Conversación con Van Gogh

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.

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