De regreso a la perdición

No podía quitarse las voces de la cabeza. Estaba tumbado a oscuras en la cama de su apartamento, estaba dormido. En el sueño se le aparecían cabezas de humo seguidas de largas estelas, cabezas brillantes, demoníacas, retorcidas, cuyas sonrisas se abrían sangrando más y más humo. Susurraban, gritaban. Cada vez le gritaban más y él no podía entender, Jaime sólo entendía una voz, el eco de todas ellas, el discurso reunido por todas las voces. No podía comprender, pero lo hacía: le hablaban del error, de la caída, de la derrota, le insultaban y le describían. Decían que había perdido y tenían razón.

Despertó súbitamente, con un grito, dando manotazos a las sábanas. Golpeó los muros, se quitó la camiseta sucia que tenía y la lanzó contra la ventana, algo sonó a roto, un vaso que había tirado. En la penumbra el espejo le devolvió su figura. ¿Quién era él? Era enorme, torpe, lleno de un pelo espeso y negro, con una mandíbula cuajada de colmillos y unas grandes zarpas que todo podían destruir. Arrojó algo contra el cristal con un estruendo terrible y volvió a la cama aún aterrado, dispuesto a arrancarse la cara con sus uñas. Pero cuando los dedos tocaron la piel, notó bajo las yemas una textura suave y recordó que era un hombre, un hombre pequeño que dormía en un apartamento. Abrió los ojos, miró la habitación y volvió a cerrarlos. Se encogió sobre la cama llevando las rodillas hacia el pecho y sollozó porque había perdido.

El día apareció y Jaime tuvo que levantarse, recoger los objetos rotos, lavarse y salir a la calle. Su figura pasaba desapercibida bajo el abrigo negro. El tráfico le parecía odioso, la gente le parecía odiosa. Compró tabaco para desayunar y se sentó en el parque. Fumó hasta hartarse y en el móvil no había ningún mensaje.

Sin saber qué hacer su mirada se perdió en el cajón de arena donde ahora no jugaba ningún niño, era demasiado pronto para ellos. Pensó en el desierto y en el camino, pensó en el fin y en el umbral; se entretuvo así unos minutos, en silencio, sin apartarse del mismo sitio. Hasta que se desesperó. Quiso gritar, pero todas aquellas personas que se dirigían a algún lugar le mirarían extrañados, quizá alguno llamase a la policía; le tomarían por loco. ¿Lo estaba? ¿Cómo podía afirmarlo o negarlo? No, no había respuesta. Jaime era muy consciente de que la cordura era un bien preciado que había que luchar por conservar. Se contuvo y no gritó.

En su lugar rascó su cabeza con ambas manos, apretando los dientes. Odiaba aquel banco, aquel parque, aquella ciudad, odiaba su apartamento, sus muebles, su cama, se odiaba a sí mismo. ¿Por qué se había rendido? Recordó la pesadilla de su noche, las caras que lamían sus labios en una parodia de los besos que un día dio. Recordó el torrente de voces, recordó el estallido de su propia persona, su transformación transitoria en bestia, en demonio a la busca de redención o de una corrupción mayor. Sí, las voces, todas ellas se ponían de acuerdo en una única cosa; entre una serie infinita de reproches, de verdades y mentiras, durante una fracción de segundo las cabezas se ponían de acuerdo y en el caos incomprensible resonaba el eco silbante de una rápida acusación: “eres débil.” –decían.

Sí, era débil. En el banco del parque se sintió hundido al recordarlo y de repente aquella ciudad era opresiva y las personas que se dirigían a algún lugar le asustaban, las sentía como violentas. Tartamudeó al levantarse y luego corrió hacia su casa, sin mirar, agotando su cuerpo cuanto podía. Una carrera en la que tropezó sin caerse, en la que perdió el libro que llevaba siempre consigo y en la que golpeó a alguien que le insultó sin conseguir que se diera la vuelta. Cuando llegó a la habitación se desnudó, cerró las cortinas y se enterró bajo las sábanas, sólo en aquel momento se dio cuenta de que estaba llorando.

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Trombosis en sábado

Él siente un gusto extraño en la boca. Pasa su dedo índice por los labios, distraído, con la mirada fija en algún punto. El dedo, humedecido, se introduce y toca el diente. El chico se da cuenta de su gesto, pero es una conciencia pobre, apenas una confirmación sensorial. La yema vuelve a acariciar la superficie del labio, esta vez desde el interior, lo dobla, lo retuerce. Súbitamente aparta la presión que ejercía, la lengüeta de carne rosada vuelve a su posición habitual inmediatamente, elástica.

Él se vuelve hacia el mundo, se da cuenta de que mira, de su repentina fijación por la nada. Pero no estaba pensando, su mente vagaba blanca mientras el dedo jugaba aburrido de no saber qué hacer junto al resto de la mano. No, no pensaba, sentía. Se había perdido en un sentimiento no muy antiguo, apenas le separaba unas horas de él. Era una mezcla de calor, de seguridad, de duermevela y semioscuridad. Parpadea. Recuerda, ahora sí, su cuerpo desnudo, el cuerpo de ella, las curvas de ella, la melena desenhebrada, salvaje, del animal que es ella mientras duerme.

Ahora se pasa la mano por la cara, le raspa la barba que debía de contarse, siente una tirantez en el gesto pero no le da importancia. Vuelve al café, había olvidado el café. La cucharilla tintinea cuando posa la taza sobre el platillo. La ciudad aún está desperezándose; es sábado, un sábado en Barcelona, la luz entra invadiéndolo todo, destruyendo los ángulos que crean las columnas, exigiendo que la tristeza de los más huérfanos se retire a la cama junto al mareo y el hedor. No hay espacio para el diablo, para los cuadros tiznados por autores depresivos. El negro a esas horas sólo se ve reflejado y buscar las formas en los retratos es una tarea sin sentido.

Él suspira, paga, se va. Camina por la calle observando como abre la floristería. Podría comprar unas flores, pero no lo hace. Cuando dobla la esquina estallan miles de grandiosos fuegos artificiales amarillos y rojos, es un espectáculo que sólo puede ver él en el interior de sus pupilas. Se detiene asustado, más mareado que dolorido, se apoya en la pared, respira hondo y se frota los párpados. Asocia aquel pequeño ataque a la falta de sueño y cuando se repone camina otra vez, si bien más rápido, con ganas de llegar a casa y meterse en la cama junto a ella, ella que aún estará desnuda bajo las sábanas.

Cuando llega al portal de la casa tropieza y debe sujetarse para no caer. Abre la puerta y consigue subir un piso antes de quedarse sin aliento. Entonces los fuegos artificiales vuelven, le ciegan, le falta el aliento, le falla el equilibrio y siente un dolor fuerte en la garganta que paraliza su cuello. Se cae, se golpea la cabeza y pierde la conciencia poco a poco. Finalmente él pasa su dedo índice por los labios sin darse cuenta de ello, lo introduce en la boca donde nota un sabor metálico, que luego desaparece.

El rey de los miserables

Fernando subió al trono con doce años. Era un niño rubio, con los ojos verdes y de aspecto frágil. Su voz era pausada ya de joven y mantuvo aquella particularidad toda su vida. No era fuerte, no le gustaba participar en los juegos de guerra y se mantenía en la retaguardia cuando la batalla le necesitaba, si bien siempre se mantenía allí, con la mirada atenta ante la matanza y el horror. Alguno de sus generales más avezados vomitó en su presencia ante las atrocidades que unos soldados se hacen a otros. Fernando no, contenía el gesto, podía perder el color, pero el rictus de su boca no cambiaba. Se obligaba a presenciarlo todo y cuando la lucha terminaba y la noche llegaba, paseaba entre los cadáveres con una linterna en la mano, iluminando los rostros llenos de miedo, horror y sangre de los que habían caído.

Cuando cumplió veinte años mandó buscarme, yo era uno de sus secretarios, una de las personas que más tiempo pasaba con él, por eso confiaba en mi juicio. Fernando me llevó a sus habitaciones donde nadie podía oírnos y me pidió algo que recordaría el resto de mi vida. La cadencia exacta de sus palabras al pronunciar su petición me despierta todavía cincuenta años después, sobre todo si es invierno, noviembre, el mes en que a partir de aquel año yo tenía que llevar a cabo su petición.

Cada tres de noviembre Fernando se iba a un palacete de la sierra donde dejaba a sus nobles cazar mientras él, las mujeres y los hombres más jóvenes se quedaban en el castillo para beber y divertirse. Por la noche todos estaban agotados de la diversión y a medianoche yo tenía orden de llevar a su cuarto a una persona que yo mismo debía elegir de entre todo el pueblo. Las indicaciones nunca variaron. El más mísero de los hombres y mujeres que yo pudiera encontrar en su reino era lavado y vestido con sedas, alimentado y llevado ante él cuando la luna ya se veía en lo más alto.

Cada año ocurría lo mismo y, cuando todo estaba listo, Fernando nos permitía quedarnos a mí y a su camarero para presenciarlo todo. El rey esperaba sentado y el mendigo se arrodillaba ante él, cerca, muy cerca. Fernando le cogía de la cara, le acariciaba las arrugas, atendiendo al tacto de aquella piel casi siempre destrozada por las inclemencias del tiempo. Luego pedía que le contara su historia y el mendigo lo hacía sin entender, entrecortándose, mintiendo a veces y otras diciendo la verdad. Pasó en alguna ocasión, que creyendo que aquello era un castigo ejemplar el mísero le abrazaba las rodillas y pedía piedad, pero Fernando, siempre muy tranquilo, volvía a levantarle y le sonreía como un padre que quiere tranquilizar a su hijo. Le limpiaba las lágrimas con los dedos, arrastrando las gotas por su piel hasta que el rastro se evaporaba o era absorbido. Luego introducía la mano por el pelo de aquellos hombres y les besaba en la frente. Nunca uno de ellos se levantó airado o le atacó, casi siempre estaban temerosos, temblando como hojas, enternecidos y confusos. Al final Fernando atraía sus rostros hacia el suyo propio y los besaba en los labios sin importar su edad, sus enfermedades o su sexo. Luego les despedía, nos ordenaba enviar al mísero a una granja enorme de las marismas donde la vida era buena y el tiempo agradable. Se le aseguraba un trabajo según su condición, una pequeña renta y una casa.

Aquella excentricidad o gesto de caridad que muy pocos conocíamos hizo que entre el camarero y yo surgiese una complicidad que nos unió de una forma íntima y difícil de definir; nuestra veneración y lealtad por el rey se enraizó en lo profundo de nuestros corazones. Fernando, que siempre fue discreto, nunca nos trató por encima de otros lacayos, pero a veces, cuando las conversaciones eran tediosas y el consejo estaba reunido debatiendo sobre largas necesidades, el rey me miraba o miraba a su camarero, acaso absorto, acariciando con las yemas la tabla de la mesa o el reposabrazos del asiento. Sé muy bien que estaba recordando otra textura, unos ojos en los que se hundía, una voz que suplantaba a la estridencia de sus consejeros y otra historia que no estaba en aquel ahora y aquel lugar.

Su melancolía se mantuvo hasta el día de su muerte, día en el que hizo llevarme a su lecho y los dos, viejos casi ciegos, nos dimos la mano para reconfortarnos mutuamente, porque él moría y yo le perdía. Cuando todos se fueron él me habló, me dio las gracias por todos aquellos años, por aquellas cuarenta y seis personas que yo había llevado ante él y me dijo, con su voz más lenta que de costumbre, que fue tras cumplir veinte años cuando pensó que aquella era la única manera para compensar el oro y la gloria.
-¿Qué mejor -me dijo- que la miseria para entender que en la vida de un hombre, el rey es un rey y que yo no soy capaz de todo? Sabía que no podría vencer la injusticia… pero podía conocerla.