La señora Kraus I

Agathe despertó algo confundida, escuchaba su propio corazón palpitar en las sienes. Buscó en el otro lado de la cama pero estaba vacío. Köhner no estaba. Aquello no le sorprendió, el juez llevaba días muy raro, apenas dormía o comía, parecía rodear la depresión.

Agathe se levantó, se puso la bata y se colocó un poco el pelo, luego salió. En el salón se encontró a Roger, sentado en su butacón favorito, mirando cómo las llamas devoraban poco a poco un tronco especialmente grueso. La mujer evitó una sonrisa, pero para sus adentros esa imagen era el verdadero Köhner, la que ella entendía que nunca debía salir a la luz. El hombre, que ni era muy agraciado ni tenia un gran aspecto físico, estaba semidesnudo, con una manta sobre su cuerpo, despeinado y con la cara agotada, parecía vencido y sin embargo, bien lo sabía ella, estaba lejos de la derrota.
-Roger –susurró.

El juez la miró, sacado de algún pensamiento, como si fuera lo más normal del mundo, no se sobresaltó en absoluto. Ensayó una sonrisa, pero no funcionó.
-Vuelve a la cama, Agathe, estoy bien.
-No, no estás bien, cariño –la mujer se sentó en el reposabrazos del sillón y acarició al hombre, besándole en su frente desnuda-.¿Qué pasa? ¿En qué piensas?
-¿Quién soy, Agathe? –dijo y su voz se quebró a media pregunta.
-Eres el juez Köhner –respondió ella convencida-. Todos te respetan y quien está de tu lado, también te aprecia.
-¿Tú crees en mí?

La mujer se tomó un segundo, empezaba a comprender la línea de pensamientos de su amigo.
-Todos te seguiremos, Roger… No importa dónde nos conduzca este camino.

El hombre asintió:
-No importa dónde –repitió, ido- ¿Qué ha sido de la libertad de los hombres? ¿Qué ha sido de la justicia y del buen gobierno? Los hemos olvidado como si ya no fuesen válidos, como si fuera algo a superar… Hemos perdido la humidad, Agathe. Los días se nos acaban…

Un escalofrío recorrió la columna de la mujer, Agathe siguió maquinalmente acariciando la cabeza del hombre, observando el fuego de la chimenea. Inconscientemente se apretó más contra él.
-¿Es por esa nueva ley? –preguntó la mujer.
-Sí. Esa ley irá un paso más allá. ¿Recuerdas aquel libro? ¿1984?
-De Orwell, sí, lo leímos en la universidad, poco antes del decreto de prohibición sobre ficción. La enmienda 34-C, si no recuerdo mal.
Roger rió bajito y cogió el brazo de la mujer para besarle el dorso de la mano.
-Nunca te equivocas, querida mía –suspiró-. Quieren hacer eso, instaurar un gran hermano.
-Ya lo hacen los las telecomunicaciones, querido. ¿Estás seguro? La red ya les informa de nuestra vida junto con la cinta de control.
-Sí, pero la gente no es idiota. No toda al menos, hay unos cuantos, cada vez más, que mienten en las redes, o que no hablan de sí mismos. Y la “cinta del gran hermano” es muy cara y no puede instalarse en todos los lugares. La nueva ley pretende “una mejora en la comunicación global” Un chip, Agathe, igual que el de identidad e historial médico, pero este serviría además para vigilarnos en todo momento. Una acceso directo a la red.

Agathe entendió, se levantó y fue hacia el mueble bar. Quitó el precinto de una botella nueva y sirvió dos pequeños vasos de buen whisky. Luego le llevo uno al juez y ella se tomó el suyo de un trago.
-Esto es demencial.
-Sí… –Kohner se volvió del asiento para observar a la mujer, sus rasgos se habían endurecido, volvía a ser el juez de siempre y eso a ella le asustó un poco- Significa, como te decía, que el tiempo se acaba, que necesito el acceso a esa cuenta y que el único modo de llegar a Kraus es… –vaciló- es ella.
-Karen McAdam –dijo ella. Karen era la esposa de Kraus, aunque su nombre real era Catherine, Catherine Kraus. La habían atrapado tres dos meses de pesquisas y lleva dos semanas sin soltar una sola palabra, era una mujer fuerte a la que Köhner no había logrado dominar-. ¿Qué harás con ella?

Köhner pasó de mirar las llamas a la copa y tragó su contenido para encontrar en el escozor de la garganta cierta fuerza que le animase.
-Voy a llevarla a juicio, la destrozaré, organizaré un escándalo para que salga en todos los medios. Kraus lo verá tarde o temprano y con suerte vendrá a mí. Sin suerte… algo lograré sacar a esa mujer aunque tenga que partirle yo mismo cada dedo.
-Roger…
-No, Agathe. Esto es así. Violeta y Emma Kraus han muerto. Adèle Lambert se suicidó hace unos días… Y Karen o Catherine morirá. Todo con un fin. ¿Sabes lo que soy, Agathe? Soy un monstruo, soy igual que ellos y lo acepto, he de sacrificarlo todo y cuando llegue el momento, también yo me sacrificaré porque no puedo soportar tanta muerte sobre mi conciencia.

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