La venganza del hechicero III

La salva de cañones iluminó la colina con sus fogonazos. El ruido resonó y las balas se estrellaron sobre los demonios, que corrían como sabuesos hacia sus victimas. Los cráteres reventaron muchas criaturas, que se deshacían en cenizas como si su solidez sólo dependiera de un capricho. Aún así, la mayoría de aquella hueste siguió corriendo sin parar. Eran figuras negras en la sombra, apenas apreciables a la luz de la luna llena.

El general estaba aterrado, corrió hacia el puesto de mano con el catalejo aún en la mano. El hechicero lo recibió con la túnica azul y roja, el largo pelo y barba gris y la vara retorcida en su mano.
-¿Y el comandante?

Zavok frunció el ceño, el viento alborotó todo su pelo.
-¡Me pide un imposible! -gruñó.

El general estaba cada vez más asustado, esta vez bajó la voz:
-Zavok… ¿qué ocurre? ¿qué hacemos?

El mago gruñó y golpeó el suelo con la punta de su vara.
-Huir sería lo más cuerdo, amigo mío. Pero tu comandante tiene mucho miedo de Nael…
-¿Entonces?

El anciano pasó sus dedos entre la espesa barba mirando el campo de batalla nocturno. En aquel preciso momento, los “sabuesos” que hasta ahora eran diablos negros como la misma noche, se encendieron como si sus cuerpos ardieran. El campo se iluminó y se echaron sobre las sorprendidas y aterradas primeras filas de soldados.
-Cañones –recordó el mago.

El general dejó salir un chillido, lo había olvidado por completo.
-¡Fuego! –grito.
-¡Fuego! –repitió alguien y la docena de cañones retumbaron en la colina otra vez.
-¡Qué vas a hacer! –gritó histérico el general agarrando por las ropas al mago.
-Combatir fuego con fuego.

El mago se apartó un poco hasta un saliente de la roca. Allí clavó firmemente el bastón al suelo y extendió la otra mano hacia el valle encendido de demonios. Durante un instante no ocurrió nada, pero pronto las llamas que envolvían el cuerpo de los demonios estallaron y se alargaron formando algo indefinido, un torbellino que poco a poco ganó potencia y se inmiscuyó entre las filas de demonios. Ahora la noche tenía una gran columna de fuego que lo iluminaba todo y unía el cielo con la tierra.
Alarmado por el resplandor, el comandante salió de la tienda para unirse a su estupefacto general.
-¡Dios misericordioso! –exclamó el comandante.

El torbellino consumía verdaderamente a los demonios, y lanzaba por delante a alguno más alejado. Por un momento parecía que podían ganar terreno a aquellas criaturas, pero no duró mucho. El gesto de Zavok era frenético, le costaba demasiado mantener ese hechizo, su cara estaba retorcida igual que su mano ante la tensión del momento y el viento, que llegaba hasta él caliente como el de un horno, le revolvía el pelo y las barbas. Sudaba y, sin que él lo pretendiera, el torbellino se dividió en dos que tomaron direcciones opuestas y luego desaparecieron.

Dos grandes demonios aparecieron en la lejanía, quizá midieran tres metros cada uno, su envergadura era enorme y su fuego parecía encontrarse en el interior, como si fueran monstruos de magma. La luminosidad fue suficiente para adivinar a una figura humana, la única de aquel lado del campo de batalla, que se mantenía entre ambos demonios.
-Nael –susurró Zavok, fatigado. Jadeó vencido, apoyándose en la vara para descansar.
-¿Y ahora qué? –preguntó el comandante.

El ejército demoníaco volvía a atacar a los humanos, pudieron saberlo por los gritos de desesperación. El anciano mago volvió la mirada agotada hacia él.
-¿Qué quiere Nael de ti, Marius? Dímelo ahora.

El comandante titubeó, dio varios pasos atrás pero las manos del general le agarraron por los hombros.
-Mi señor, responda al mago, por favor.

El comandante tragó con dificultad:
-Yo… yo… me quedé con algo suyo…

Los ojos Zavok resplandecieron con el brillo de la luna. Se acercó al hombre con el gesto lleno de ira.
-Miserable codicioso. ¿Qué era? ¡Habla!
-Un… un… collar, pequeñito… yo… tiene una esmeralda incrustada y…

El mago abrió la mano; del cuello del comandante salió disparada hacia ella un adorno de oro con la esmeralda engastada y pequeñas runas dibujadas.
-Todos esos soldados han muerto por una irrisoria ambición, comandante Rapoza. Espero que se haga cargo –dijo el hechicero.

El general se acercó al mago desesperado:
-¡No puedo dejarlos morir! ¡Son mis soldados! ¡Démosle el colgante!
-No –negó tajantemente el mago guardando la joya en sus ropas. Tráeme doce balas de cañón. ¡Ahora! ¡Corre!

El general desapareció.
-Marius, has sido un imprudente. No obstante es un alivio que esto no haya caído en manos de Nael.
-Es muy valioso ¿verdad?
-Es muy peligroso –corrigió el anciano.

Un soldado apareció con una carretilla llena de los proyectiles.

El mago le dio la vara al general y se inclinó sobre las esferas. Una a una las pintó todas utilizando un pincel y la tintura de un frasco de algo desconocido. Finalmente susurró unas palabras y todos los proyectiles brillaron con luz tenue.

Zavok soltó un quejido, agotado después de aquello, se recuperó como pudo, apoyándose discretamente en la vara que le devolvía el general:
-Poned una bala en cada cañón, encended la mecha y corred… Abandonad los cañones.
-¿Y los guerreros? –preguntó el general.
-Toca retirada cuando prenda la mecha. Huid a la fortaleza. Nael no os perseguirá.
-¿Por qué estás tan seguro, Zavok?
El rostro del hechicero se ensombreció.
-Me seguirá a mí.

Se siguieron las indicaciones del mago al pie de la letra. Las trompetas tocaron retirada poco antes de ser calladas por el trueno conjunto de los doce cañones. Pero esta vez las máquinas se resquebrajaron con una explosión interna El asombro llegó poco después, cuando aquellas balas impactaron, levantando una honda expansiva enorme, cargada de electricidad que fulminó todo cuando tenía alrededor. Hubo una masacre, la batalla se detuvo y los guerreros emprendieron la retirada.

El hechicero buscó entre la nube de ceniza levantada la sutil estela de los grandes demonios y de Nael en su centro, pero no pudo distinguir nada. Se volvió para desaparecer y en ese momento allí, ante él, Nael le observaba con seriedad. No era realmente Nael, sino una imagen proyectada, pero aquella imagen habló:
-Han pasado muchos años, Zavok.

El hombre barbudo asintió, aún presa de la sorpresa. Por un momento había creído que era el “mago oscuro” en persona, como comenzaban a llamarle.
-Dame lo que es mío y te dejaré en paz –continuó la imagen translucida del mago calvo.
-No.

Nael asintió:
-Tu destino será peor que la muerte, lo sabes.
-Todo esto son fuegos de artificio, Nael. Tú conoces tu debilidad y sabes que la verdadera batalla será mucho más sutil.
-Sé dónde vas –musitó.
-Pero allí tú no puedes llegar.
La imagen dudó un momento, Nael apretó los labios y luego él por entero se retorció y desapareció con un estallido.

Zavok se tomó un momento para respirar. Luego subió a su caballo y siguió un camino hacia el este, espoleando al animal tanto como podía, tenía prisa por alejarse de aquel lugar.

Lejos, rodeado por una hueste de demonios que le observaban ya sólo con fuego en sus ojos, Nael pensaba, observaba el entorno, el silencio que se había producido tras la huida del ejército. No había mandado avanzar ni perseguir al hechicero o a Malus en su desbandada. Se arrebujó en la capa e hizo un gesto a uno de aquellas criaturas que parecían echas de magma solidificado. El monstruo avanzó y al hacerlo su propia materia se agrietó y un fulgor rojo iluminó todo alrededor acompañado de la oleada de calor que envolvió al hechicero desde su espalda. El calor le agradó.
-Ha sido un error venir aquí… –musitó- pero me he dado cuenta de algo…

Nael pasó sus dedos por la cabeza desprovista de pelo y recorrió la sombra de la cicatriz que tanto le obsesionaba.
-Desapareced. –ordenó.

Por última vez aquella noche, el valle se iluminó con centenares de fuegos que consumieron, esta vez sí, los cuerpos demoníacos, dejando tan sólo un rastro de cenizas. Únicamente quedó uno de ellos, el mismo que había acudido por primera vez tras matar a su hermano. Quizá sería imposible distinguir una de aquellas criaturas de las demás, pero Nael sí podía.
-No puedo hacerles frente yo sólo… –le dijo a la criatura- He de buscar un aliado… o mejor un amigo…

Nael dudó durante un momento y observó al demonio, que mantenía sus ojos, ascuas en medio de la noche, fijos en él. Una sonrisa se curvó en el rostro del hechicero:
-¿Sería muy ambicioso? Sólo he tenido un verdadero amigo en mi vida… pero cómo encontrarle… Hace veinticinco años que no sé nada de él… ¿Dónde puedes estar, Gerard?

El demonio encendió su cuerpo, iluminando el lugar y dando calor al propio mago.
-Sí, es hora de partir. Empezaremos a buscar en el último lugar en el que nos vimos. Nos vamos al santuario de Anoa, pequeño mío.

Como si hubiera sido una orden, la criatura aumentó su luminosidad hasta que el fuego envolvió al hechicero, que dejó que las llamas le recorrieran sin llegar a quemarle. Hubo un pequeño estallido y después ya no hubo nadie en el valle, habían desaparecido.

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