El genio

Su vida fue una exaltación de lo oscuro, una metafísica de lo incognoscible. Aquello que oculta las sombras y la nada es lo más difícil de observar, y si uno no puede ver mucho menos logrará entender.

De ese útero umbrío nació él. Hecho que siendo niño ya atrajo la atención de los adultos capacitados con ese extraño don de ver más allá de la vulgar juventud.

Sí, sus mejillas fueron sonrosadas una vez y también jugó, igual que gateó, se arrastró por los suelos porque hasta el más puro de los hombres, hasta la mejor creación del hacedor no se libra del vestigio animal de la infancia.

Ese niño fue como todos, pero cuando le llegó “la edad de la razón” ya advirtieron en él la mirada fija, fría y absorbente, una mirada llena del fanatismo de quien mira una biblioteca pensando en el momento en que haya consumido todos los volúmenes.

Rápidamente destacó en los estudios, parecía difícil que fuese a suceder lo contrario. Eso no resultó extraño, lo impresionante fue el acto a continuación: escribió. Su escritura no fue genial pero sí muy aguda, no se enredaba en literaturas sino que plasmaba sus pensamientos, sus interpretaciones. Un compañero lo apodó el “exégeta” y él se molestaba sin mucho conocimiento, orgulloso de su propia destreza.

El padre anciano murió y se convirtió en un mito más dentro de su vida, pero un mito propio, que le acosaría sólo a él en los días que pensase sobre la muerte. La madre se agostó durante muchos años pero se mantuvo entera, sólida, demasiado inoportuna en sus juicios y sin permitirse nunca la duda. Ella fue un pájaro desconsiderado, una escultura tosca que nunca comprendió la sombra que había hecho crecer en su vientre.

Él perdió la lentitud de la vida en aquel momento, se inmiscuyó en el prólogo de lo que vendría a continuación. Le elevaron sin que él lo pudiera esperar, le cedieron el sillón en el medio mismo de Europa, en una universidad boquiabierta con su joven mirada. Se sentó e impartió las clases a jóvenes de su misma edad que se preguntaban por qué ese extraño profesor no estaba sentado entre ellos. Le admiraban, alimentaron su ego y el dejó que lo hicieran mientras escalaba en logros sin demasiada dificultad.

No amó demasiado, buscó en la prostitución los alivios naturales, pero no tendió lazos con ningún hombre o mujer. Sus amistades le tenían en un lugar apartado de ellos, le miraban siempre desde la lejanía de la tercera persona y decidieron, por una de esas casualidades inspiradas en el orgullo de ser el nexo entre dos grandes personajes, presentar al joven genio un viejo maestro, igual de inteligente, igual de elevado por otros.

La chispa se prendió en seguida y durante años la enfermedad del joven alimentó la complacencia del viejo hasta que la amistad encontró un fin extraño, envilecido. Él, joven prometedor no pudo soportar más años de sillón y bocas abiertas, de monotonía bajo los pórticos de la universidad, de lluvia casi germana. Estaba harto de las cenas en casa del maestro, de las eternas charlas sobre filosofía, sobre modernidad, sobre lo antiguo y lo futuro. Se desesperó y huyó lejos de todo, abandonando la seguridad, buscando cualquier cosa que le insuflara vida, que le devolviera algún dolor, porque no recordaba haber sangrado ni haber bebido sus lágrimas. La humanidad le golpeó con su duro mazo y se dio cuenta de que quizá no era lo suficiente humano o bien lo era demasiado.

El fantasma del padre apareció en Italia cuando creía haber encontrado la paz y tuvo que seguir huyendo, una carrera hacia atrás, hacia Alemania, hacia su hogar. Regresó con la madre absurda que le hizo nacer y con la hermana sin pasión que le leía cuando estaba enfermo. Allí él permaneció, tomó posesión del escritorio de su padre, como si la herencia fuese importante y llenó todo el papel abandonado durante décadas, ya algo amarillento. Después compró más y siguió escribiendo.

Por las mañanas desayunaba en el jardín sobre una mesa de madera desconchada, se quedaba horas pasando frío mientras su mirada vagaba entre la hierba y daba sorbos al té caliente. Luego volvía a la mesa de madera negra que se había convertido en condena y libertad y permanecía allí hasta el almuerzo, tras el cual paseaba por las calles del pueblo sin saludar a nadie, hablando sólo con aquellos que parecían inquietos, que padecían algún mal o eran violentos. Se perdía por el camino del río, entre abedules y sauces, hasta que oscurecía y volvía a la luz del quinqué donde el papel le esperaba junto a la tinta negra y fría.

El viejo maestro murió y él ya no pudo más, las columnas de su genio se derrumbaron y arruinaron el templo de su inteligencia. Permanecía horas mudas en el jardín, arropado por la hermana preocupada, observado por una madre que lo sentía como a un extraño. Comenzó a balbucear, a escribir incoherencias que lanzaba al fuego y luego intentaba rescatar, espantado por sus acciones. Abandonó la lectura, los paseos y se recluyó en lo más profundo que pudo: en sí mismo.

Llegó el día en que se dejó llevar como un niño de la mano de la hermana hasta otro edificio más grande y con más personas, un lugar donde las habitaciones eran blancas y el mobiliario escaso; donde sus habitantes sólo vestían el blanco esperanzador de la cura y el gris de los trajes enfermos. Permaneció allí años, consumido, observando eternamente el día y la noche, sentado en su silla viendo pasar el tiempo. Nunca más miró un espejo.

La madre murió y él no se dio cuenta. La hermana regresó y le llevó a casa sintiendose quizá culpable de su abandono o quizá inocente y sola. Él se sentó en el sillón de la madre, desayunó, mejoró e incluso escribió alguna linea legible en la mesa oscura que nunca abandonó aquel salón. Un día que no era especial no quiso levantarse y el médico le sentenció. La inmensa casa cobijó a los dos hermanos durante una última semana en la que ella leía las obras de él a la cabecera de su cama, este parecía escuchar aunque no emitía sonido alguno. Juntos vieron cómo perdía su humanidad: fue una muerte lenta, agotadora, donde no hubo demasiado dolor, pero sí soledad, sudor, temblores y un gran y apagado silencio.

Un domingo murió el genio y, aunque hubo quien se entristeció, sólo nacieron lágrimas de la pobre hermana sin pasión.

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