Naufragio de sentidos

La tumba del hombre es el lugar en el que vive. El sentimiento está plagado de escarabajos devoradores que asoman desde las heridas abiertas como graciosas sonrisas del interior.

¿Qué ha sido de los héroes? ¿Qué de las túnicas blancas de la imaginación? El sueño mediterráneo desapareció con las espadas caídas en desgracias y barro. No, hijos míos, ya sólo quedan ruinas de lo antiguo y parece que eso es lo que debe ser. El paso imperturbable del padre tiempo entre los olivos retorcidos será el que haga crecer a los hombres y les dé el aliento dorado. Ese padre, de pies encallados, ese lugar común de todos los desvelos, es él a quien rendimos culto en las iglesias y en las calladas noches en que miramos las paredes blancas sin saber qué miramos o quienes somos.

La tumba de la que se hablaba, gastada entre arenisca con palabras pintadas, guarda al hombre que será. La ineptitud está en cada brochazo que malcubre la pared blanca, o que sería blanca de ser. ¿Cómo se ha de construir el pasado o el presente? ¿Cómo conocer los huesos que sostendrán a la carne de las costumbres? Esa carne que ha de ser caliente y recibir los besos que ha de aprender a dar. Parece que no hay respuesta.

El temblor de los juncos en la laguna y la sencillez de las nubes que transcurren por el azul inminente del cielo son las aspiraciones básicas que se complicaron con el paso del tiempo y de la mente. ¿Tenemos sentido?

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