Ecos

Recordemos ese gemido, ese sonido ronco, eco tibetano que reverbera y surge más allá de nuestra garganta, de los posos del cuerpo. Suena esa “o” que se sostiene como acorde monótono sin pausa, obligándonos a la concentración sin pensar, meditar sin cuestionarnos, elucubrar con la mente en blanco. Pese a no notarlo, algo se libera, la fisicidad se rompe y a través de ese sonido seco tiembla el mismo esqueleto de nuestro espíritu.

¿No es eso lo indispensable? ¿No es lo que buscamos, acaso? Quizá esté en esos sonidos el secreto del conocimiento humano, no por llegar a él, sino por lo contrario. La ausencia de la necesidad de ese conocer, el apaciguar la sed y tomar el convencimiento de que la vida tiene bastante poca importancia y que somos nosotros los que elegimos la manera de vivir; parece ser que ese es el más precioso conocimiento, la armonía entre cuerpo y mente, pero sobre todo de la mente. El saber intenta insuflarnos una espiritualidad por creer no ya en algo más allá de la muerte sino que nos llama la atención sobre la vida en sus términos de juego.

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