Alejandro Gris

Alejandro Gris inclinó por cuarta vez la taza de cerámica hacia sí mismo. Seguía vacía. ¿Qué esperaba? ¿Qué se rellenase sola de café? Y todo por no levantarse de delante del ordenador, por no caminar los pasos que le separaban de la cocina y servirse una taza más. Entonces se dio cuenta de que de verdad le gustaba el café porque si no fuera así no tendría tanta insistencia en buscar que manase por embrujo del fondo blanco de la taza roja.

Suspiró, un suspiro más que cayó entre los papeles que por todas partes tenían su nombre anotado, una manía que su padre le había pegado de los años de colegio, en los que le insistía sobre el valor de las cosas y el peligro de que estas “desaparecieran” o, peor aún, las robasen. Por eso “Alejandro Gris” era una constante entre muchas otras constantes, variables y coeficientes. Las hojas se arremolinaban sin ningún sentido, pero sí lo tenían, en las esquinas inferiores, junto al nombre, una simple sucesión algebraica indicaba en qué sentido debían de ir todas aquellas páginas llenas de ecuaciones.

Alejandro se quedó mirando su propio nombre, acordándose de su padre y de los manuales manoseados con su nombre clavado en las primera páginas, nombre que aún permanecería dentro del gran baúl en el cobertizo de la mancha, donde aquellos libros y cuadernos de infancia dormían sin sentido. Alejandro se levantó, se quitó las gafas, se frotó los ojos cansados y esta vez sí recuperó la taza y caminó hasta la cafetera que ya estaba fría. Tuvo que dejar que el microondas calentara el brebaje y después de ese minuto se acercó a la ventana y observó cómo amanecía. Sí, había pasado la noche en vela y ni se había dado cuenta. El primer autobús de la línea 23 recorría la calle en aquel momento. Ni siquiera llevaba viajeros, sólo los propios miembros de la compañía, a los que recogía a aquellas horas para trasladarlos hasta el lugar donde dormían los autobuses.

En el piso de arriba se escucharon los pasos arrastrados de Inés, anciana de setenta y cuatro años que seguía levantándose a las seis de la mañana para “hacer sus cosas” A Alejandro se le ocurrió poner música, algo no solía hacer. Introdujo el cd y le dio al play mientras saboreaba el café otra vez. La pieza comenzaba con unas cuerdas tímidas que se arrastraban entre los árboles como el viento de la mañana, veinte segundos y un clarinete, protagonista de la obra, comenzaba a caminar por la tierra levantada de la mancha que Alejandro tanto recordaba. El instrumento parecía estar triste, dudar mientras seguía su senda de niebla y de pájaros madrugadores, pero ahí seguía el hombre. Alejandro cerraba los ojos, bebía café e imaginaba a su padre, a cientos de kilómetros de aquella ciudad, frotarse las manos curtidas, gruesas de los años desgastados, y avanzar contra el frío de lo vasto e inabarcable, del campo infinito.

La pieza terminó con el revoloteo del clarinete que se rompía como el pájaro alejándose del hombre que avanza. Alejandro Gris volvió a sus papeles y retomó la ecuación que, creía, no tardaría mucho más en resolver. El recuerdo de su padre se quedó en la esquina inferior de sus papeles y a la taza roja ya no le quedaba más café.

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