Cena de navidad

N.D.A: “Cena de navidad” se publicó el día 27/12/2011 en el blog deEl rincon de Tatojimmy v.2.0de Tatojimmy. Pertenece a su especial sobre la navidad.

Marta llevó las claras al punto de nieve justo cuando sus brazos ya no podían más. Volcó el vol sobre la mezcla que ya había en otro aún mayor y removió con prudencia. Cuando estuvo todo listo metió el recipiente en el horno y sonrió con satisfacción.

La mujer se limpió el sudor, comprobó que la salsa del asado reducía bien en el fogón, sacó la guarnición de las perdices y la colocó en el recipiente adecuado, luego retiró las patatas del fuego y por fin fue a comprobar si los sorbetes ya estaban lo suficientemente fríos. Lo estaban. De repente se dio cuenta de que tenía un minuto de descanso y se sentó en el taburete de la cocina, limpiándose las manos con un trapo.

Como todas las navidades, la familia Ramírez-Matas daba una gran cena el día veintiséis. Los invitados, liberados de la familia más inmediata con la que se veían obligados a juntarse todos los años, acudían alegremente a esa “casa de vacaciones” donde Julio Ramírez, director de la sucursal española de una importante farmacéutica, invitaba a sus íntimos amigos a una velada muy especial. Esos invitados eran banqueros, presidentes de grandes compañías, ejecutivos y algún que otro miembro que iba variando de año en año. En total esta vez llegarían dieciséis invitados, a lo que había que sumar la pareja anfitriona.

Lo cierto era que Julio Ramírez no era una persona déspota, todos los años preguntaba a su mujer si estaba dispuesta a hacer la cena ella misma, ofreciéndole encargarla a un catering. Marta siempre decía que no era necesario, ella ponía una gran sonrisa y desde el día anterior empezaba a cocinar en aquella magnifica cocina de seis fogones, dos hornos, grandes frigoríficos y enormes encimeras. Se encerraba sola sin permitir que nadie entrara allí.

Marta comprobó en el horno de leña los dos cochinillos cuya piel empezaba a adquirir el color tostado tan característico. Suspiró otra vez y se sumó aquel suspiro a los treinta anteriores. ¿Por qué seguía haciendo aquellas cenas?

Llamaron a la puerta y entró Juan con una gran sonrisa, Juan, su hijo, que se iba a marchar en unas horas antes de que llegaran los invitados. Él se volvía a Barcelona para pasar unos días allí hasta reyes.
-¿Cómo va el banquete, mamá? –preguntó divertido echando un ojo a las grandes cajas de ostras y hielo.
-Muy bien, cariño. –dijo ella sonriendo- ¿Ya te vas?

Juan la miró serio por un momento. Eran cuatro hermanos, Roberto, Laura, Cristina y él mismo. De los cuatro era él, quizá por ser el pequeño, el que más relación tenía con su madre. A veces, mucho le pesaba a Juán, también era el único que parecía preocuparse por ella.
-Has llorado –sentenció.

Marta se enrojeció, se colocó el pelo y buscó la excusa de las ollas. En efecto había que sacar las patatas antes de que se pegasen. Lo hizo con parsimonia.
-No digas tonterías, anda dame un beso y vete.

Juan se negó, estaba harto de aquellas cenas, las odiaba. Más de una vez le habría gustado montar una escena apareciendo en medio de la noche para espantar a aquellos “buitres” como los llamaba Laura. Juan giró a su madre aferrándole del brazo con cierta fuerza, observó sus ojos enrojecidos y le besó una mejilla.
-Mamá, has llorado. ¿Por qué?

Marta Matas, la perfecta anfitriona que no dejaba una mancha en la servilleta nunca, que siempre mantenía su casa limpia y perfectamente colocada, que no llamaba la atención ni se cansaba nunca, se derrumbó. Su hijo la abrazo y ella sollozó.
-Estoy harta… harta de estas cenas que sólo me sirven para llenar el vacío… estoy harta de la ópera, de las exposiciones, de los chismes de las mujeres de los amigos de tu padre… estoy harta de ver a esa zorra de Sofía venir con su marido y no dejar de mirar a tu padre… porque sé que tu padre tiene un lío con ella desde hace años y sé que no me quiere ya… ni yo a él tampoco… Juan, estoy harta de mi vida, de ser un jarrón más, la servil esposa, la amante madre… no quiero cuidar de más nietos ni hacer más cenas sólo para olvidarme de mi vida… ¡Ay Juan! Por favor… no digas nada a tu padre.

Juan la apretó fuerte contra sí mismo y luego la separó, los dos temblaban.
-Siéntate aquí mamá. Tomate un vaso de vino –dijo.

Mientras la mujer le obedecía, vio como su hijo sacaba los animales asados del horno aunque no estaban hechos del todo, cómo quitaba la salsa del asado sin que tampoco hubiera reducido lo suficiente y cómo, en resumen, apagaba todos los fuegos y paralizaba la cocina. Marta no dijo nada, bebió de la copa, se enjuagó la nariz y se recompuso lo que pudo. Luego cogió la mano que le tendió su hijo y de repente se encontró en el coche de él, camino de Barcelona con los móviles apagados.
-¿Y tu padre? –preguntó Marta cuando salió de su ensimismamiento.
-Dejé una nota –dijo Juan sin apartar la mirada de la carretera.

La madre asintió mirando las luces de las casas engalanadas con adornos navideños, que pasaban a su alrededor como pequeñas estelas de una felicidad concreta. En la carretera, sin embargo, el aspecto era algo triste y sin sentido, eran pequeñas motas de colores en medio de la oscuridad reinante.
-¿Dónde vamos, Juan?
-A vivir, mamá y no vamos a volver.

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Un comentario en “Cena de navidad

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