La venganza del hechicero

El fogonazo restalló en la sala. Sargal cayó al suelo herido, su espada desapareció de la escena.
-¡No, hermano! –suplicó.
-Veinte años encarcelado… por un delito que no cometí. Veinte años de insultos, de las más bajas vejaciones, confinado en un espacio ínfimo y en la más absoluta soledad…
-¡Piedad!
-¿Piedad? ¿Qué piedad tuviste de mí, aun cuando compartimos la misma sangre de nuestros padres?

Sargal se levantó pero la mano de su hermano fue más rápida y a otro fogonazo le siguió un golpe en el pecho que lo lanzó con la pared. Gritó de dolor sentándose en el suelo. La sombra de su gemelo avanzó hacia él como un enorme murciélago y Sargal sintió terror ante aquella mirada llena de fuego. “Está loco” –pensó-“estoy condenado”.
El gemelo agarró a Sargal por el cuello y lo levantó pegándolo contra la pared.
-¡Di mi nombre!

El guerrero intentaba zafarse con las manos, golpeaba el brazo del hechicero e intentaba arañar su cara, pero no lograba alcanzarle. Se estaba ahogando
-¡Di mi nombre! –gritó con más fuerza el gemelo.
Sargal gorgojeó:
-No…

La cara del hechicero se contrajo de asco y utilizó el cuerpo de su contrincante como si fuera una piedra, parecía que su peso no le era ninguna molestia. El guerrero cayó al suelo y rodó debido al impulso hasta que se topó con una columna que le frenó dolorosamente.
-No debiste venir aquí, hermano. ¿Por qué?

El guerrero se levantó, apoyándose en el escritorio cercano, una mesa inmensa de madera maciza. Vio sobre su superficie un abrecartas y como si su gemelo hubiera leído sus pensamientos, el potencial arma salió disparada en otra dirección y se clavó hasta la empuñadura en la puerta.
-Contesta.
-Supe que habías escapado… –gimió Sargal, dolorido. Necesitaba ganar tiempo para vivir, porque sabía que no aguantaría mucho más- ¿Cómo escapaste? Han… han pasado veinte años.

El hechicero sonrió, pasó sus manos por la cabeza calva y tocó allí donde su cráneo se había partido en el pasado, una cicatriz extraña recorría gran parte de la cabeza, como una imprecisa brecha cuya sombra hubiera permanecido.

-Mi prisión era un pozo en el fondo de la montaña de los mil días, rodeado de hechizos, bestias de kornul y guardianes de piedra que nunca duermen. Vigilaba mi dieta un carcelero ciego y sin lengua que era a su vez prisionero del mismo lugar, aunque de una manera distinta. ¿Cómo logré salir? Es una buena pregunta, hermano –el gemelo caminó varios pasos hasta una mesilla de mármol donde descansaba una arqueta deslucida por los años, la abrió sin importarte el polvo y sacó tres anillos que se colocó en el mismo momento. Entonces sintió un escalofrío que hacía mucho tiempo había olvidado; con esa nueva sensación recorriendo su cuerpo, se volvió hacia Sargal, que lo observaba lleno de miedo-. He susurrado veinte años en la oscuridad, hermano mío, veinte años invocando lo desconocido, hasta que lo desconocido me escuchó. Vivir o morir, al final todo se reduce a eso ¿verdad?

Un remolino de polvo y aire se levantó a un lado de la sala y Sargal encontró la espada en el rincón opuesto, no se lo pensó: lanzó contra su hermano un libro que encontró en la mesa y corrió. El hechicero, con un grito, fulminó el libro en un estallido verde. Sargal hizo una voltereta en el suelo para librarse de un segundo rayo y logró recuperar su arma.

El gemelo rió de buena gana, pero el guerrero se lanzó contra él desesperado. En su carrera trazó un arco destinado a cercenar la cabeza calva del hechicero y lo habría hecho, pero cuando la hoja iba a impactar simplemente se deshizo en el aire. Sargal gritó de impotencia, tiró la empuñadura al suelo con rabia y golpeó el pecho de su hermano hasta que resbaló a sus pies, impotente, sabía que no podía hacer nada más.

El hechicero le miró con indulgencia, casi con pena. Acarició el pelo de su hermano un momento y le obligó con delicadeza a observarle desde abajo.
-Di mi nombre –le pidió.
Sargal derramó una lágrima torpe
-Nael –dijo en un susurro-, tu nombre es Nael.

El mago asintió, sonrió. Un murmullo había comenzado a escucharse a lo lejos, pero era tan sutil que el guerrero pensó que era su propia imaginación, cuando quiso darse cuenta, su hermano le había vuelto a levantar del suelo sólo con la fuerza de su brazo, le sostenía por encima del suelo, asfixiándole. Sintió que se mareaba pero Nael permanecía sin inmutarse, muy tranquilo. Luego, sin que nada le diera comienzo, un coro empezó a cantar desde la nada. Sargal abrió mucho los ojos, sabía qué significaba aquello. El ruido de unos tambores surgió de algún lugar y de pronto los muros y toda la estancia se diluyeron, cayeron como si fueran un vulgar telón y revelaron un mar de cuerpos líquidos que estiraban los brazos hacia ellos, únicas figuras sólidas en el mar de fuego. Los rostros de aquellos fantasmas aullaban y Sargal supo que era el coro que estaba escuchando, una melodía alta, que entronizaba a su hermano como príncipe de aquel lugar macabro.
-Es… el fin.
-No, hermano mío. Sólo lo es para ti. Para mí… para mí es el principio.

Sargal pudo concentrase por última vez en la cara de aquel con quien había compartido juegos siendo niño. Recordó un antiguo abrazo contra la oscuridad, contra una pesadilla que uno de ellos había tenido y que el otro le había ayudado a vencer con ese sencillo gesto, pero aquella imagen agradable se vio superada por las pupilas encendidas del hechicero.
-Adiós –susurró Nael y acto seguido le apartó a un lado y lo dejó caer en aquella insustancial locura llena de voces y de música tenebrosa.

La sala recuperó su ordinaria apariencia, silenciosa y húmeda. Nael permanecía en el centro y no había rastro de su gemelo. El hechicero abrió la palma de la mano y en ella encontró el colgante de su hermano, un recuerdo que una vez le había pertenecido a sí mismo. Aquel objeto era la clave para recuperar todo el poder perdido.

Atendiendo a una llamada que no había pronunciado con los labios, unos ojos llameantes aparecieron en un rincón de la habitación y Nael le invitó a pasar con un gesto. El demonio se recubrió de fuego y su cuerpo negro crujió como la ceniza.
-Busca al siguiente. No le toques un solo pelo de su cabeza, es mío –dijo el mago.

La criatura asintió pero no desapareció, Nael supo qué era lo que estaba preguntando.
-Se llama Gardor, empieza a buscar en Zavoquía. Tiene la misma marca que mi hermano.

El demonio volvió a asentir y el fuego que lo recubría se apagó hasta que él mismo desapareció como ni nunca hubiera estado allí.

Nael caminó por la sala, recorrió toda su extensión y acarició la librería llena de polvo y telarañas, llevándose varias entre sus dedos. Aspiró el aire viciado del lugar y sonrió.
-Todo va a cambiar.

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3 comentarios en “La venganza del hechicero

    • borjarivero dijo:

      Sonia: Habrá más, pronto 😉
      Molahanor: No es que no recordara su nombre, Nael pide que le diga su nombre como confirmación de quién es. Por otra parte, hacía 20 años que no se veían.

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