La caja de marfil

Observé los colmillos de aquel elefante y los imaginé colgados sobre los muros en alguna casa o fragmentados y tallados en forma de elaboradas cajas para guardar relicarios de personas caprichosas. Aquello fue un verano en la India. Tres años después encontré una cajita de marfil en casa de una joven condesa que decía haber heredado aquella pieza de su abuela. Era pequeña, apenas cabían algunas monedas o unas piezas de joyería, ella la utilizaba como mero adorno en uno de los estantes de la librería donde yo buscaba un tomo de Swift. Nunca encontré el libro, me sorprendió tanto recordar al elefante que olvidé todo el pequeño mundo que tenía en mi cabeza.

Su dueña me dio permiso para estudiar la pieza y me detuve pasando mis dedos por la superficie de casi un siglo. No comprendí los grabados pero mi querida condesa me explicó que se basaban en un cuento de las mil y una noches. La tapa tenía un pequeño elefante que hacía las veces de asa. Me resultó irónico. Uno de los enormes animales había sido echado al suelo, muerto seguramente sólo para conseguir el marfil preciado que haría esta caja y el joyero había tenido el valor de representarlo en su misma materia. ¿Era un homenaje? ¿Quizá una forma de remordimiento por una muerte sin demasiado sentido? O quizá nadie se había parado a pensar en qué significaría tallar aquella pequeña representación del animal. Sea como fuere me quedé una noche más con la condesa sólo por aquella caja, para poder examinarla con más detenimiento.

Nunca volví a ver a la mujer, se casó y dejó de ser una persona única, admiradora de Virginia Woolf, para convertirse en otra persona más, quizá feliz, pero poco interesante para mí. No recuerdo ya la cara de ella, confieso que lo he olvidado, sé que tenía el pelo oscuro pero no hay más de ella en mí. Sin embargo la caja permanece viva, como si su recuerdo fuera el receptáculo de sí misma, en una suerte de mágico redescubrimiento.

Han pasado los años. Esta mañana gocé de unos instantes de verdadera lucidez, de comprensión. El frío inundó mis pulmones pese a que el verano ya había hecho su aparición; el sol se ocultaba de mi vista, en mi patio, rodeado de edificios sólo se podía ver el azul turquesa de una mañana fría como si fuese primavera. Las plantas no tenían rocío, pero su verdor y la oscuridad de la madera en el suelo me hizo sentir bien. Descalzo como estaba, con los pies notando el tacto de la materia, respiré, sentí y a punto estuve de llorar. Fue entonces cuando descubrí que pensaba en aquella caja y en aquel elefante que una vez vi, junto al que caminé maravillándome por sus dimensiones y su curiosidad salvaje. ¿Qué significaba todo esto? Quizá más de lo que la apariencia me mostraba. ¿Qué es una caja? Un recipiente donde guardamos algo, para protegerlo o para ocultarlo. Una caja vacía no tiene sentido a no ser que guardemos en ella algo de nosotros mismos, de ese amor que se parte un día, de las lágrimas que vertimos por alguien que se ha ido, quizá de la felicidad de unas mañanas como la de hoy.

Me levanté del patio, fui a la cocina, hice el café y bajé a por bollos a la panadería. Lo dejé todo preparado para que en el momento en que la puerta del dormitorio se abriese, quien surja de allí pueda disfrutar de la sencillez de un desayuno que alguien le ha dispuesto. ¿No es eso el amor? Lo pequeño, lo insignificante, simplemente el hecho y nada más.

Ahora, en este momento, me he servido yo mismo una taza de café y siento otra vez en el patio, la atmósfera ya ha cambiado y rememoro el instante en que salí del cuarto, desnudo, confundido aún por el sueño mientras el alba me saludaba con la brisa helada y disipaba de mí todo carácter irreal. Bebo el café amargo y dejo ir el recuerdo con dulzura mientras en el edificio los vecinos se despiertan y abren las ventanas que dan al patio; no me saludan todavía aunque sí me vean, aún no son ellos, aún necesitan construir sus personajes y sentirte seguros. Mientas aquí, yo, calentándome las manos sobre la cerámica de la taza, respiro y escucho los pájaros sobre el tejado.

También hay cajas para guardar lo invisible.

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