Trombosis en sábado

Él siente un gusto extraño en la boca. Pasa su dedo índice por los labios, distraído, con la mirada fija en algún punto. El dedo, humedecido, se introduce y toca el diente. El chico se da cuenta de su gesto, pero es una conciencia pobre, apenas una confirmación sensorial. La yema vuelve a acariciar la superficie del labio, esta vez desde el interior, lo dobla, lo retuerce. Súbitamente aparta la presión que ejercía, la lengüeta de carne rosada vuelve a su posición habitual inmediatamente, elástica.

Él se vuelve hacia el mundo, se da cuenta de que mira, de su repentina fijación por la nada. Pero no estaba pensando, su mente vagaba blanca mientras el dedo jugaba aburrido de no saber qué hacer junto al resto de la mano. No, no pensaba, sentía. Se había perdido en un sentimiento no muy antiguo, apenas le separaba unas horas de él. Era una mezcla de calor, de seguridad, de duermevela y semioscuridad. Parpadea. Recuerda, ahora sí, su cuerpo desnudo, el cuerpo de ella, las curvas de ella, la melena desenhebrada, salvaje, del animal que es ella mientras duerme.

Ahora se pasa la mano por la cara, le raspa la barba que debía de contarse, siente una tirantez en el gesto pero no le da importancia. Vuelve al café, había olvidado el café. La cucharilla tintinea cuando posa la taza sobre el platillo. La ciudad aún está desperezándose; es sábado, un sábado en Barcelona, la luz entra invadiéndolo todo, destruyendo los ángulos que crean las columnas, exigiendo que la tristeza de los más huérfanos se retire a la cama junto al mareo y el hedor. No hay espacio para el diablo, para los cuadros tiznados por autores depresivos. El negro a esas horas sólo se ve reflejado y buscar las formas en los retratos es una tarea sin sentido.

Él suspira, paga, se va. Camina por la calle observando como abre la floristería. Podría comprar unas flores, pero no lo hace. Cuando dobla la esquina estallan miles de grandiosos fuegos artificiales amarillos y rojos, es un espectáculo que sólo puede ver él en el interior de sus pupilas. Se detiene asustado, más mareado que dolorido, se apoya en la pared, respira hondo y se frota los párpados. Asocia aquel pequeño ataque a la falta de sueño y cuando se repone camina otra vez, si bien más rápido, con ganas de llegar a casa y meterse en la cama junto a ella, ella que aún estará desnuda bajo las sábanas.

Cuando llega al portal de la casa tropieza y debe sujetarse para no caer. Abre la puerta y consigue subir un piso antes de quedarse sin aliento. Entonces los fuegos artificiales vuelven, le ciegan, le falta el aliento, le falla el equilibrio y siente un dolor fuerte en la garganta que paraliza su cuello. Se cae, se golpea la cabeza y pierde la conciencia poco a poco. Finalmente él pasa su dedo índice por los labios sin darse cuenta de ello, lo introduce en la boca donde nota un sabor metálico, que luego desaparece.

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