La ciudad hostil

Volví a casa temprano, no podía más, estaba harto de todo. Las farolas alumbraban penosamente sobre mi cabeza, y los coches me ignoraban como si fueran animales. Nadie me habló en todo el trayecto, ni siquiera para pedirme dinero. Tampoco sé si tiene algún sentido volver a mi madriguera. En mi apartamento de la periferia el teléfono no sonará, ni las paredes ahogaran el llanto insoportable del vecinito de ocho años, eso lo sé antes de entrar por la puerta. Me espera sopa de sobre y una rebanada de pan de molde, ningún lujo, ninguna consolación en otro día de mierda.

Me gustaría vengarme de esta ridícula situación, tener a alguien a quien culpar y poder clavar un cuchillo en la garganta. Eso no existe. Ayer paseaba por un parque cuando me fulminó esa sensación amarga tan conocida, me marché porque no podía respirar al ver la felicidad en otros ojos, fue insoportable, y estuve a punto de llorar. Volví a casa, igual que ahora, y me refugié entre estas finísima paredes de ladrillo y yeso, mirando el mundo desde la ventana como si de verdad necesitara unos centímetros de algo sólido separándome de la realidad, no importa si es transparente y quebradizo.

Puedo afirmarlo con sencillez: estoy cansado de la vida. Lo pienso cuando me siento en el sofá y levanto las piernas, las recojo contra mi cuerpo, dejándolas cerca, ocupando el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es una buena pregunta, hago esto porque me siento solo, e intento consolarme con mi propio cuerpo.

La televisión no me emociona, pero entiendo a las personas que se quedan en sus casas durante días mirando programas absurdos ¿Eso explica la mala televisión? ¿La soledad? Quizá sí, no lo sé y me importa bien poco.

También rehuyo los libros. Ayudarían, lo sé, me harían olvidar la tristeza de este día a día, pero también sé que llegará el momento en que tenga que dejar la novela, y entonces volveré a ser yo y el mundo no habrá cambiado. ¿Cómo podría soportarlo? Tanta debilidad ante el espejo me sorprende incluso a mí mismo.

Cada mañana, cuando me dirijo al trabajo y cojo el metro o el autobús me siento como una presa indefensa, como el más débil de todos los animales de este gran zoológico llamado ciudad. Yo estoy en el último peldaño de la cadena alimenticia, y el resto, todas esas personas obstinadas en su monotonía, me miran con ojos que yo entiendo acusadores, hambrientos. La voracidad de sus bocas cuando se besan me da pavor porque pueden girarse en cualquier momento, incómodos con mi mirada tonta, y quizá decidan súbitamente cambiar de objetivo y abalanzarse sobre mí, arrancándome a mordiscos los labios, la cara, y después todo mi cuerpo.

Hay días en que he de hacer un gran esfuerzo para controlarme, para no chillar.

Todo esto es exagerado, lo sé, también tengo momentos de lucidez y valor, incluso salgo por la noche y recorro los bares y las discotecas. Pero en realidad eso es peor. Termino con demasiado alcohol en sangre, confuso por la culpa, e indescriptiblemente torpe. Sin saber cómo pierdo la vergüenza, la moral, la inteligencia, y hasta mi propio nombre. Me convierto en otro y, tras un confuso juego de imágenes desenfocadas y sonidos alterados, mi conciencia vuelve a mi cuerpo en la cama de alguna mujer. Ellas, tal y como temo, intentan devorarme, y yo sólo puedo fingir, continuar con mi papel hasta la fiebre, el sudor frío, y el temblor en mis piernas. Nunca he dormido en la guarida de esos animales.

He instalado seis cerrojos en la puerta de mi casa. Me gustan los días en que puedo cerrarlos todos y no necesito salir, mi miedo se hace manejable, y me divierto observando por la ventana a todas esas personas ignorantes de la crueldad y el horror del mundo en el que habitan. Otros días, como hoy, me acuesto en el rincón más oscuro de mi cama, bajo las mantas que todo lo pueden evitar, ajeno a esta ciudad terrible dispuesta a acabar conmigo en cualquier momento de capricho.

Esta es mi tumba, aquí encuentro la paz del sueño, y también un silencio sin aullidos de lobo, estoy a salvo de la jauría de las discotecas, cuyos ojos recuerdo, brillantes en la penumbra de neón, como si la luna se hubiera colado tras sus pupilas. Sólo puedo escuchar al vecinito de ocho años llorando por quién sabe qué, quizá también ve el mundo como yo lo veo, quizá siente miedo por aquello que desea devorarlo bajo las farolas enfermas de esta ciudad.

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Fotografía de Dmitry Ermakov en Unsplash

 

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