La ciudad hostil

Volví a casa temprano, no podía más, estaba harto de todo. Las farolas me siguieron alumbrando penosamente y los coches me ignoraban como si fueran animales. Nadie me habló, ni siquiera para pedirme dinero. En casa el teléfono no sonará, eso lo sé antes de entes de entrar por la puerta.

¿Por qué no me vengo de esta ridícula situación? La verdad es que me gustaría mucho poder salir de ella, pero no puedo y me siento triste. Ayer paseaba solo por un parque y tuve que irme porque me sentía ahogado al ver la felicidad en otros ojos, no podía soportarlo y estaba a punto de llorar. Volví a casa, igual que ahora, y me refugié en esta pequeña caja que es mi apartamento, mirando al mundo desde la ventana como si necesitase de verdad unos centímetros de algo sólido que me separe de la realidad; creo que es así, necesito ese material entre el mundo y yo aunque sea transparente y quebradizo; así, quizá, no me impresione todo tanto, y me evite sufrir.

Estoy cansado de la vida. Lo pienso siempre que me siento en el sofá y levanto las piernas, las recojo contra mi cuerpo, dejándolas cerca, ocupando el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es una buena pregunta, hago esto porque me siento solo, tan solo que intento con mi propio cuerpo darme algo de compañía. La televisión no me emociona, la verdad es que entiendo a las personas que se quedan en sus casas todo el día mirando programas absurdos, al menos dan compañía. ¿Es eso lo que explica la mala televisión? ¿La soledad? Puede que sí, o quizá el vacío interno, la ignorancia. No lo sé y me importa bien poco porque yo no soporto la televisión. Siempre que la enciendo termino apagándola al poco tiempo, cansado, más triste aún.

Rehuyo los libros, sé que me ayudarían, que me harían olvidar la tristeza de este día a día, pero también sé que llegará el momento en que tenga que dejar la novela y entonces volveré a ser yo y el mundo no habrá cambiado. ¿Cómo podría soportarlo? Soy tan débil que me sorprende.

Cuando me encamino al trabajo y cojo el metro o el autobús me siento como una presa indefensa, como el más débil de todos los animales de este gran zoológico que llamamos ciudad. Estoy en el peldaño inferior de la cadena alimenticia. El resto, personas que están obstinadas en su monotonía, me miran con ojos que yo entiendo acusadores, hambrientos. La voracidad de sus bocas cuando se besan me da pavor; en mi cabeza se cruza la posibilidad de que se giren, incómodos con mi mirada, y decidan súbitamente cambiar de objetivo. Pienso en la posibilidad de que se lancen a mi boca y me aniquilen mordiendo mis labios, mi cara y luego mi cuerpo. He de controlarme para no chillar. Si encuentro un sitio apropiado suelo cerrar los ojos y dejar transcurrir las estaciones hasta mi destino, prefiero la negra ignorancia a la luz de saber. Pero sé que todo esto es exagerado y, a veces cuando logro sobreponerme salgo por la noche y recorro los bares y las discotecas. En realidad es peor, siempre termino con demasiado alcohol en mi sangre, confuso por su culpa y torpe. Sin saber cómo pierdo la vergüenza, la moral, la inteligencia y hasta mi propio nombre. Yo me convierto en otro y me envalentono hasta que, por algún juego de cámara confuso, mi conciencia vuelve en la cama de alguna mujer y no sé cómo he llegado allí. Ella, tal y como temía, intenta devorarme cual insecto. En esas ocasiones sólo me queda fingir, continuar como si el que yo era antes no se hubiera ido. Suelo conseguirlo pero termino lleno de fiebre, sudor frío y temblor en mis piernas. Nunca me he quedado a dormir en la guarida de esos animales.

Esas son mis aventuras. En la recuperación de mí mismo regreso a casa y me encierro con tantas llaves como puedo echar. A veces, si mi miedo no es muy grande, observo por la ventana a todas esas personas que no parecen darse cuenta de lo terrible que es el mundo en el que viven. Cuando no tengo valor para nada me acuesto en el rincón más oscuro de mi cama, bajo las mantas que todo lo pueden evitar. Es ahí donde ahora me encuentro, buscando ser ajeno a esta ciudad terrible que en cualquier momento puede acabar conmigo.

Esta es mi tumba, sí, porque aquí puedo encontrar la paz del sueño y el silencio no roto por los aullidos de lobos que van de cacería, cuyos ojos en las discotecas brillan como si la luna se hubiera colado tras sus pupilas.

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