En el día del libro

Hoy es el día de los libros. Queda poco, pero aún lo es. En realidad escribo estas líneas poco antes de las cuatro de la tarde. Voy a pasar este día entre aeropuertos, entre largas esperas y con dos libros bajo el brazo.

Los aeropuertos son una suerte de limbo eterno dónde es fácil sentirse inhumano, poco más que una maleta arrastrando maletas más pequeñas… No me gustan los aeropuertos por la falta de escondites, de intimidad. Hay una excesiva exposición a una enorme cantidad de hombres y mujeres llenos de estrés, de sudor, de prisas y de extrañas lenguas. Es la Babel de hoy y nunca fui políglota.

Quien me conozca sabrá de mi pasión obstinada por los libros y por eso mismo el día de San Jorge o Sant Jordi o 23 de Abril o día del libro, me resulta un día especial. Regalar un libro es redundantemente generoso ya que no sólo es dar algo a alguien sino que ese algo a su vez “regala” o, si ustedes prefieren ser menos sentimentales, muestra un pequeño universo de ficción o no ficción; existe una historia o una información que servirá, en el caso de ser leída, para engrandecer a esa persona que ha sido regalada. Es cierto, la visión puede sonar un poco infantil o sentimental (de nuevo) pero un libro siempre enriquece, hasta los peores, los más panfletarios, incorrectos o de un pésimo estilo, ya que avisan y nos muestran cómo otros pueden ver este mundo de penumbras. La rosa, la sangre de aquel caballero o la sangre del dragón o ambas mezcladas, es también un bonito gesto para recordar lo perdido, lo derramado, lo mítico, lo literario.

Por todo eso, por ese “querer” mío hacia este día, hoy pensaba hablar de política, de la política del gobierno español hacia la educación y para con la cultura. Basten dos ideas; la primera es un silogismo fácil: fomentar la educación es fomentar el país. Querer realizar, una vez más, un modelo americano en España no funcionará. Parece que la derecha española tiende a fijarse mucho en los EEUU para estas cosas y le gusta realizar el mismo proyecto a escala española, es decir, a un nivel pequeño, chapucero y mediocre. No se puede trasladar un modelo desde un país a otro sin observar cuidadosamente la idiosincrasia de cada estado. Y, sin embargo, este gobierno, que se perfila ya tendiendo paralelismos con tintes fascistas (y lo digo, sabiendo que caigo un poco en la demagogia, pero vistas las políticas represivas asociadas a la huelga creo que es comprensible mi indignación) es ignorante y se limita a torpes recortes sobre la hoja del país, esperando que el monigote resultante sea similar al yanki. Déjenme desmitificar esto: no va a ser así, el “tembleque” de nuestro bien muerto dictador, aún les dura en la mano a los políticos de hoy. Así no hay quien haga nada bien.

La segunda idea la formularé más brevemente: si la cultura en España se circunscribe a los toros y al deporte se creará una sociedad que sólo valore el poder físico, y sólo con poder físico nunca se ha conseguido ganar nada, ni siquiera las guerras. No era el ejercito mejor preparado el que se llevaba la victoria, era el que poseía el mejor estratega a la cabeza. ¿Dónde está la brillantez que España posee, la inteligencia, sus cerebros preparados? Imposible decirlo o tristemente fácil, quizá.

Y la culpa de todo esto la tiene el gobierno, pero la culpa de que al gobierno se le permita todo la tenemos nosotros, un pueblo adormilado que prefiere mirar a otro lado, que prefiere criticar y llorar en privado, pero que no aúna el valor para actuar porque somos un pueblo cobarde y nuestra cobardía viene de ese desconocimiento y de esa ignorancia que este gobierno (y por extensión nosotros) fomenta hacia el futuro.

Nos dirigen hombres menores puestos en la palestra por nosotros y en el día del libro, en el día de una industria que ha resurgido en los últimos años con mucho esfuerzo, la industria transmisora del conocimiento por excelencia, deberíamos pensar, yo al menos quiero dedicarme a pensar, en cómo estamos dejando que nosotros y las siguientes generaciones vivamos en un país pobre que fomenta la mediocridad, cuando el tesoro más valioso que cualquier país tiene es su propio conocimiento. Sólo así se sale de la crisis, sólo así se evoluciona.

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Transcripción cognitiva

Observar cómo nacen los desiertos desde el vientre mismo de todo lo necesitado.

Aborrezco la monotonía del acorde malsano, la respiración del titán.

¿Dónde hemos nacido? Recuerdo mis pies enterrarse en la arena fría y húmeda de la playa en invierno, cuando las partículas tostadas conforman un desierto real y las olas son despreciadas como si su espuma fuera la de todos nuestros residuos. La paradoja del verano transformará esa misma espuma en deseable como la cerveza lo es para cualquiera. Esos paseos con los pantalones subidos graciosamente hasta las rodillas y las risas surgiendo de nuestras bocas es lo más cerca que tengo de mi nacimiento. ¿Nacimos allí? Se me ocurre pensar que esa mar excesivamente salada y yerma en la apariencia fue el líquido amniótico. ¿Podría ser posible? Quizá aparecimos en la playa expulsados como un Adán y una Eva desorientados. Pero es cierto que más allá los viejos nos juzgaban y tú les sacabas la lengua mientras yo te señalaba los grandes edificios tras nuestros enemígos. ¿Por qué nos juzgaban? Quizá pisábamos un terreno sagrado, pero no tiene sentido ya que estaría lleno de hombres santos de manos superiores; entonces posiblemente fuese lo contrario y nos expusiéramos tú y yo en un terreno pagano, fuera de su religión y por tanto ajeno a ellos.

Irrealidad, recuerdos inventados, mecánica mental. Desprecio. Ardor. Términos mudos… Juicio.

Estoy empapado de tinta y sólo hay una marca limpia, que es la tuya.

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.

Alejandra Pizarnik