El entierro de Salvador Herrera

-No volverá tu voz –Dijo el sacerdote con voz ahogada. Era viejo, muy viejo, asmático y ciego Realizó la señal consignada sobre la frente del difunto. Fue un joven ayudante quien llevó su mano sudorosa al punto donde debía uncir al cadáver.

-Cuando al ocaso veas la brillantísima luz de nuestro señor, no volverá tu voz… -continuó, quebrándose al final, prorrumpiendo en un estertor de tos que le hizo doblarse por el dolor.

Las ropas mortuorias estaban listas. Corrieron la sábana que cubría el cuerpo de Salvador Herrera y quedó a la vista de los allí reunidos. Las impresiones fueron muy diversas: Francisco aferró su bastón sin apartar la mirada de las brutales heridas que habían infligido a su sobrino. Doña Natalia se mantuvo impasible, con sus ojos verdes encendidos tras el cristal de las gafas. Albert tenía razón, aquella mujer era un monstruo sin corazón, incapaz de sentir nada por nadie. Por su parte Enrique tenía los ojos hinchados a causa de las lagrimas contenidas y Margarita lloraba suavemente sobre su hombro, limpiándose la nariz con un pañuelo de encaje. Lejos del grupo se encontraba Sebastián, padre del asesinado, muy serio, muy recto, con sus ropas impolutas y el reloj de bolsillo en la mano. Doña Natalia negó repetidamente y susurró algo a Enrique que sólo él escuchó. El joven asintió más por costumbre que por haber comprendido lo que aquella arpía le acababa de decir.

-Con tu lengua rosa ya marchita en el último recorrido… en el último recorrido callarás ante la presencia de nuestro señor. No volverá tu voz… -prosiguió el sacerdote. Su ayudante le dejó uncir el pulgar en el aceite balsámico y luego le guió sobre el pecho del que fue Salvador. Allí realizó el clérigo su runa. Fue una experiencia muy singular para el ciego, que había aprendido a disfrutar de los sentidos que le quedaban. Su dedo recorrió la carne fría del muerto, realizando con precisión la palabra necesaria, sin que ninguna barrera se opusiera a ello. Tocó las yagas, las heridas abultadas, los lunares, el vello del pecho. Si no hubiera sido morboso se habría deleitado buscando distintos tactos en aquel difunto. La muerte le fascinaba: la podredumbre de la tumba, el frío pegajoso de los cadáveres y su extraño tacto, como de cosa informe. Quizá aquel aprecio se debiera a lo cercano de su propio fin. Estaba enfermo y ya no creía en Dios, pero realizaba aquellas exequias como buen farsante. Al fin y al cabo, todos allí lo eran.
-Te quisimos, te olvidamos. Salvador Herrera, tu voz ya se ha apagado –Citó el Sacerdote.

Aquellos ritos eran muy siniestros, cualquier espectador ajeno a la sociedad podría haberlo visto así, pero estaban demasiado acostumbrados a la tradición, a la religión. Aún con todo, sería raro pensar en algún tipo de ceremonia funeraria sin rastro de la oscura morbosidad que provoca la muerte como rastro de ella.

Dos monjes cubrieron el cuerpo desnudo del joven con la túnica negra que debía de vestir antes de ser enterrado. Le colocaron el collar de ámbar y calzaron sus pies desnudos.
-No volverá tu voz a lo que Dios dijo ni tus ojos a este mundo ni tu aliento a este cuerpo.

¿Por qué había muerto Salvador? Realmente nadie lo sabía. Quién era el asesino era una incógnita. La policía trabajaba en ello, la familia trabajaba en ello, Albert trabajaba en ello. Todos querían desvelar el misterio, pero pocos por motivos puros. Había sido un ajuste de cuentas o un duelo a cuchillo, esas eran las hipótesis más susurradas entre la buena burguesía de la ciudad. Evidentemente había sido Salvador quien había quedado peor parado. El cirujano presupuso que sufrió agónicamente durante muchos minutos, desangrándose y asfixiándose a un tiempo, algo terrible. Teresa, la prometida de Salvador, no debió de escuchar aquel informe forense, pero lo hizo y al momento se derrumbó. Ahora se encontraba en cama, sedada, incapaz de afrentar la muerte del que iba a ser su esposo.

-Espacio y tiempo se terminan. Salvador Herrera –repitió el nombre y esta vez se atragantó, tuvo que toser escandalosamente antes de recuperarse-. Salvador Herrera… ya no volverá tu voz, prosigue tu camino.

Con las manos temblorosas tanteó el cráneo del muerto. Sus manos nudosas forzaron la mandíbula, abriéndola con dificultad. Tocó los dientes, la lengua y luego buscó sobre la mesa. Recogió la moneda de plata y la introdujo en la boca de Salvador, justo sobre la lengua. Luego le cerró la mandíbula y se apartó.

Su aprendiz, un novicio asustadizo, recogió el pequeño cazo situado en el pedestal calentado por una vela. Con un golpe enérgico volteó el cazo sobre la boca del muerto y al levantarlo la cera roja había sellado su boca, dejando sobre sus labios la impronta de Dios.
-No volverá tu voz –Dijo el sacerdote.

Sebastián cerró la tapa del reloj que aún mantenía abierto, lo guardó en su bolsillo y salió de la sala sin ceremonias. Ya se había terminado, no le necesitaban más. Dejaría a Doña Natalia el placer de repartir las escasas pertenencias de su hijo, a Enrique y a Margarita el llorar a su primo, a Francisco el engorro de firmar los papeles y hacer enterrar el cadáver. Ya no le necesitaban, no quería ver descender el cuerpo de su hijo a un pozo metido en una caja de madera con adornos de latón. No, se negaba a ello. Acudiría a Albert y juntos se cobrarían venganza.

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