“La dama boba”

Uno se pone a pensar y llega a la conclusión de que parece necesario cierto radicalismo en las opiniones, con el objetivo de abofetear los dogmáticos.

El señor Feliz de Azúa, uno de los brillantes, de los intelectuales podríamos decir, que quedan en esta España pobre de inteligencia, escribía hace poco en su blog sobre la ignorancia manifiesta de los políticos. Es algo bien extendido que se desprecia a los que saben desde las instituciones y se prefiere con mucho a los dogmáticos de cruz latina en ristre o de incansable recelo a lo nuevo. Parece que España vive en un renovado conservadurismo donde las doctrinas políticas han clavado su rodilla ante las económicas, donde el individuo ha sido vendido y donde se vive con la idea de “todo momento pasado fue mejor” Lo terrible es que hace unos días ese momento pasado se manifestó con una misa en el valle de los caídos. Franco, al parecer, no fue tan malo; semejante hecho que debería despertar una gran indignación y desprecio tanto hacia los políticos que permiten esto como en los católicos hacia su propia iglesia al manifestar el homenaje a tal figura ha pasado como una brisa podrida más en el cenagal de nuestro país. Eso sí, no hay que olvidar que si uno lanza una acusación o tiene la mala idea de comparar a Franco o Hitler se le tachará de ciego, obstinado y quizá radical.

Bien, comenzaba hablando de cierto radicalismo que parece necesario, por lo que me encuentro con el valor suficiente de afirmar que Franco igual que Hitler fue un dictador y que si en Alemania no se permiten adoraciones a su oscura figura no es sólo por Austwicht, (que se ha convertido en Leitmotiv a estas alturas) La idea aceptada con resignación de Franco como autoridad política de turno casi hasta legitimada por el pueblo es ciertamente vomitiva. Ni era un “abuelete” ni un “galleguillo” simpático; que fuera un dirigente patético y un dictador risible no significa que fuese menos déspota que lo fue Adolf. Recordar también que al menos Hitler consiguió el poder con las urnas en un tiempo convulso, en el caso de nuestro aflautado caudillo fue por una guerra.

Felix de Azúa terminaba en su artículo por anunciar eso que todos sabemos, que “España no es Europa, pero tiene que parecerlo” Un juego de apariencias que nos sitúa como “paletos” ante la Europa que se ríe de nosotros, que nos señala aún por tener creencias que ellos ya han superado y que nosotros denominamos “tradición” que se ríen de nosotros por enfrentarnos a la tiranía con nostalgia y una ley de indulgencia creada para que los crímenes del franquismo no salgan a la luz y para que si un Juez le da por abrir los ficheros pueda ser cesado por la osadía.

España es un país un tanto patético entonces, dónde la población crítica, pensante, la población que duda, lee, va a la universidad para aprender que no a la universidad como escuela de trabajo (modelo implantado ya hace años sobre todo en ciertas carreras) se ha mantenido estancado. O el porcentaje no ha variado o ha variado muy poco, tan poco que las cosas no han cambiado, lo cual demuestra su estatismo. Pensar en España es pensar en la derrota, en la muerte de la inteligencia y la coronación de la ignorancia, transmitida a un pueblo que no cree en aquellos que piensan y se burla de aquellos que lo hacen. Este país es feliz en su ignorancia igual “La dama boba” de Lope de vega pero de forma más oscura y orgullosa, habiendo tomado tal ignorancia como regla con la cual medir a todos, siendo ella la mejor medida. No hay esperanza en España para un mejor futuro.

Autorretrato, Cartier Bresson

¿Quién eres? Pero la pregunta se vuelve demasiado íntima y pronto se transforma en quién soy. ¿Quién soy, entonces? Una sombra. Esa es la respuesta que se afirma rápidamente. Ese efecto inmediato es producto del contraste. Luz y oscuridad, sombra y luz. ¿Es un juego de contrarios entonces? No, no lo es y ya basta de preguntas, de conversaciones entre mudos que no dejan de mirarse.

Soy una disolución de mí mismo que ante la magnitud natural de los álamos se siente pequeño, moribundo. Sí, es cierto que yo moriré antes que ellos pero también sé que somos igual de frágiles; esas columnas majestuosas caerán. Sus raíces son débiles, poco profundas y su vida está destinada a crecer en busca de la gloria, de estirar sus nudosos dedos hacia el cielo para que los pájaros se posen, burlones, y los niños suspiren y piensen en llegar a ser tan altos como ellos. Yo ya no suspiro, ese tiempo pasó hace muchos años. Resta el recuerdo oscurecido y una pregunta acerca de la gracia revoloteando en mi cabeza, polilla de un mal mes o un mal año o una mala época.

Hace frío, es invierno, Enero posiblemente. El día ya declina y pronto mi imagen, esa que capto con la lente de la cámara, se deshará igual que la imagen de los árboles. Somos sólo siluetas negras y nada más. Es extraño que quede este recuerdo perenne del instante, y quizá permanecerá aún cuando mis huesos nutran otras raíces en otro lugar. ¿Volveré a pisar este camino, esta carretera? No, jamás tocaré estos árboles y una foto similar será imposible. Por eso esto me representa, por eso es mi autorretrato, porque no es nada y eso es lo que soy: la sombra tímida de algo pequeño en un mundo de sombras donde todos estamos condenados a desaparecer cuando llegue la noche o a caer antes, víctimas de nuestras propias raíces.