española, regaló a esta la arqueta como muestra de su amor de confesor piadoso.

La mujer conservó en su interior los pendientes de perlas, las cadenas de oro, los rubís tallados y hechos amuleto, las cruces de plata que se colaban en su escote pendiendo de finos cordones del mismo material y el marfil de sus anillos y el raro y exótico jade que formaba pequeñas figurillas de animales. Murió joven y la caja fue heredada por la corona de España.

Por fin llegó él, su dueño más querido, hombre oscuro, de mirada seria, andar renqueante y silenciosa compañía. Felipe colocó la arqueta en su habitación, sobre una mesita de mármol, bajo el inmenso tríptico lleno de pecado y de ingenio que al monarca tanto le fascinó toda su vida.

Los años ya le habían pasado factura, tenía una fina brecha en su tapa que los dedos del rey recorrían con mimo cada vez que se paraba a contemplar el cuadro de cerca. El tacto roto le agradaba más que si hubiera estado perfecto, encontraba en aquel desperfecto pensamientos sobre el mundo real que nada tenían que ver con las tablas pintadas que le llenaban de caos la cabeza.

Está vez la caja tuvo el deber de guardar los pliegues de papel manchado con la tinta familiar, las cartas personales que ninguna importancia tenían para el estado pero que para Felipe eran las más apreciadas. También fue el lugar donde descansó el rosario de marfil que muy a menudo el hombre llevaba encima y manoseaba más sumido en pensamientos de política que en los rezos que se le adjudicaban.

Pero Felipe, como todos los hombres, murió. Pasó a otra caja muy distinta donde sus huesos se hicieron polvo, donde sus dedos estaban lejos de sentir el tacto de la brecha ensanchada por los años. La arqueta, huérfana del dueño que más cariño le tuvo, fue heredada por una hija y vagó ya sin destino fijo, guardando doblones dorados como soles que abollaron su pulida superficie, joyas de distinto valor, cartas de amantes, frascos llenos de opio y también polvo acumulado por los años de abandono, por el desprecio de unos propietarios que la relegaron a una repisa donde podía ser vista pero no tocada.

Tras muchos años de olvido alguien la encontró, reparó en su existencia, limpió su fondo, restauró aquello que era necesario restaurar y la expuso tras una vitrina de cristal que fue rota poco después, en un saqueo lleno de fuego, gritos y un idioma que reconoció íntimamente por ser el de aquel discípulo de Limoges y el de aquellos obispos de pasiones descontroladas.

Durante unos años reposó en un nuevo palacio de silencios. Vio pasar pocas personas en muchos años, ya nadie tocó su superficie con cariño, pero sí se posaron sobre ella los ojos furiosos y enérgicos de un hombre de baja estatura que apenas hablaba en su presencia.

Sin saber cómo, la arqueta volvió a un museo; esta vez la encontraron fatigada, los que querían restaurarla sentenciaron lo peor: había que cambiar el alma, podrida por los muchos años, por la sangre bebida, por los pecados que había absorbido, por la historia que le pesaba hasta el agotamiento. Era su fin, nada podían hacer ya. Un orfebre separó las placas, limpió con celo los esmaltes y las gemas, construyó un nuevo esqueleto y volvió a unirlo todo, refrescando su existencia, demostrando su pericia como experto. En la sonrisa del hombre que contemplaba la obra reconstruida no había rastro de pensamientos que llegaran más allá del metal. Ahora era cadáver o estatua de sí misma. La madera fue lanzada a algún lugar ignorado, donde se unió al polvo que ya formaban todos los que la poseyeron alguna vez.

Aquella caja, objeto desprovisto de espíritu real, fue puesta tras una nueva vitrina, injuriada con un cartel que en nada le hacía justicia, que omitía su nacimiento cruel, su sangrienta historia, el amor de un rey que apreciaba su imperfección, su visita austera a un país que la había arrancado con violencia y su sencilla muerte, exhibida tras un cristal en el que permanecería para siempre, observada por unos ojos que apenas apreciarían otra cosa que el brillante oro o los orgullosos esmaltes.

Poco a poco, año tras años, la historia escrita que citaba a la arqueta se difuminó. Nadie pudo decir que fue la cabeza Saúl la que ciñó el oro que la construía, todos olvidaron que las manos del oscuro monarca español acariciaron su brecha, nadie supo del desprecio de muchos dueños, ni de la sangre que llevaba impresa, sangre judía y sangre cristiana que la convertía en un objeto lleno de significado y que, a pesar de su opulenta materia, había sido relegado a un rincón insignificante en el que nadie se detenía.

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