El color amarillo

¿Cuál es tu color favorito? ¿De qué tono está pintada tu habitación? ¿Qué gama utilizas al vestir? Parece que todas esas preguntas, ese mundo en technicolor, dice mucho de nosotros mismos. Si vistes de gris o de negro quieres pasar desapercibido, si tu habitación es de algún color cálido significa que eres una persona nerviosa y enérgica, si tu color favorito es el blanco has de ser alguien frío o alguien espiritual.

¿Paparruchas? Sí, evidentemente no es una ciencia exacta pero todos sabemos que a diversos colores y tonos les damos un significado distinto. Algunas son lugares comunes: el negro siempre se asocia a lo malo, lo oscuro y también lo reflexivo. ¿Podríamos distinguir a las personas por el conjunto de colores con los que se rodean en su vida? Sí, claro. Otros rasgos son los hobbys, las miradas, los silencios, el modo de hablar, las preferencias…

Pablo suele clavar la mirada en el otro, se cree observador y busca datos. Pablo es inteligente, viste con ropas oscuras, aunque ha desarrollado un gusto extraño por el marrón, que al fin y al cabo es el otro color neutro. Lleva gafas, sencillas y con la montura negra. Pablo lee mucho, sobre todo tragedias o literatura “difícil” ensayos y grandes novelas de esas que al común de los mortales no nos acercamos. Pablo no se destaca por sus silencios pero siempre habla con cinismo o ironía, llegando un punto en que sus allegados intuyen que él juega con las palabras y dice sin decir, pero lo dice. Pablo sólo tiene hobbys solitarios. Su habitación, por cierto, es de color gris azulado y se vuelve loco por lo azul. Quizá porque se enamoró de unos ojos azules cuando sólo tenía ocho años. Es mentira, claro, a los ocho años simplemente se dio cuenta de que los ojos azules le atraían y eso, entrelazado por algún que otro suceso que yo ignoro, le marcó.

Pablo trabaja desde casa casi siempre, es parte de “una empresa de entretenimiento” una editorial grande que le encarga leer una cantidad ingente de novelas para corregirlas antes de su publicación. Es un corrector, en resumidas cuentas y es muy bueno, en parte porque domina el inglés y el alemán, por lo que además de corregir obras españolas corrige traducciones que otras personas han hecho a otros autores extranjeros. A Pablo le gustaría ser él mismo el traductor, pero no ha podido ser, no le dejan. Extrañamente Pablo no peca del vicio que parece que toda persona cerca de libros termina por cometer: no escribe. Nunca se le ha pasado por la cabeza el hacerlo y cuando su madre se lo comenta delante de la familia en las cenas de navidad, él sonríe y dice que simplemente “no vale” No tiene una frustración por ello, sus aspiraciones artísticas se limitan a los crucigramas del domingo que siempre, no sabe de donde le viene esa manía, adorna con dibujos de diversa índole.

Pablo nunca se ha casado, de hecho no se le conoce parejas. Su madre está preocupada, su padre no porque murió años atrás. No tiene hermanos ni hermanas pero sí algún amigo. Exactamente tiene cuatro amigos: Laura, Juan, Roberto y Diego. Bueno, en realidad Diego cada vez pinta menos “en el grupo” ya que se ha casado y ha resultado ser de los que desaparecen cuando tal cosa ocurre. Con todo sí sigue quedando con los otros tres a menudo y los tres están preocupados por él. Laura y Juan comparten preocupación, les angustia que su amigo pueda pasar semanas sin salir de casa, que se recluya, su máxima aspiración es sacarle de casa siempre que pueden y le animan a realizar actividades fuera. Pablo sonríe, acepta las invitaciones y declina amablemente el asunto de las actividades al aire libre. Él sabe que lo intentan por su bien, pero también se da cuenta de que ellos no están en su cabeza y no pueden ver el mundo como él lo ve.

Roberto es el único que sí intuye ese punto de vista. Roberto es uno de esos cuyo color favorito es el azul, que mantiene largos silencios prefiriendo escuchar a los demás y cuya habitación es blanca y bastante vacía. No obstante, a Roberto le encanta viajar y es muy resulto con los desconocidos, siempre que se mantengan en la calificación, cuando comienza a haber confianza en las relaciones, su timidez le envuelve en un capullo casi impenetrable. Pablo cree que Roberto siempre estuvo enamorado de Juan, aunque en realidad Roberto siempre estuvo enamorado del padre de Juan, el cual, dicho sea de paso, ignoró hasta el día de su muerte los sentimientos del amigo de su hijo.

Roberto cree que Pablo ve la vida en blanco y negro, e incluso intuye que para él los personajes son mudos y que sólo suena una musiquita de fondo que a veces es agradable y otras algo estridente. Roberto es muy intuitito y es cierto que Pablo, en su vida entre libros, en su casa de la que no quiere salir, se siente triste, apagado y muy gris. Toda su vida fue enfocada desde el optimismo que le imprimó su madre al elegir el amarillo claro para pintar el cuarto de su infancia, pero ese optimismo, como el propio color, fue desapareciendo con el paso del tiempo. La pared fue repintada y la habitación se destinó a otro uso, pero Pablo cuando llegaba allí de visita aún creía notar el color tras el nuevo y desagradable rosa apagado. Como la habitación, su vida cambió, pero persistió el color, sudado, desvaído, ajado debido a las inclemencias de la vida que fue ensuciando los sueños, apagando las esperanzas y que le fue empujando, pese a que él se agarrase a todo cuanto pudo, hacia una vida banal que le había condenado a leer y leer hasta que perdiese el gusto por las palabras.

Roberto, que como decía es muy intuitivo, se dio cuenta pasados los treinta de que Pablo vivía por inercia, que la apatía le gobernaba y que él la aceptaba con una sonriente resignación. Al contrario que Laura y Juan, que ofrecían soluciones al problema que ellos veían, Roberto nunca dijo nada. Sí que intentó conversar con él muchas veces, pero se dio cuenta de que de nada servía ya. En realidad él mismo está de acuerdo con aquella visión sobre la vida. Al final las decisiones no conforman nuestra vida, sino que son las premisas, la ética, lo comprendido, los otros. Quizá vivir el deterioro del color amarillo influyó a Pablo tanto que ahora sólo puede sentir una punzada de excitación cuando unos ojos azules se posan en él detenidamente.

Roberto se preguntó muchas veces qué solución podía dar u ofrecer a su amigo. Él, que sentía como Pablo, lo solucionaba con sus viajes, con la excitación del descubrimiento de lo nuevo. Pablo no podía compartir esa afición y Roberto creyó que quizá fuera el amor lo que faltaba en él. No, Pablo debía de recorrer su propio camino y él estaría allí para ser su apoyo pasara lo que pasara.

Sin embargo, en su casa, Pablo, que ya hace unos años que no se cuestiona por la felicidad y que suspira tanto al día que hubiera preocupado a quien viviese con él si alguien lo hiciera, está sentado con un libro en las manos y siguiendo con su existencia hasta que esta cambie por sí misma. Hace mucho tiempo que ha perdido la fe en que sus acciones sean las que construyeran el futuro. Para Pablo el futuro es algo caprichoso que nunca va a darle un premio aunque lo agite frente a él.

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La señora Kraus I

Agathe despertó algo confundida, escuchaba su propio corazón palpitar en las sienes. Buscó en el otro lado de la cama pero estaba vacío. Köhner no estaba. Aquello no le sorprendió, el juez llevaba días muy raro, apenas dormía o comía, parecía rodear la depresión.

Agathe se levantó, se puso la bata y se colocó un poco el pelo, luego salió. En el salón se encontró a Roger, sentado en su butacón favorito, mirando cómo las llamas devoraban poco a poco un tronco especialmente grueso. La mujer evitó una sonrisa, pero para sus adentros esa imagen era el verdadero Köhner, la que ella entendía que nunca debía salir a la luz. El hombre, que ni era muy agraciado ni tenia un gran aspecto físico, estaba semidesnudo, con una manta sobre su cuerpo, despeinado y con la cara agotada, parecía vencido y sin embargo, bien lo sabía ella, estaba lejos de la derrota.
-Roger –susurró.

El juez la miró, sacado de algún pensamiento, como si fuera lo más normal del mundo, no se sobresaltó en absoluto. Ensayó una sonrisa, pero no funcionó.
-Vuelve a la cama, Agathe, estoy bien.
-No, no estás bien, cariño –la mujer se sentó en el reposabrazos del sillón y acarició al hombre, besándole en su frente desnuda-.¿Qué pasa? ¿En qué piensas?
-¿Quién soy, Agathe? –dijo y su voz se quebró a media pregunta.
-Eres el juez Köhner –respondió ella convencida-. Todos te respetan y quien está de tu lado, también te aprecia.
-¿Tú crees en mí?

La mujer se tomó un segundo, empezaba a comprender la línea de pensamientos de su amigo.
-Todos te seguiremos, Roger… No importa dónde nos conduzca este camino.

El hombre asintió:
-No importa dónde –repitió, ido- ¿Qué ha sido de la libertad de los hombres? ¿Qué ha sido de la justicia y del buen gobierno? Los hemos olvidado como si ya no fuesen válidos, como si fuera algo a superar… Hemos perdido la humidad, Agathe. Los días se nos acaban…

Un escalofrío recorrió la columna de la mujer, Agathe siguió maquinalmente acariciando la cabeza del hombre, observando el fuego de la chimenea. Inconscientemente se apretó más contra él.
-¿Es por esa nueva ley? –preguntó la mujer.
-Sí. Esa ley irá un paso más allá. ¿Recuerdas aquel libro? ¿1984?
-De Orwell, sí, lo leímos en la universidad, poco antes del decreto de prohibición sobre ficción. La enmienda 34-C, si no recuerdo mal.
Roger rió bajito y cogió el brazo de la mujer para besarle el dorso de la mano.
-Nunca te equivocas, querida mía –suspiró-. Quieren hacer eso, instaurar un gran hermano.
-Ya lo hacen los las telecomunicaciones, querido. ¿Estás seguro? La red ya les informa de nuestra vida junto con la cinta de control.
-Sí, pero la gente no es idiota. No toda al menos, hay unos cuantos, cada vez más, que mienten en las redes, o que no hablan de sí mismos. Y la “cinta del gran hermano” es muy cara y no puede instalarse en todos los lugares. La nueva ley pretende “una mejora en la comunicación global” Un chip, Agathe, igual que el de identidad e historial médico, pero este serviría además para vigilarnos en todo momento. Una acceso directo a la red.

Agathe entendió, se levantó y fue hacia el mueble bar. Quitó el precinto de una botella nueva y sirvió dos pequeños vasos de buen whisky. Luego le llevo uno al juez y ella se tomó el suyo de un trago.
-Esto es demencial.
-Sí… –Kohner se volvió del asiento para observar a la mujer, sus rasgos se habían endurecido, volvía a ser el juez de siempre y eso a ella le asustó un poco- Significa, como te decía, que el tiempo se acaba, que necesito el acceso a esa cuenta y que el único modo de llegar a Kraus es… –vaciló- es ella.
-Karen McAdam –dijo ella. Karen era la esposa de Kraus, aunque su nombre real era Catherine, Catherine Kraus. La habían atrapado tres dos meses de pesquisas y lleva dos semanas sin soltar una sola palabra, era una mujer fuerte a la que Köhner no había logrado dominar-. ¿Qué harás con ella?

Köhner pasó de mirar las llamas a la copa y tragó su contenido para encontrar en el escozor de la garganta cierta fuerza que le animase.
-Voy a llevarla a juicio, la destrozaré, organizaré un escándalo para que salga en todos los medios. Kraus lo verá tarde o temprano y con suerte vendrá a mí. Sin suerte… algo lograré sacar a esa mujer aunque tenga que partirle yo mismo cada dedo.
-Roger…
-No, Agathe. Esto es así. Violeta y Emma Kraus han muerto. Adèle Lambert se suicidó hace unos días… Y Karen o Catherine morirá. Todo con un fin. ¿Sabes lo que soy, Agathe? Soy un monstruo, soy igual que ellos y lo acepto, he de sacrificarlo todo y cuando llegue el momento, también yo me sacrificaré porque no puedo soportar tanta muerte sobre mi conciencia.

El regreso de Köhner

Aprovecho para inaugurar la sección especial acerca de la serie sobre el juez del siglo XXIII que encontrareis en la página de “A vuelapluma”. El contenido de esta entrada no es sino el que encontrareis allí, pero he creído necesaria la inclusión aquí para que todos, un servidor incluido, rememoremos en qué punto nos habíamos quedado de la historia. Pasado mañana se publicará “La señora Kraus I” y en unos días llegará “La señora Kraus II”

“Köhner” es una serie de relatos que tienen como protagonista al juez Köhner, un hombre que vive inmerso en un sistema político del siglo XXII conocido como “Cuarto Reich” donde Europa se ha unido en un macroestado constantemente preocupado por su supervivencia a costa de la represión del individuo. A raíz de un nuevo caso que llega a su juzgado, Köhner buscará las brechas del sistema para hundirlo desde dentro. El ingeniero Richard Kraus es la clave de todo este entramado, pero ha huido del IV Reich y Köhner ha de seguir las pistas para descubrir el secreto que guarda Kraus.

Genero: Ciencia ficción – distopía política.

Roger Heinrich Köhner, publicado el 2/02/2011 y actualizado el 13/12/2011. Es una entrada enciclopédica donde aparece la biografía del juez. Este texto fue el que dió origen a la serie, pues en un inicio la historia de Köhner se iba a limitar a este pequeño vuelapluma. Cronológicamente el texto sería posterior a la historia de la serie, de hecho la resume y no tiene nada que ver con ella. No es recomendable leerlo si eres de los que no le gusta saber cómo acaba el libro.

¿Criminal?, primer capítulo, publicado el 8/03/2011. Köhner ha de enfrentarse a un caso típico en su juzgado: Un hombre se ha saltado la prohibición del Reich sobre propiedad privada y “perpetuación”. Köhner sabe que la sentencia habitual condenaría al hombre a morir, pero él, cansado de la monotonía de la injusticia, pretende interpretar de otro modo la ley.

Extralimitado, publicado el 5/04/2011. Marcel Blanchemon es el ministro de moral y ley, dirigente de la inquisición, es decir, de los juzgados. Köhner es un subordinado más y ha sido llamado a su despacho para hablar sobre el nuevo caso que el juez está investigando. Al parecer el tal Kraus es mucho más de lo que el papel amarillo dice.

La carpeta roja, publicado el 16/05/2011. Gustav Massen es el führer, lider del IV Reich, gobernante último en la gran pirámide. Tras el suicido de Marcel Blanchemon, en el ministerio de moral y ley ha quedado un vacío donde resalta el caso Kraus. El führer en persona está interesado en que su mejor juez dé con el ingeniero huido. ¿Por qué?

Ministro, publicado el 30/05/2011. Köhner ha avanzado mucho en su investigación, ha llegado hasta Giovanni Stassi, antiguo amigo del ingeniero Kraus, este, retenido durante un tiempo revelará por fin una pista muy importante. Por otra parte el juez, tras la muerte del anterior ministro de moral y ley, ha sido propuesto para ocupar su cargo.

El precio de la inocencia, publicado el 15/07/2011. El juez ahora ministro tiene un problema con eso a lo que su ministerio supuestamente obedece, con la moral. Está dividido, las pesquisas se han paralizado en Violeta Kraus, hermana del ingeniero, una mujer que no parece querer facilitar ningún dato. Köhner se plantea si realmente el fin justifica los medios.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

Ecos

Recordemos ese gemido, ese sonido ronco, eco tibetano que reverbera y surge más allá de nuestra garganta, de los posos del cuerpo. Suena esa “o” que se sostiene como acorde monótono sin pausa, obligándonos a la concentración sin pensar, meditar sin cuestionarnos, elucubrar con la mente en blanco. Pese a no notarlo, algo se libera, la fisicidad se rompe y a través de ese sonido seco tiembla el mismo esqueleto de nuestro espíritu.

¿No es eso lo indispensable? ¿No es lo que buscamos, acaso? Quizá esté en esos sonidos el secreto del conocimiento humano, no por llegar a él, sino por lo contrario. La ausencia de la necesidad de ese conocer, el apaciguar la sed y tomar el convencimiento de que la vida tiene bastante poca importancia y que somos nosotros los que elegimos la manera de vivir; parece ser que ese es el más precioso conocimiento, la armonía entre cuerpo y mente, pero sobre todo de la mente. El saber intenta insuflarnos una espiritualidad por creer no ya en algo más allá de la muerte sino que nos llama la atención sobre la vida en sus términos de juego.

La ciudad hostil

Volví a casa temprano, no podía más, estaba harto de todo. Las farolas me siguieron alumbrando penosamente y los coches me ignoraban como si fueran animales. Nadie me habló, ni siquiera para pedirme dinero. En casa el teléfono no sonará, eso lo sé antes de entes de entrar por la puerta.

¿Por qué no me vengo de esta ridícula situación? La verdad es que me gustaría mucho poder salir de ella, pero no puedo y me siento triste. Ayer paseaba solo por un parque y tuve que irme porque me sentía ahogado al ver la felicidad en otros ojos, no podía soportarlo y estaba a punto de llorar. Volví a casa, igual que ahora, y me refugié en esta pequeña caja que es mi apartamento, mirando al mundo desde la ventana como si necesitase de verdad unos centímetros de algo sólido que me separe de la realidad; creo que es así, necesito ese material entre el mundo y yo aunque sea transparente y quebradizo; así, quizá, no me impresione todo tanto, y me evite sufrir.

Estoy cansado de la vida. Lo pienso siempre que me siento en el sofá y levanto las piernas, las recojo contra mi cuerpo, dejándolas cerca, ocupando el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es una buena pregunta, hago esto porque me siento solo, tan solo que intento con mi propio cuerpo darme algo de compañía. La televisión no me emociona, la verdad es que entiendo a las personas que se quedan en sus casas todo el día mirando programas absurdos, al menos dan compañía. ¿Es eso lo que explica la mala televisión? ¿La soledad? Puede que sí, o quizá el vacío interno, la ignorancia. No lo sé y me importa bien poco porque yo no soporto la televisión. Siempre que la enciendo termino apagándola al poco tiempo, cansado, más triste aún.

Rehuyo los libros, sé que me ayudarían, que me harían olvidar la tristeza de este día a día, pero también sé que llegará el momento en que tenga que dejar la novela y entonces volveré a ser yo y el mundo no habrá cambiado. ¿Cómo podría soportarlo? Soy tan débil que me sorprende.

Cuando me encamino al trabajo y cojo el metro o el autobús me siento como una presa indefensa, como el más débil de todos los animales de este gran zoológico que llamamos ciudad. Estoy en el peldaño inferior de la cadena alimenticia. El resto, personas que están obstinadas en su monotonía, me miran con ojos que yo entiendo acusadores, hambrientos. La voracidad de sus bocas cuando se besan me da pavor; en mi cabeza se cruza la posibilidad de que se giren, incómodos con mi mirada, y decidan súbitamente cambiar de objetivo. Pienso en la posibilidad de que se lancen a mi boca y me aniquilen mordiendo mis labios, mi cara y luego mi cuerpo. He de controlarme para no chillar. Si encuentro un sitio apropiado suelo cerrar los ojos y dejar transcurrir las estaciones hasta mi destino, prefiero la negra ignorancia a la luz de saber. Pero sé que todo esto es exagerado y, a veces cuando logro sobreponerme salgo por la noche y recorro los bares y las discotecas. En realidad es peor, siempre termino con demasiado alcohol en mi sangre, confuso por su culpa y torpe. Sin saber cómo pierdo la vergüenza, la moral, la inteligencia y hasta mi propio nombre. Yo me convierto en otro y me envalentono hasta que, por algún juego de cámara confuso, mi conciencia vuelve en la cama de alguna mujer y no sé cómo he llegado allí. Ella, tal y como temía, intenta devorarme cual insecto. En esas ocasiones sólo me queda fingir, continuar como si el que yo era antes no se hubiera ido. Suelo conseguirlo pero termino lleno de fiebre, sudor frío y temblor en mis piernas. Nunca me he quedado a dormir en la guarida de esos animales.

Esas son mis aventuras. En la recuperación de mí mismo regreso a casa y me encierro con tantas llaves como puedo echar. A veces, si mi miedo no es muy grande, observo por la ventana a todas esas personas que no parecen darse cuenta de lo terrible que es el mundo en el que viven. Cuando no tengo valor para nada me acuesto en el rincón más oscuro de mi cama, bajo las mantas que todo lo pueden evitar. Es ahí donde ahora me encuentro, buscando ser ajeno a esta ciudad terrible que en cualquier momento puede acabar conmigo.

Esta es mi tumba, sí, porque aquí puedo encontrar la paz del sueño y el silencio no roto por los aullidos de lobos que van de cacería, cuyos ojos en las discotecas brillan como si la luna se hubiera colado tras sus pupilas.

Entrada Nº1: Dudas y miedos

Inauguro esta sección “cuaderno del autor” con una entrada bastante íntima, aunque tenga que ver con el mundillo de los libros, al fin y al cabo el miedo es una de las cosas más personales que tenemos.

El otro día me encontré por internet un artículo sobre Joe Dunthorne. No creo que os suene, la verdad es que yo no lo conocía y su carrera ha despegado hace apenas un año. Este hombre de veintinueve años se presenta como una bocanada de aire fresco para el mundillo literario. Yo no he leído nada suyo, “submarino” su única novela hasta la fecha, acaba de llegar a las librerías españolas. Leyendo el artículo me vino a la mente el sobrevalorado Paolini, autor de la saga “eragon”, que al final no ha tenido la repercusión que prometía (aunque desde mi punto de vista tan poca atención es merecida y aún me parece demasiada) Sea como fuere, Paolini publicó a los veinte añitos, es cierto que su padre era editor, que su abuela le corregía los textos y que no tenía la carga de acudir a clase ya que su madre se las impartía en casa, pero aún así llama la atención esa fecha tan resplandeciente: “veinte años.”

Yo tengo veintiuno, casi veintidós y también tengo una comezón en la cabeza hacia la publicación. La verdad es que escribir no es tan “fácil”, requiere mucho tiempo, requiere tu vida entera. Me explico: uno cuando va por la calle, cuando está echado en la cama, cuando cocina o se encuentra sin su atención prendida de algo concreto, divaga. Puedes pensar en tu perro, en tu pareja, en qué harás el domingo o cualquier cosa, pero un escritor, o al menos ese es mi caso, trabaja durante ese tiempo. Un escritor piensa en sus historias, en sus personajes porque siempre lo tiene presente. Hace no mucho me comentaba un amigo que a su vez un amigo suyo tenía que salir del salón porque su mujer le echaba la bronca cuando estaba en el sofá sin hacer nada; el hombre, que es escritor, se quejaba porque hacía lo mismo en el sofá que en su despacho, es decir, pensaba. Y es que se trata de una obsesión que te persigue todo el día, que siempre se mantiene ahí murmurando, cambiando detalles insignificantes pero que son importantes; es una eterna actualización necesaria para los que escribimos. Hay que darse cuenta que esto significa que nuestra vida está estructurada en torno a la escritura, entonces no le sorprenderá a nadie que yo ahora pueda pensar en si me compensa tanto tiempo invertido. ¿Cómo encontrar la respuesta? La verdad es que es algo que a mí me trae un poco por la calle de la amargura y aquí retomo con lo que empezaba.

La publicación además de todas las alegrías que puede traer por sí misma, es también una confirmación para el que escribe de que lo está haciendo bien. Es decir, que se valore la calidad de un texto tanto como para ser digno de publicación nos confirma como escritores. ¿Cómo voy a llamarme escritor yo, que nunca he publicado nada más allá de los muros de Internet? Si no existe un filtro por el que haya que pasar bien podría yo ser un mero juntaletras sin futuro. Las pocas veces que me he aventurado a enviar textos a algún concurso o revista se me ha ignorado, quizá este texto venga a razón de eso. Escribir es “duro”, podría estar dedicando mi tiempo a otras muchas cosas, podría haberlo dedicado a otras ya en el pasado y tengo miedo a enfocar mi vida hacia algo en lo que quizá no sea bueno, porque por mucho empeño que uno le ponga a veces si no se tiene el talento no hay nada que hacer. El esfuerzo es importante, pero no lo es todo.

Es muy cierto que uno puede mantener el escribir como un hobby, al fin y al cabo hay autores que no publicaron hasta los cuarenta (Michon, Hemingway…) pero, al margen de esa verdad, uno no puede olvidarse rápidamente de “sus sueños.” Además, para mí si no escribiera o si lo relegase a un lugar más alejado de mis intereses, mi vida debería cambiar radicalmente y eso tampoco es fácil.

Así que aquí estoy y, visto lo visto, os dejo para irme a leer un poco a Marcel Proust y hago mía la frase que le dedicó Virgina Woolf: ojalá pudiera escribir así.