El rey de los miserables

Fernando subió al trono con doce años. Era un niño rubio, con los ojos verdes y de aspecto frágil. Su voz era pausada ya de joven y mantuvo aquella particularidad toda su vida. No era fuerte, no le gustaba participar en los juegos de guerra y se mantenía en la retaguardia cuando la batalla le necesitaba, si bien siempre se mantenía allí, con la mirada atenta ante la matanza y el horror. Alguno de sus generales más avezados vomitó en su presencia ante las atrocidades que unos soldados se hacen a otros. Fernando no, contenía el gesto, podía perder el color, pero el rictus de su boca no cambiaba. Se obligaba a presenciarlo todo y cuando la lucha terminaba y la noche llegaba, paseaba entre los cadáveres con una linterna en la mano, iluminando los rostros llenos de miedo, horror y sangre de los que habían caído.

Cuando cumplió veinte años mandó buscarme, yo era uno de sus secretarios, una de las personas que más tiempo pasaba con él, por eso confiaba en mi juicio. Fernando me llevó a sus habitaciones donde nadie podía oírnos y me pidió algo que recordaría el resto de mi vida. La cadencia exacta de sus palabras al pronunciar su petición me despierta todavía cincuenta años después, sobre todo si es invierno, noviembre, el mes en que a partir de aquel año yo tenía que llevar a cabo su petición.

Cada tres de noviembre Fernando se iba a un palacete de la sierra donde dejaba a sus nobles cazar mientras él, las mujeres y los hombres más jóvenes se quedaban en el castillo para beber y divertirse. Por la noche todos estaban agotados de la diversión y a medianoche yo tenía orden de llevar a su cuarto a una persona que yo mismo debía elegir de entre todo el pueblo. Las indicaciones nunca variaron. El más mísero de los hombres y mujeres que yo pudiera encontrar en su reino era lavado y vestido con sedas, alimentado y llevado ante él cuando la luna ya se veía en lo más alto.

Cada año ocurría lo mismo y, cuando todo estaba listo, Fernando nos permitía quedarnos a mí y a su camarero para presenciarlo todo. El rey esperaba sentado y el mendigo se arrodillaba ante él, cerca, muy cerca. Fernando le cogía de la cara, le acariciaba las arrugas, atendiendo al tacto de aquella piel casi siempre destrozada por las inclemencias del tiempo. Luego pedía que le contara su historia y el mendigo lo hacía sin entender, entrecortándose, mintiendo a veces y otras diciendo la verdad. Pasó en alguna ocasión, que creyendo que aquello era un castigo ejemplar el mísero le abrazaba las rodillas y pedía piedad, pero Fernando, siempre muy tranquilo, volvía a levantarle y le sonreía como un padre que quiere tranquilizar a su hijo. Le limpiaba las lágrimas con los dedos, arrastrando las gotas por su piel hasta que el rastro se evaporaba o era absorbido. Luego introducía la mano por el pelo de aquellos hombres y les besaba en la frente. Nunca uno de ellos se levantó airado o le atacó, casi siempre estaban temerosos, temblando como hojas, enternecidos y confusos. Al final Fernando atraía sus rostros hacia el suyo propio y los besaba en los labios sin importar su edad, sus enfermedades o su sexo. Luego les despedía, nos ordenaba enviar al mísero a una granja enorme de las marismas donde la vida era buena y el tiempo agradable. Se le aseguraba un trabajo según su condición, una pequeña renta y una casa.

Aquella excentricidad o gesto de caridad que muy pocos conocíamos hizo que entre el camarero y yo surgiese una complicidad que nos unió de una forma íntima y difícil de definir; nuestra veneración y lealtad por el rey se enraizó en lo profundo de nuestros corazones. Fernando, que siempre fue discreto, nunca nos trató por encima de otros lacayos, pero a veces, cuando las conversaciones eran tediosas y el consejo estaba reunido debatiendo sobre largas necesidades, el rey me miraba o miraba a su camarero, acaso absorto, acariciando con las yemas la tabla de la mesa o el reposabrazos del asiento. Sé muy bien que estaba recordando otra textura, unos ojos en los que se hundía, una voz que suplantaba a la estridencia de sus consejeros y otra historia que no estaba en aquel ahora y aquel lugar.

Su melancolía se mantuvo hasta el día de su muerte, día en el que hizo llevarme a su lecho y los dos, viejos casi ciegos, nos dimos la mano para reconfortarnos mutuamente, porque él moría y yo le perdía. Cuando todos se fueron él me habló, me dio las gracias por todos aquellos años, por aquellas cuarenta y seis personas que yo había llevado ante él y me dijo, con su voz más lenta que de costumbre, que fue tras cumplir veinte años cuando pensó que aquella era la única manera para compensar el oro y la gloria.
-¿Qué mejor -me dijo- que la miseria para entender que en la vida de un hombre, el rey es un rey y que yo no soy capaz de todo? Sabía que no podría vencer la injusticia… pero podía conocerla.

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3 comentarios en “El rey de los miserables

  1. tatojimmy dijo:

    Una historia que parece acariciarte, contagiarte de la melancolía de Fernando y su consejero. Casi he llegado a creer que mía era la mano que secaba las lágrimas, o mías eran las lágrimas que brotaban, y míos los labios que besaba el rey.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

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