Conversación con Van Gogh

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.

Alejandro Gris

Alejandro Gris inclinó por cuarta vez la taza de cerámica hacia sí mismo. Seguía vacía. ¿Qué esperaba? ¿Qué se rellenase sola de café? Y todo por no levantarse de delante del ordenador, por no caminar los pasos que le separaban de la cocina y servirse una taza más. Entonces se dio cuenta de que de verdad le gustaba el café porque si no fuera así no tendría tanta insistencia en buscar que manase por embrujo del fondo blanco de la taza roja.

Suspiró, un suspiro más que cayó entre los papeles que por todas partes tenían su nombre anotado, una manía que su padre le había pegado de los años de colegio, en los que le insistía sobre el valor de las cosas y el peligro de que estas “desaparecieran” o, peor aún, las robasen. Por eso “Alejandro Gris” era una constante entre muchas otras constantes, variables y coeficientes. Las hojas se arremolinaban sin ningún sentido, pero sí lo tenían, en las esquinas inferiores, junto al nombre, una simple sucesión algebraica indicaba en qué sentido debían de ir todas aquellas páginas llenas de ecuaciones.

Alejandro se quedó mirando su propio nombre, acordándose de su padre y de los manuales manoseados con su nombre clavado en las primera páginas, nombre que aún permanecería dentro del gran baúl en el cobertizo de la mancha, donde aquellos libros y cuadernos de infancia dormían sin sentido. Alejandro se levantó, se quitó las gafas, se frotó los ojos cansados y esta vez sí recuperó la taza y caminó hasta la cafetera que ya estaba fría. Tuvo que dejar que el microondas calentara el brebaje y después de ese minuto se acercó a la ventana y observó cómo amanecía. Sí, había pasado la noche en vela y ni se había dado cuenta. El primer autobús de la línea 23 recorría la calle en aquel momento. Ni siquiera llevaba viajeros, sólo los propios miembros de la compañía, a los que recogía a aquellas horas para trasladarlos hasta el lugar donde dormían los autobuses.

En el piso de arriba se escucharon los pasos arrastrados de Inés, anciana de setenta y cuatro años que seguía levantándose a las seis de la mañana para “hacer sus cosas” A Alejandro se le ocurrió poner música, algo no solía hacer. Introdujo el cd y le dio al play mientras saboreaba el café otra vez. La pieza comenzaba con unas cuerdas tímidas que se arrastraban entre los árboles como el viento de la mañana, veinte segundos y un clarinete, protagonista de la obra, comenzaba a caminar por la tierra levantada de la mancha que Alejandro tanto recordaba. El instrumento parecía estar triste, dudar mientras seguía su senda de niebla y de pájaros madrugadores, pero ahí seguía el hombre. Alejandro cerraba los ojos, bebía café e imaginaba a su padre, a cientos de kilómetros de aquella ciudad, frotarse las manos curtidas, gruesas de los años desgastados, y avanzar contra el frío de lo vasto e inabarcable, del campo infinito.

La pieza terminó con el revoloteo del clarinete que se rompía como el pájaro alejándose del hombre que avanza. Alejandro Gris volvió a sus papeles y retomó la ecuación que, creía, no tardaría mucho más en resolver. El recuerdo de su padre se quedó en la esquina inferior de sus papeles y a la taza roja ya no le quedaba más café.

Naufragio de sentidos

La tumba del hombre es el lugar en el que vive. El sentimiento está plagado de escarabajos devoradores que asoman desde las heridas abiertas como graciosas sonrisas del interior.

¿Qué ha sido de los héroes? ¿Qué de las túnicas blancas de la imaginación? El sueño mediterráneo desapareció con las espadas caídas en desgracias y barro. No, hijos míos, ya sólo quedan ruinas de lo antiguo y parece que eso es lo que debe ser. El paso imperturbable del padre tiempo entre los olivos retorcidos será el que haga crecer a los hombres y les dé el aliento dorado. Ese padre, de pies encallados, ese lugar común de todos los desvelos, es él a quien rendimos culto en las iglesias y en las calladas noches en que miramos las paredes blancas sin saber qué miramos o quienes somos.

La tumba de la que se hablaba, gastada entre arenisca con palabras pintadas, guarda al hombre que será. La ineptitud está en cada brochazo que malcubre la pared blanca, o que sería blanca de ser. ¿Cómo se ha de construir el pasado o el presente? ¿Cómo conocer los huesos que sostendrán a la carne de las costumbres? Esa carne que ha de ser caliente y recibir los besos que ha de aprender a dar. Parece que no hay respuesta.

El temblor de los juncos en la laguna y la sencillez de las nubes que transcurren por el azul inminente del cielo son las aspiraciones básicas que se complicaron con el paso del tiempo y de la mente. ¿Tenemos sentido?

Entrada Nº2: La intimidad

En Paris no hay cortinas en las casas y si las hay, los habitantes tras los cristales tienen la costumbre de no echarlas. No, no hay vergüenza a la intimidad. Aquí lo íntimo es otra cosa, algo mucho más natural. En España la intimidad es algo obsceno, que debe ser obsceno y que nos traslada las imaginaciones hasta secretos inconfesables que han de ser, eso creemos, pecados forjadores de nuestra condena. Los españoles no creemos en la justicia, sólo en el pecado íntimo, ese que parece guiarnos hasta la enfermedad con unos escrúpulos de cirujano paranoico.

Los españoles creemos en la culpa. De quién hemos heredado tal síntoma está claro, pues la cruz sigue marcada en nuestra frente. Sería mucho decir que Francia es de tal otra manera, porque al fin y al cabo es un país extenso y diferente, pero quizá no seríamos demasiado prepotentes si dijéramos que en París la culpa parece un vicio antiguo, cosa del XIV o al menos de antes de Napoleón. En una ciudad sin culpa, la gente puede hablar de sus defectos tanto como de sus virtudes sin que por ello se vaya a saltar algún tipo de normal moral o de regla de educación. En España nos cerramos tras nuestras cortinas para que nadie pueda ver lo que esconde la oquedad de nuestras vidas. En París cuando paseas de noche puedes encontrarte con las vidas no escritas de todos esos hombre, mujeres y familias que, lejos de avergonzarse de su intimidad, la exponen sin miedo.

Ellos saben que la intimidad es otra cosa, algo distinto, más íntimo aún que la propia palabra, y que se muestra en el espacio físico sólo en forma de invisibles.

La venganza del hechicero III

La salva de cañones iluminó la colina con sus fogonazos. El ruido resonó y las balas se estrellaron sobre los demonios, que corrían como sabuesos hacia sus victimas. Los cráteres reventaron muchas criaturas, que se deshacían en cenizas como si su solidez sólo dependiera de un capricho. Aún así, la mayoría de aquella hueste siguió corriendo sin parar. Eran figuras negras en la sombra, apenas apreciables a la luz de la luna llena.

El general estaba aterrado, corrió hacia el puesto de mano con el catalejo aún en la mano. El hechicero lo recibió con la túnica azul y roja, el largo pelo y barba gris y la vara retorcida en su mano.
-¿Y el comandante?

Zavok frunció el ceño, el viento alborotó todo su pelo.
-¡Me pide un imposible! -gruñó.

El general estaba cada vez más asustado, esta vez bajó la voz:
-Zavok… ¿qué ocurre? ¿qué hacemos?

El mago gruñó y golpeó el suelo con la punta de su vara.
-Huir sería lo más cuerdo, amigo mío. Pero tu comandante tiene mucho miedo de Nael…
-¿Entonces?

El anciano pasó sus dedos entre la espesa barba mirando el campo de batalla nocturno. En aquel preciso momento, los “sabuesos” que hasta ahora eran diablos negros como la misma noche, se encendieron como si sus cuerpos ardieran. El campo se iluminó y se echaron sobre las sorprendidas y aterradas primeras filas de soldados.
-Cañones –recordó el mago.

El general dejó salir un chillido, lo había olvidado por completo.
-¡Fuego! –grito.
-¡Fuego! –repitió alguien y la docena de cañones retumbaron en la colina otra vez.
-¡Qué vas a hacer! –gritó histérico el general agarrando por las ropas al mago.
-Combatir fuego con fuego.

El mago se apartó un poco hasta un saliente de la roca. Allí clavó firmemente el bastón al suelo y extendió la otra mano hacia el valle encendido de demonios. Durante un instante no ocurrió nada, pero pronto las llamas que envolvían el cuerpo de los demonios estallaron y se alargaron formando algo indefinido, un torbellino que poco a poco ganó potencia y se inmiscuyó entre las filas de demonios. Ahora la noche tenía una gran columna de fuego que lo iluminaba todo y unía el cielo con la tierra.
Alarmado por el resplandor, el comandante salió de la tienda para unirse a su estupefacto general.
-¡Dios misericordioso! –exclamó el comandante.

El torbellino consumía verdaderamente a los demonios, y lanzaba por delante a alguno más alejado. Por un momento parecía que podían ganar terreno a aquellas criaturas, pero no duró mucho. El gesto de Zavok era frenético, le costaba demasiado mantener ese hechizo, su cara estaba retorcida igual que su mano ante la tensión del momento y el viento, que llegaba hasta él caliente como el de un horno, le revolvía el pelo y las barbas. Sudaba y, sin que él lo pretendiera, el torbellino se dividió en dos que tomaron direcciones opuestas y luego desaparecieron.

Dos grandes demonios aparecieron en la lejanía, quizá midieran tres metros cada uno, su envergadura era enorme y su fuego parecía encontrarse en el interior, como si fueran monstruos de magma. La luminosidad fue suficiente para adivinar a una figura humana, la única de aquel lado del campo de batalla, que se mantenía entre ambos demonios.
-Nael –susurró Zavok, fatigado. Jadeó vencido, apoyándose en la vara para descansar.
-¿Y ahora qué? –preguntó el comandante.

El ejército demoníaco volvía a atacar a los humanos, pudieron saberlo por los gritos de desesperación. El anciano mago volvió la mirada agotada hacia él.
-¿Qué quiere Nael de ti, Marius? Dímelo ahora.

El comandante titubeó, dio varios pasos atrás pero las manos del general le agarraron por los hombros.
-Mi señor, responda al mago, por favor.

El comandante tragó con dificultad:
-Yo… yo… me quedé con algo suyo…

Los ojos Zavok resplandecieron con el brillo de la luna. Se acercó al hombre con el gesto lleno de ira.
-Miserable codicioso. ¿Qué era? ¡Habla!
-Un… un… collar, pequeñito… yo… tiene una esmeralda incrustada y…

El mago abrió la mano; del cuello del comandante salió disparada hacia ella un adorno de oro con la esmeralda engastada y pequeñas runas dibujadas.
-Todos esos soldados han muerto por una irrisoria ambición, comandante Rapoza. Espero que se haga cargo –dijo el hechicero.

El general se acercó al mago desesperado:
-¡No puedo dejarlos morir! ¡Son mis soldados! ¡Démosle el colgante!
-No –negó tajantemente el mago guardando la joya en sus ropas. Tráeme doce balas de cañón. ¡Ahora! ¡Corre!

El general desapareció.
-Marius, has sido un imprudente. No obstante es un alivio que esto no haya caído en manos de Nael.
-Es muy valioso ¿verdad?
-Es muy peligroso –corrigió el anciano.

Un soldado apareció con una carretilla llena de los proyectiles.

El mago le dio la vara al general y se inclinó sobre las esferas. Una a una las pintó todas utilizando un pincel y la tintura de un frasco de algo desconocido. Finalmente susurró unas palabras y todos los proyectiles brillaron con luz tenue.

Zavok soltó un quejido, agotado después de aquello, se recuperó como pudo, apoyándose discretamente en la vara que le devolvía el general:
-Poned una bala en cada cañón, encended la mecha y corred… Abandonad los cañones.
-¿Y los guerreros? –preguntó el general.
-Toca retirada cuando prenda la mecha. Huid a la fortaleza. Nael no os perseguirá.
-¿Por qué estás tan seguro, Zavok?
El rostro del hechicero se ensombreció.
-Me seguirá a mí.

Se siguieron las indicaciones del mago al pie de la letra. Las trompetas tocaron retirada poco antes de ser calladas por el trueno conjunto de los doce cañones. Pero esta vez las máquinas se resquebrajaron con una explosión interna El asombro llegó poco después, cuando aquellas balas impactaron, levantando una honda expansiva enorme, cargada de electricidad que fulminó todo cuando tenía alrededor. Hubo una masacre, la batalla se detuvo y los guerreros emprendieron la retirada.

El hechicero buscó entre la nube de ceniza levantada la sutil estela de los grandes demonios y de Nael en su centro, pero no pudo distinguir nada. Se volvió para desaparecer y en ese momento allí, ante él, Nael le observaba con seriedad. No era realmente Nael, sino una imagen proyectada, pero aquella imagen habló:
-Han pasado muchos años, Zavok.

El hombre barbudo asintió, aún presa de la sorpresa. Por un momento había creído que era el “mago oscuro” en persona, como comenzaban a llamarle.
-Dame lo que es mío y te dejaré en paz –continuó la imagen translucida del mago calvo.
-No.

Nael asintió:
-Tu destino será peor que la muerte, lo sabes.
-Todo esto son fuegos de artificio, Nael. Tú conoces tu debilidad y sabes que la verdadera batalla será mucho más sutil.
-Sé dónde vas –musitó.
-Pero allí tú no puedes llegar.
La imagen dudó un momento, Nael apretó los labios y luego él por entero se retorció y desapareció con un estallido.

Zavok se tomó un momento para respirar. Luego subió a su caballo y siguió un camino hacia el este, espoleando al animal tanto como podía, tenía prisa por alejarse de aquel lugar.

Lejos, rodeado por una hueste de demonios que le observaban ya sólo con fuego en sus ojos, Nael pensaba, observaba el entorno, el silencio que se había producido tras la huida del ejército. No había mandado avanzar ni perseguir al hechicero o a Malus en su desbandada. Se arrebujó en la capa e hizo un gesto a uno de aquellas criaturas que parecían echas de magma solidificado. El monstruo avanzó y al hacerlo su propia materia se agrietó y un fulgor rojo iluminó todo alrededor acompañado de la oleada de calor que envolvió al hechicero desde su espalda. El calor le agradó.
-Ha sido un error venir aquí… –musitó- pero me he dado cuenta de algo…

Nael pasó sus dedos por la cabeza desprovista de pelo y recorrió la sombra de la cicatriz que tanto le obsesionaba.
-Desapareced. –ordenó.

Por última vez aquella noche, el valle se iluminó con centenares de fuegos que consumieron, esta vez sí, los cuerpos demoníacos, dejando tan sólo un rastro de cenizas. Únicamente quedó uno de ellos, el mismo que había acudido por primera vez tras matar a su hermano. Quizá sería imposible distinguir una de aquellas criaturas de las demás, pero Nael sí podía.
-No puedo hacerles frente yo sólo… –le dijo a la criatura- He de buscar un aliado… o mejor un amigo…

Nael dudó durante un momento y observó al demonio, que mantenía sus ojos, ascuas en medio de la noche, fijos en él. Una sonrisa se curvó en el rostro del hechicero:
-¿Sería muy ambicioso? Sólo he tenido un verdadero amigo en mi vida… pero cómo encontrarle… Hace veinticinco años que no sé nada de él… ¿Dónde puedes estar, Gerard?

El demonio encendió su cuerpo, iluminando el lugar y dando calor al propio mago.
-Sí, es hora de partir. Empezaremos a buscar en el último lugar en el que nos vimos. Nos vamos al santuario de Anoa, pequeño mío.

Como si hubiera sido una orden, la criatura aumentó su luminosidad hasta que el fuego envolvió al hechicero, que dejó que las llamas le recorrieran sin llegar a quemarle. Hubo un pequeño estallido y después ya no hubo nadie en el valle, habían desaparecido.

La venganza del hechicero II

-Dile esto de mi parte: Alastor lo comenzó todo. Cuando llegaron los gigantes del norte y su padre vio la manera en que caía su ejercito… Hizo lo que su viejo no se atrevió… buscó ayuda en lo más oscuro. ¡Oh! Sí, fue Alastor quien contrató a Nael y a su hermano.

-¿Trabajaban juntos?

-Sí, uno la espada y otro la magia. Vendían sus servicios, pero las ambiciones de los gemelos eran muy distintas… Total que Nael pidió librarles de los gigantes a cambio de un puesto para él y su hermano en el reino. Querían ser una especie de héroes con sueldo que actuaran cuando la ocasión lo requiriese…

La encapuchada se movió nerviosa:

-¿Os libró de los gigantes?

Carles bebió lo que quedaba de su cerveza y se limpió con las mangas la barba sucia.

-Mejor aún –dijo- les hechizó, los puso bajo nuestro dominio y el rey los utilizó en una guerra que ganamos gracias a ellos. Resolvió todos los frentes que necesitaba y luego le ordenó a Nael que se deshiciera de ellos. Lo hizo, lo cual me sorprende. Luego el rey murió y Alastor heredó el trono. No podíamos imaginarnos que Nael hizo con Alastor lo mismo que con los gigantes.

La muchacha dejó su copa de vino y miró a los ojos al hombretón:

-¿En serio? ¿Hechizó a Alastor? ¡Claro! Eso explica el odio que le tiene…

Carles asintió dos veces y buscó con los ojos a la tabernera.

-¡Otra ronda, Emilia! –gritó.

-¡Marchando, guapo! –respondió la rolliza mujer.

-¿Por donde estaba?

-Nael hechizó al rey.

-Ah sí… oh, gracias Emilia, gracias. Sí, verás… A Nael le habíamos dado un castillejo medio abandonado de un noble caído en desgracia. No sabíamos qué hacía ahí, pero la verdad es que todo el puto reino estaba en paz, teníamos comida, la época de pesca había sido muy buena y nuestros enemigos no se atrevían ni a pensar en pisar la tierra por miedo a que volvieran los gigantes.

El hombre bebió un gran trago de cerveza antes de continuar:

-Total que a nadie le dio por pensar en qué gastaba Nael el tiempo y un día…

-¿Y Sargal? ¿Qué fue del hermano? –le interrumpió la mujer.

-¡Oh! Es cierto, se me olvidaba Sargal, los años ¿sabes? Ya me pesan… Joder es que han pasado veinte años… Total que Sargal se enamoró de una chiquilla, se casaron y tuvieron churumbeles. Vivían felices en otra casa y, aunque seguía viéndose con el hermano, prácticamente no había conflictos y tampoco tenían trabajo. Sargal era feliz y punto. Vuelvo a Nael; el hechicero contacto con otros hechiceros, y se juntaron como doce o cosa así en el castillejo ese. Estuvieron… cerca de un mes si mi memoria no me falla. Hasta que, de repente, sin saber cómo, el rey recuperó la conciencia, pero no sabía qué había pasado, sabía estar bajo la influencia de algo pero no podía definirlo. Mandó buscar a Nael para averiguarlo y cuando le dijeron la situación envió a Sargal.

La muchacha hipó:

-¿Fue cuando…?

-Sí. ¡Déjame continuar, diantre!

-Perdón… –musitó por lo bajo ella.

-El caso es que Sargal se fue al castillo, entró y tal como entró se encontró tal cosa que salió por patas. Estábamos todos en la corte y Sargal llegó y nos contó que los magos habían abierto una especie de portal y que aquello no era real y que había demonios. Nos reímos claro, pero nos reímos poco… El castillo endemoniado voló por los aires… ni puta idea de por qué, pero las piedras llovieron sobre nosotros… imagínate los destrozos, murieron decenas.

»Cerramos la ciudad a cal y canto, apostamos guardias y esperamos. Estábamos acojonados, no sabíamos qué pasaba, a Alastor le dio un ataque de ansiedad y total que nos tocó al consejo decidir qué hacer. Y claro, nos acercamos a las murallas y vimos un agujero rosa del tamaño del castillo por donde salían bichos de colores. Los hechiceros luchaban contra ellos, pero no todos. Nael estaba del lado de los demonios. Poco después atacó la ciudad. Te juro que he visto muchas guerras, pero nada como aquello… los demonios eran… no sé, no puedo describirlos, pero en una hora estaban dentro de la ciudad, todos gritábamos y luchábamos, aquello era un infierno…

Carles tenía los ojos vidriosos, se los frotó para borrar una imagen de su memoria y bebió más cerveza, sin limpiarse esta vez los restos de la barba.

»Total que Sargal se encontró con su hermano y lucharon, la mujer y los hijos de Sargal habían muerto y él estaba loco de rabia y quería matar a Nael. ¡Joder! Yo estaba cerca y tuve que escapar como mil veces porque ellos se movían y no veían más allá de ellos mismos. Hablaban continuamente, del pasado, de traiciones e, incomprensiblemente para mí, Nael siempre tenía “futuro” en la boca.

-Pero Sargal le mató… –interrumpió la joven sin poder evitarlo.

-No, no es cierto. Sargal le noqueó, le golpeó y el hechicero cayó en una zanja. Sin el condenado los demonios parecieron acobardarse y huyeron. Los magos que quedaban cerraron el agujero, “una entrada a otro mundo” nos dijeron que era. Y luego… ¿Sabes lo vengativo que puede ser un hechicero? Se llevaron a Nael con ellos y lo encerraron en su prisión.

-Veinte años.

-Sí –confirmó Carles después de terminar su vaso-. Veinte putos años… mejor hubiera sido que lo mataran como dije yo.

-¿Pero qué quería Nael? –preguntó la encapuchada.

El hombre se encogió de hombros:

-Nunca llegamos a saberlo y, por lo que sé, los hechiceros tampoco lograron sacárselo, y eso que le torturaron mucho tiempo… –hizo una pausa observando detenidamente a la chica- Pero me pregunto por qué Sonia está interesada en esto si a ella Nael no le busca.

La chica se sorprendió, no pudo disimular aquel gesto ni siquiera con la capucha.

-¿No? –preguntó ingenuamente.

Carles negó con lentitud:

-Sonia ni siquiera conoció a Nael, que yo sepa. Era una cría. No, a ella no le afectará su venganza. Realmente yo tampoco estoy muy preocupado, mi papel fue relativamente pequeño en todo esto… Sólo estaba ahí.

-Eso a Nael le servirá –sentenció la mujer con la voz cambiada.

El hombre no dio demasiada importancia a aquel comentario.

-Soy un noble sin corte, sin dinero, vivo de escasas rentas, no hago nada en todo el día… Créeme, muchacha, estoy viejo y si ha de venir la muerte, que venga.

Ella asintió.

-Una última cosa –dijo- ¿Sabes que también Gardor ha muerto?

Carles asintió, pero no parecía triste ni sorprendido:

-Era un buen hombre… ¿Cuántos lleva ya? ¿Cinco?

-Ocho -corrigió la mujer.

-¡Joder! ¡Emilia!

-¿A quién crees que buscará ahora?

-¿Sigue vivo Alastor, dices, no? –preguntó buscando con los ojos a la tabernera, que no parecía estar en la sala- ¡Emilia!

-Sí ¿por qué a por él?

-Él fue quien sugirió a los magos el encierro, ellos tenían pensado otros castigos, pero no ese. Si Alastor sigue vivo es sólo para que cuando Nael llegue a él, esté aterrado. ¡Emilia!

La muchacha sonrió bajo la capucha.

-Eso es todo, Carles, muchas gracias.

-Sí, sí, pero espera, ¿Sonia qué tiene que ver en todo esto? ¿Para qué quiere saber todo esto una sacerdotisa?

La mujer se quitó la capucha por primera vez en toda la velada. Hacía bien en permanecer con ella echada porque en el momento en el que se la bajó, todas las miradas se clavaron en su cabeza. Su pelo era de un blanco inmaculado, largo y ondulado. Carles abrió mucho los ojos separándose de la joven de labios rojos. La ingenuidad ya había desaparecido de ella.

-Te diré lo que quiere Sonia de Nael, Sonia ahora pertenece a nosotras. Lo que quiere Sonia es cazarle.

En la carretera

Los viajes son paréntesis de tiempo y de circunstancias. Hay una manida frase que los estudiantes copian con avidez en sus biografías en la esperanza de que la inteligencia de esta se adose a ellos mismos y les otorgue una pátina de dignidad. La frase es: yo soy yo y mis circunstancias. Su autor no importa.

Yo soy yo y mis circunstancias, entonces en el viaje la circunstancia es el propio viaje y el contexto, es rápido y cambiante pero está ahí. Eso es lo que nos podría parecer de forma sencilla y sin entrar en mayores problemas. ¿Pero es realmente así? El viaje es un paréntesis en la vida, un espacio que no pertenece ni al lugar del origen ni al del final. Las estancias fuera de lo cotidiano parecen estar siempre abocadas a su fin, puesto que el retorno está fijado más o menos claramente. La circunstancia es ilusoria.

Entonces, por lógica, si la circunstancia no existe y es sólo imaginada y débil como la niebla, al yo no podremos saltárnoslo. Eso quiere decir que Jorge siempre seguirá siendo Jorge y quizá podríamos pensar que Jorge es mas él que nunca, porque en el viaje ya no tiene el incordio de las circunstancias. Él podría escribir “yo soy yo” y darse por satisfecho. Jorge sonreiría y se daría cuenta de que al volante de su coche o sentado en la cabina del avión, él es, por una vez, alguien distinto, no sometido a las reglas pesadas de este mundo lleno de normas. En el viaje “todo vale” y el trabajo, las llamadas obligadas a casa, las facturas, los compromisos, caen.

Jorge anhela la libertad, porque sabe que esas circunstancias de su vida no le hacen libre, sabe que está obligado a una silla que él eligió, a una hipoteca que él eligió, a los rigores de la familia y de los amigos, que le demandan atenciones que si fuera por él no daría. Pero Jorge no es un psicópata, no está falto de moral ni padece de algún trastorno, él quiere a los suyos como cualquier otra persona pero no soporta lo obligatorio. Sabe que todas esas pequeñas cosas que le atan son necesarias en la vida social, pero a veces, por la noche, después de ceder sus decisiones para amoldarse a los otros, piensa en que él ha elegido esa vida y que está condenado por alguna suerte de juego sucio en el que la vida social hace al hombre absurdo. Desencantado de todo, Jorge comprende por qué en los trabajos en los que es necesario viajar mucho las personas coleccionan amantes. Son vías de escape, zarpazos en la oscuridad que buscan arañar un poco de libertad, de querer ser otras personas, de no estar atado por lo habitual y lo obligado. Lo entiende muy bien, lleva años casado y por cada año hay una “cana al aire” en su biografía de circunstancias. Aún así eso no le basta, Jorge no disfruta gran cosa con esas distracciones, sólo le provocan punzadas de remordimientos cuando mira el lado de la cama lleno de un cuerpo que ya entiende que le está atando.

En los viajes Jorge piensa en huir, en acabar con todo y retirarse para ser libre al fin, pero no se atreve. La libertad es muy cara y la educación le ha llevado a tener los prejuicios de todos, a saber: trabajo, familia, éxito, amor, quizá hijos en el futuro, buenas relaciones, amigos y civismo. Jorge está harto de la falta de control en su vida. En el viaje puede pensar en ello, revelarse sin que nadie le pueda imponer lo más mínimo, pero sabe muy bien que la ruptura no llegará, que es un cobarde, que el valor no se conoce en la sociedad y que toda muestra de algo distinto será condenada por todos. Y es que en el mundo actual no hay peor pecado social que querer algo distinto y aspirar a otro modelo de vida.