Pensamiento nocturno

Son las cinco de la madrugada y no puedo dormir. He descubierto que la noche es más fría cuando está a punto de amanecer; lo acabo de comprobar, me he sentado en el balcón arropado por una manta, observando como se tejía poco a poco la niebla, y he sentido un frío, que en mis otras visitas a ese asiento nocturno, no había encontrado.

Me entretengo con nada. Soy algo tan nimio que me pregunto muchas veces por qué hay personas que siguen preguntando por mi estado de salud o de ánimo cuando este nunca cambia, cuando siempre permanece tal cual es, vencedor ante todo obstáculo que se le ponga por delante.

En realidad he salido al balcón por lo mismo que estoy escribiendo estas páginas, por soledad. Me he encontrado en mi habitación, sentado, lleno de insomnio, observando el salón tras la puerta abierta donde la luz de las farolas ilumina la mesa y el sofá blanco. Me ha sobrecogido la falta de vida de este lugar, lo vacío que está todo, como una casa de muñecas que permaneciera para siempre en un museo, acumulando polvo sobre unos muebles que nunca se han de mover porque creemos que están bien así.

A veces la noche es como una enfermedad de la que no nos podemos librar, que hemos de padecer sabiendo que en el tiempo está la cura, confiando en que con el nuevo día llegue la salvación. ¿Triste, verdad? Pues esta es la realidad de muchos, o así quiero creerlo yo para no desfallecer, me niego a juzgarme como el único naufrago de este mundo, pues otros han de haber como yo en este mismo momento. Estoy seguro de que en algún lugar, quizá en la propia ciudad en que escribo estas líneas, hay un hombre o una mujer tan solitario como lo estoy yo. Me los puedo imaginar perfectamente: él sería un hombre de cuarenta y muchos, sentado frente al televisor apagado, espiando los rayos artificiales que se cuelan en su salón; la mujer estaría envuelta en una bata, posiblemente de color verde, con el pelo desecho sin importancia y con las zapatillas colgando de sus pies, ella estará bebiendo una infusión o fumando un cigarrillo en la cocina con la luz encendida, llenando la noche de artificial amarillo para combatir la negrura exterior. Los dos se levantarán a veces y caminarán hasta la ventana por donde podrán ver, si tienen suerte, una calle donde pasearán borrachos, prostitutas y jóvenes en bicicleta. Podrán envidiarlos y por ese hecho, ese pecado que nuestra religión ha descalificado, serán precisamente salvados de la demencia, del final. En esos anónimos ellos podrán sus antagonismos, se pegarán a sí mismos y sentirán lástima por sus pobres cuerpos fofos, envueltos en pijamas holgados para disimular su decadencia. Ellos son como yo, por eso me los imagino. Hace mucho que perdieron las ilusiones y el amor por sí mismos, todo se marchitó, se apagó cuando el desencanto por todo llegó hasta el último límite. ¿Hay alguien que quiera creer que esa mujer amargada una vez fue una dulce niña que cuidaba de su madre enferma? ¿o que ese hombre fue aquel joven prometedor lleno de sueños de futuro y de energía para emprender su propio negocio? ¿Alguien se creería que yo una vez quise ser pintor? No, nadie puede creerlo porque nosotros mismos pensamos que todo eso es mentira.

También sé que en algún lugar de esta ciudad hay personas besándose, haciendo el amor torpemente o con pasión. Entre los millones de habitantes de este lugar habrá también quien llore amargamente y seguro que al menos una persona ha dejado de respirar en medio de un sueño apacible. La noche esconde muchas historias, todas comunes, cotidianas, diarias, que se repiten cada jornada, pero que a la vez son individuales y distintas en sus detalles. Por eso me gusta sentarme en el balcón y mirar los edificios dormidos donde de cuando en cuando se abre un ojo amarillo y una silueta se mueve al otro lado. Me hace sentir insignificante y eso, por extraño que parezca, me agrada.

La luna hoy sólo es un gajo en el cielo, algo rojizo, afilado como si fuera una cuchilla o un símbolo sagrado. No sé por qué me he fijado en ella pero lo he hecho; una casualidad, supongo. Me siento cansado, aburrido. No sé que hacer y noto… noto que mis palabras se vuelven incoherentes. ¿Por qué escribo? ¿Para quién? Esta segunda pregunta es muy importante… ¿Para quién escribo? Quizá sólo lo haga para ahuyentar el miedo y la soledad, para ahuyentar a la muerte. Entonces quiere decir que escribo para la muerte, para la nada; escribo para nada. Es el mismo método que imagino en mis dos iguales, ellos miran por la ventana y yo a ratos necesito escribir, llenar de negro un papel blanco, como si al hacerlo pudiera limpiar mis venas del veneno.

Pero ya es tarde, muy tarde y yo he de volver a la cama porque mañana quiero hacer cosas necesarias, cosas que hay que hacer. Suprema frase esa que nos domina toda nuestra vida. Estoy agotado de luchar y ahora sólo admito la derrota y me dejo llevar por las corrientes de un lado a otro, esperando que algún día me lleven a mi lugar. Un paisaje que quiero creer, porque no he perdido del todo la esperanza, que será mejor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s