Belleza compulsiva

-¿Sabes? Tú siempre me has recordado a la muerte.

Ella sonríe con esos labios rojos y no contesta, rodea un cigarrillo y lo mancha de carmín, expulsa el aire abriendo un poco la boca, enseñando esos dientes que parecen inofensivos.
-¿Por qué? –me pregunta al final y lo hace con un contoneo de cabeza, flirteando incluso en algo tan sencillo. Equilibra su gesto inclinando de nuevo la cara, buscando el cigarrillo pegado a sus divinos dedos.
-Eres todo exceso, morirás joven, dejarás un cadáver bonito…

Ella se ríe, sincera pero discreta; por eso la amo, es capaz de no llamar la atención nunca más de lo que ya la llama debido a sus ojos enormes y su cuerpo de mujer.
-Eres muy típico, cariño. –me dice sin malicia.- ¿y tú? ¿Llegarás a viejo y beberás whisky durante días sin afeitarte nunca?
-¿Crees que me pega eso?

Esta vez ella sonríe con los ojos, fumando, no quiere responder. Yo sé que soy un miserable, un hijo de puta que no se merece una flor como ella, pero está conmigo. Es mía todas las noches y casi todos los días; con eso me vale.

Mataría por ella. Ayer me leyó desnuda después de horas en la cama. No podíamos dormir, el calor del verano nos lanzaba con fieras el uno contra el otro y a las tres de la mañana decidimos hacer otra cosa. Yo preparaba gin tonics y ella leyó a Camus en alto, El extranjero apareció en nuestra habitación y lo llenó todo hasta que se acabó la bebida y llegó el sueño. He comprendido que yo soy ese protagonista, lo he sabido a los dos minutos de haber empezado a escuchar su voz. En el desayuno pregunté cómo acababa el texto y no pude comer más. Temo por lo que pasará. No quiero ser ese extranjero de todo, pero creo que lo soy.

Hoy tampoco podíamos dormir y hemos bajado aquí, a este bar con luces pequeñas que no iluminan nada, con mesas repletas de parejas o de grupos que hacen tiempo hasta que abran las discotecas. Nosotros estamos en la barra con algunos tipos solitarios que se parecerían a mí si yo no estuviera con ella. Me asombra lo mundana que resulta la vida por sí misma y la manera en la que cambiamos al tener a una persona a nuestro lado.

Ella es una estrella, sobrepasa cualquier ambición que yo hubiera podido tener con una mujer; creo que me dejará un día, harta de mi vulgaridad, pero no me preocupo igual que no me preocupé la tarde que entró en mi vida. Ya no creo en nada, ni en Dios ni en el destino y mucho menos en la suerte. Creo que todo es puro azar, trenes que chocan en la oscuridad. Yo me choqué con ella y fui afortunado.
-¿Qué ocurre? –pregunta frunciendo la frente- -Te has quedado muy callado.

Yo sonrío, no quiero preocuparla. Cojo su mano, la llevo a mis labios, la beso y ella recupera esos labios curvados que yo venero.
-Nada –digo-, pensaba en Camus.

Ella asiente:
-Hoy tengo un libro nuevo.
-¿Cuál? –pregunto y realmente siento cierta excitación hacia ese momento en que la tenga en mi cama como un animal libre y ella emita su sonido propio, ella leerá.
-Proust –pronuncia su boca-. ¿Lo conoces?

Lo conozco, sólo asiento, ella estrella la colilla sobre la superficie de cristal del cenicero y se mueve ligeramente, dando a entender que es humana y no una divinidad como yo ya empezaba a imaginar. Abre su bolso y saca un libro gastado, de páginas amarillentas.
-Es el tomo cuatro –me explica. Me tiende el libro pero no me atrevo a tocarlo, niego, lo cojo un momento, observo su cubierta y se lo devuelvo.
-Parece viejo.

Ella dice que sí, sus ojos no me miran, se prenden de la tapa monocroma con letras impresas.
-Era de mi abuelo. Él era librero ¿Nunca te lo he dicho? Amaba los libros.
-Como tú.

Ella suspira haciendo que suena como una risa leve.
-Léeme algo –le pido.
-¿Ahora?

Asiento, ella enarca una ceja, sonríe, bebe el último trago de su margarita y me deja a mí con la cerveza mientras abre el texto y pasa las páginas.
-Esta es mi parte favorita –dice, me mira y luego observa las letras y descifra y lee- “Desgraciadamente, los ojos fragmentados, mirando lejos y tristes, permitirán quizá medir las distancias, pero no indican las direcciones. Se extiende el campo infinito de los posibles, y si por casualidad la realidad se presentara ante nosotros, estaría tan fuera de los posibles que yendo a chocar, en un brusco aturdimiento, contra ese muro levantado, caeríamos de espaldas.

Levanta la mirada y me observa.
-¿Te gusta? –pregunta.
-Claro que me gusta: habla de mí.

Ella ríe, de nuevo discretamente. Esta vez se tapa la boca con el propio libro y su gesto me hace sonreír como un bobo.
-Ayer dijiste lo mismo.
-Sí –respondo-, pero todo parece hablar de mí cuando lo lees tú. Yo miraba triste y te chocaste contra mí, he caído de espalda y aún te miro desde el suelo.

Esta vez ella sonríe con algo de color en las mejillas. Sujeta mi mano, me roba la jarra de cerveza que deja sobre la barra del bar. Luego deposita un billete junto a nuestros vasos y me agarra del brazo arrastrándome fuera.
-¿Dónde vamos? –pregunto, aunque ya imagino la respuesta.
-Cariño, vamos a leer.

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