Entrada Nº3: Regreso

Todo regreso es difícil. Ejecutar el movimiento que sea conlleva permutaciones incontables planteadas muchas veces en nuestras cabezas. Volver es desandar en cierta medida; sin embargo no es una repetición de lo antiguo sino algo nuevo a lo que se vuelve envuelto en un aura de paradoja. Volver, retornar, quizá recomenzar lo que se dejó en suspensión tras la larga pausa de estío, cuándo el calor nos abotarga como animales ociosos. Reprender entonces lo que se dejó pendiente, continuar sí, pero “el que está en el extranjero vive en un espacio vacío en lo alto, encima de la tierra, sin la red protectora que le otorga su propio país” (M.Kundera – La insoportable levedad del ser)

Ese vacío se llena de personas pausadas en el relato social que reprenden el contacto con alegre energía. Se llena de ideas, se llena de errores, se llena de preguntas que hacen eco en el cráneo vacío de certezas. La ignorancia es una hermosa cama en la que acostar la duda para hablar desde ella. Sería interesante pensar en un sexo silencioso donde todos los sentidos se apagasen con excepción del tacto. Quizá de esa manera aprenderíamos de una vez por todas a comunicarnos con el calor y lo elemental, quizá entonces evitásemos errores y tristezas, de no ser la de no tener otro cuerpo cerca cuando la necesidad aúlla junto a la duda. Puede que de esta manera el extranjero pise la tierra con la punta de sus pies.

Volver es un proceso lento que, de tomarse con prisas, nos llevaría a marearnos y quizá al vómito descontrolado. La reubicación es por fuerza costosa y hace necesarias que ciertas estructuras, o algunas nuevas y especialmente impresionantes, se mantengan en la ciudad para orientar nuestro aterrizaje; así podremos comprender que lo que creemos ver o sentir no es sólo apariencia, no es sólo un sueño. Entonces habremos llegado y podremos continuar.

Azul

Los peces, las aves y muchos tipos de insecto se desplazan en bandadas, juntos. Uno puede quedarse embobado mirando ese movimiento que varía en ritmos y del rápido se inclina al lento. Todo tiene la coherencia de una coreografía ensayada, pero cada uno de los seres son individuales por lo que todo es un misterio. Por supuesto hay explicaciones de estos comportamientos, pero eso no importa. Lo que sí importa es esa belleza casi indescriptible de creación. Sí, de creación, pues podemos imaginarnos sin dificultad que esos enjambres, esos seres que tan a menudo podemos ver en documentales a través de nuestras pantallas o en los parques mirando hacia arriba en un día de verano, todos ellos tienen en común lo maravilloso del milagro de la naturaleza. Todos esos animales se desplazan en el océano azul o en el cielo cerúleo y a los poetas siempre se les han ocurrido miles de metáforas que hicieran de eso tan natural y común algo infinitamente bello, raro y asombroso. Quizá porque lo es o puede que en realidad todo sea más prosaico y nos hemos salido demasiado del tiesto, nos hemos perdido y ahora todo lo que esté fuera de nuestros bosques de cemento y ladrillo nos parece extraño y nos fascina.

Este un viaje por un mapa, un mapa azul, un esquema azul, imagínense al redactor de estas líneas sentado en una habitación casi a oscuras, sólo con un foco celeste sobre su cabeza, delante de la moderna pantalla de ordenador que le devuelve e ilumina su rostro con otro mortecino y cibernético azul. Imaginen el claro de luna de Beethoven sonando. ¿Por qué no? Está muy gastado, muy viejo, tanto que lo llamamos clásico, y sin embargo su belleza, su tenebrismo y fragilidad, su oscuridad en fin, nos sobrecoge. Con el primer movimiento podemos adueñarnos de cualquier titulo de artista, de creador: podemos hacerlo y pensarnos pintor o poeta o quizá, precisamente, músico; nos vemos en pleno proceso creativo contra toda marea; contra el viento que se levanta a lo lejos; contra el resto de seres que viven en la casa, sean amigos o enemigos; contra nosotros mismos; contra el hambre o el sueño; incluso contra la muerte. Escuchemos a Beethoven y podremos imaginarnos envueltos en llamas sin cesar de escribir, pintar o tocar un piano de larga cola con el pelo lacio sobre el teclado. ¿Demasiados lugares comunes?

Desterremos entonces esa imagen, simplifiquémosla hasta sus líneas más simples, hasta las aristas del dibujo, ahí está el esquema en blanco sobre azul y ahora borremos, eliminemos, destruyamos dejando de nuevo la pantalla monocroma. Trasladémoslo a otra tonalidad, quizá la Klein, siempre dispuesta a lo moderno, al grito, a lo cercano a lo púrpura. Ahora que lo hemos conseguido neguémonos a admitir mayores referencias a ese artista y tengamos en cuenta que es un hombre, un ser humano incapaz de ser mayor que cualquier otro hombre o humano.

En realidad, en un mundo de creación son bastante raros los testigos fieles que hayan podido ver a un autentico creador realizar su trabajo. La mayoría de estos demiurgos de media planta son consabidos intelectuales de los de la academia, de la nueva academia: esa que plantea una tipología ordenada por ellos mismos. No tienen sentido ni tampoco lo necesitan, no lo buscan, no les es necesario porque son La academia. Aunque su institución se organice en teatros secretos, en café señalados en un mapa imaginario de susurros y de humo, o al menos de alcohol cuando el humo falte. Iguales a estos son esos otros, organizaciones, grupúsculos que se desarrollan autonombrándose transgresores, antiacademicistas, que se esconden en otros bares y tugurios, más ruinosos o, simplemente, más discretos. ¿No?

Somos custodios de algo inútil. Lo sabemos, en el fondo lo sabemos, y aún en la superficie, pero lo queremos disimular maquilando ese tumor húmedo para disimular el repugnante latido que no cesa. Pero la mascara creada se cuartea invariablemente y la verdad desagradable brota poco a poco como un manantial entre las lascas de tierra. La verdad surge cristalina mientras nos ahogamos en un mundo pálido que huele a ozono, estamos solos en medio de las bandadas y los clanes.

 

 

 

Amarillo

En ocasiones destilamos una sustancia acre, amarga, amarilla. ¿Es el miedo? Hay una relación interesante entre la historia de ese color y la verdad, pero para descubrirla habría que pensar en esa verdad y encontrarla, diferenciarla, entenderla… ¿es eso posible? ¿No es una simple ilusión? ¿Un poema enorme sobre la ruta? América está llena de esos poemas que persiguen a Eliot como perros y que ladran a ese viejo “Whitman” barbudo y con los ojos perdidos. Es una manada, una jauría que cambió el oxígeno por el humo de la marihuana y el pan por la preciada mescalina. Uno se pregunta dónde quedó la sangre verde de Europa, pero aquí parece no tener cabida y se cita más esa extraña África que la vejez y la pureza pútrida de la matriarca. No, no es dar el paso más allá para encontrarnos con la verdad, eso sencillamente es agotador.

Por eso cuando la noche cae débil sobre nosotros, mientras paseamos con el cigarrillo en la boca en una especie de homenaje cobrizo, nos damos cuenta de nuestra herencia. La sonrisa aparece sin que la tengamos que forzar, es un gesto de rabia, de rebeldía que se apodera de nuestros músculos y recorre todos los tendones conscientes de la juventud, del deseo y de la necesidad de saber. Si somos fuertes tiraremos la colilla, el cigarro entero, esa preciada mota de suciedad que aspiramos con lujuria, y lo aplastaremos contra la carretera odiando a Eliot y al viejo hombre blanco. No servirá de nada, lo sabemos, pero hemos tenido la necesidad y la preferimos porque es menos brusca que estrellar un vaso lleno de whisky en el bar. La destrucción nos calma un instante y el cigarro esparcido es el que nos da un momento de libertad, de verdadera respiración. El gesto es una pregunta: ¿quién soy? Cuando exhalamos el aire envenenado la respuesta aparece. ¿Aparece?

Es verano, el sol llena de un oro mortal la pesada meseta, moribunda y lenta por la falta de brisa. El calor niega la lluvia, América se soslaya en la búsqueda de sí misma. Los jóvenes de sudor frío le preguntan al polvo por su destino; a veces obtienen respuesta. Todo es amarillo: la fiebre de los ancianos curtidos que nunca supieron sumar, lo que encallece a los jinetes mientras levantan la polvareda en el interior del país, la luz de los ascensores cuando termina el día un hombre encorbatado, y la orina que nace en las calzadas como una sierpe olorosa, enroscándose en las farolas.

Al final todo se reduce a lo mismo. Se busca el olvido de los nombres que nos hicieron aprender en la escuela, necesitamos de la nueva experiencia, de la otra persona que nos han anunciado que saciará nuestra sed de calor. Es por ello que más tarde o más temprano llegamos a las preguntas incómodas acerca de aquello que no se ha cumplido en nuestra vida, pero que nos habían prometido que tendríamos. No encontraremos a nadie que nos dé una respuesta adecuada, todas las hallaremos insuficientes. Entonces golpearemos el pecho de otros, lanzaremos acusaciones y finalmente nos recogeremos contra nosotros mismos hasta encontrarnos desnudos y hechos un ovillo sobre la cama. Quizá alguien saque una foto.

Ese miedo nos empuja fuera del tablero, nos provoca para que tomemos las fotografías en sepia, para que busquemos el efecto de luz que capte exactamente la manera en que nos sentimos. La realidad es que no sabemos expresarnos y damos la batalla por perdida. Buscamos la distracción; otros buscan la huida pero son más infelices aún. Seguimos caminando bajo luces doradas, sobre hierba rubia por la que arrastramos los pies. Caminamos juntos; el sonido de nuestros pasos lo corean con un bastón que mide cada palabra innecesaria, cada término esencial.

Hoy el horizonte se ha quemado mientras lo mirábamos sin saber qué había más allá.