Entrada Nº1: Dudas y miedos

Inauguro esta sección “cuaderno del autor” con una entrada bastante íntima, aunque tenga que ver con el mundillo de los libros, al fin y al cabo el miedo es una de las cosas más personales que tenemos.

El otro día me encontré por internet un artículo sobre Joe Dunthorne. No creo que os suene, la verdad es que yo no lo conocía y su carrera ha despegado hace apenas un año. Este hombre de veintinueve años se presenta como una bocanada de aire fresco para el mundillo literario. Yo no he leído nada suyo, “submarino” su única novela hasta la fecha, acaba de llegar a las librerías españolas. Leyendo el artículo me vino a la mente el sobrevalorado Paolini, autor de la saga “eragon”, que al final no ha tenido la repercusión que prometía (aunque desde mi punto de vista tan poca atención es merecida y aún me parece demasiada) Sea como fuere, Paolini publicó a los veinte añitos, es cierto que su padre era editor, que su abuela le corregía los textos y que no tenía la carga de acudir a clase ya que su madre se las impartía en casa, pero aún así llama la atención esa fecha tan resplandeciente: “veinte años.”

Yo tengo veintiuno, casi veintidós y también tengo una comezón en la cabeza hacia la publicación. La verdad es que escribir no es tan “fácil”, requiere mucho tiempo, requiere tu vida entera. Me explico: uno cuando va por la calle, cuando está echado en la cama, cuando cocina o se encuentra sin su atención prendida de algo concreto, divaga. Puedes pensar en tu perro, en tu pareja, en qué harás el domingo o cualquier cosa, pero un escritor, o al menos ese es mi caso, trabaja durante ese tiempo. Un escritor piensa en sus historias, en sus personajes porque siempre lo tiene presente. Hace no mucho me comentaba un amigo que a su vez un amigo suyo tenía que salir del salón porque su mujer le echaba la bronca cuando estaba en el sofá sin hacer nada; el hombre, que es escritor, se quejaba porque hacía lo mismo en el sofá que en su despacho, es decir, pensaba. Y es que se trata de una obsesión que te persigue todo el día, que siempre se mantiene ahí murmurando, cambiando detalles insignificantes pero que son importantes; es una eterna actualización necesaria para los que escribimos. Hay que darse cuenta que esto significa que nuestra vida está estructurada en torno a la escritura, entonces no le sorprenderá a nadie que yo ahora pueda pensar en si me compensa tanto tiempo invertido. ¿Cómo encontrar la respuesta? La verdad es que es algo que a mí me trae un poco por la calle de la amargura y aquí retomo con lo que empezaba.

La publicación además de todas las alegrías que puede traer por sí misma, es también una confirmación para el que escribe de que lo está haciendo bien. Es decir, que se valore la calidad de un texto tanto como para ser digno de publicación nos confirma como escritores. ¿Cómo voy a llamarme escritor yo, que nunca he publicado nada más allá de los muros de Internet? Si no existe un filtro por el que haya que pasar bien podría yo ser un mero juntaletras sin futuro. Las pocas veces que me he aventurado a enviar textos a algún concurso o revista se me ha ignorado, quizá este texto venga a razón de eso. Escribir es “duro”, podría estar dedicando mi tiempo a otras muchas cosas, podría haberlo dedicado a otras ya en el pasado y tengo miedo a enfocar mi vida hacia algo en lo que quizá no sea bueno, porque por mucho empeño que uno le ponga a veces si no se tiene el talento no hay nada que hacer. El esfuerzo es importante, pero no lo es todo.

Es muy cierto que uno puede mantener el escribir como un hobby, al fin y al cabo hay autores que no publicaron hasta los cuarenta (Michon, Hemingway…) pero, al margen de esa verdad, uno no puede olvidarse rápidamente de “sus sueños.” Además, para mí si no escribiera o si lo relegase a un lugar más alejado de mis intereses, mi vida debería cambiar radicalmente y eso tampoco es fácil.

Así que aquí estoy y, visto lo visto, os dejo para irme a leer un poco a Marcel Proust y hago mía la frase que le dedicó Virgina Woolf: ojalá pudiera escribir así.

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