El león en la noche

Avanzaba extenuado por la calle, lentamente. No sabía qué hora era, su móvil no tenía batería y nunca llevaba otro reloj. Ahora se arrepentía de no haber bebido lo suficiente para estar borracho porque necesitaba estarlo. Quería evadirse. A veces necesitaba eso, se iba a un bar y pedía copa tras copa para olvidarse; si la noche era caliente abordaba a una mujer del tipo débil: cansada como él, buscadora de esperanzas demasiado parecidas a luciérnagas. Él las miraba entusiasmado por el brillo que ellas veían en él, pero todas las partes de aquel juego sabían que era un destello fugaz aunque fingieran otra cosa, eso era parte del encanto. Le gustaba el sexo y, no sabía cómo, se había enrolado en una espiral decadente de vodka barato y maquillaje chillón.

Debería de haberse emborrachado. Podría llegar a casa, tumbarse destruido en la cama, quizá vomitar, sentirse acabado, moribundo y dormir como un animal hasta bien entrada la mañana de ese domingo que no quería empezar. Ahora tenía que volver a un apartamento encantado de evidenciar la sordidez de su vida, la suciedad acumulada, los platos sin fregar, las tareas por hacer, la soledad pegada al pringoso amarillo de las paredes. Volvería y habría un mensaje de su hermano en el teléfono, diciéndole que tiene que cambiar, que debe buscar otra manera de vivir para salir del “circulo vicioso” –así le gustaba llamarlo- en el que había caído. Estaba lo suficientemente borracho como para sentirse tan desgraciado como de costumbre y tan sobrio que sabía la verdad: que todo era culpa suya. La voz cansina de su hermano, que tanto se parecía a la del padre ajeno a todo excepto al deporte y la cerveza, le taladraría la cabeza con imágenes, de remordimientos, de culpabilidad.

Cruzó la esquina desde la que ya se podía ver el edificio donde vivía, se paró en seco para mirar la luna iluminando las nubes a su alrededor, era una bonita imagen, mejor que la que iba a descubrir tras la cerradura y no quería llegar a introducir la llave. Se sentó en un banco para respirar y sujetarse la cabeza que tanto le pesaba. Se preguntó sobre su vida, sobre el trabajo que empezó entusiasmándole y que ahora ya no soportaba, sobre sí mismo. No se engañó pensando que iba a cambiar porque el cambio, lo sabía bien, rara vez ocurría. Los bares mugrientos estaban llenos de gordos y fulanas con historias parecidas. Él no era distinto a ellos, también podía imaginarlos sentados a solas en un banco una noche de madrugada estando no lo suficientemente borrachos.

Tardó una hora en encontrarse en la cama, esta vez superó el paso por el salón de una manera rápida, inconsciente. Incluso olvidó comprobar sus mensajes y la voz de su hermano no sonaría hasta el día siguiente, hasta que llegara la luz. Compartían la sangre, la infancia, pero nada más. Ese hermano, paradigma de todos los hermanos del mundo, no entendía nada, se pensaba más sabio por haber seguido el camino “correcto” de la vida, pero no dejaba de repetir una y otra vez lo mismo, como un pájaro amaestrado. Sus consejos, que eran los que cualquiera podía darle, no eran los que necesitaba.

Había dejado las persianas subidas y desde la cama podía ver el cielo encendido de la ciudad. Dos estrellas se empecinaban en demostrar que había algo más allá de la contaminación. Se durmió así, pensando en las constelaciones.

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