Fábula del perro y la nube

El perro camina rápido entre las favelas. Lleva la lengua fuera, es verano y el calor resulta asfixiante. Sin previo aviso el animal se queda quieto debido a un picor en su cuerpo, se enrosca sobre sí mismo y se muerde para aliviar esa sensación, luego se queda sentado durante un instante. Observa el cielo, una única nube vaga en la inmensidad azul como un corcho en el mar. No podemos conocer los pensamientos del perro, se relame disgustado o quizá sediento y retoma el paso.

Aquel conjunto de casas, que mal se podría denominar pueblo o aldea, está deshabitado. El perro olfatea y busca su lugar de costumbre: una casucha construida con restos y de techo semihundido le proporciona resguardo. Se queda allí, se acuesta sobre un colchón sucio y observa a su alrededor. Ladra. No hay respuesta. El animal gimotea, su soledad le inquieta. Dormita un rato y deja pasar las horas. Cuando despierta ha comenzado a oscurecer, busca agua y después, tras alejarse de las favelas, observa el cielo donde la nube persiste. El animal comienza a caminar en su dirección, dejando atrás el territorio conocido, la casa donde jugaba con niños sucios que desaparecieron meses antes, la acequia en la que puede beber agua fresca todos los días y el colchón en el cual duerme tantas horas como quiere sin ser molestado

La noche se hace cerrada, el perro corre bajo las estrellas, buscando un hueco más oscuro en el cielo inmenso. Distintos olores llaman su atención, se para, busca, olfatea, conoce y vuelve a retomar la carrera. La secuencia se repite varias veces. Está feliz en su aventura. La tierra revuelta y la basura quedan atrás, se encuentra con un campo verde que cruza sintiéndose fresco. Se cuestiona por la luna en determinado momento y aúlla sin saber bien por qué está haciéndolo. Un impulso interior se lo demanda.

Horas más tarde el can llega a una finca, huele comida y se acerca curioso y hambriento. Una casa de piedra se alza ante él, pisa el suelo pavimentado con precaución, hay algo que le inquieta. No conoce nada parecido a aquel lugar y por eso se asusta. Puede entrar por la puerta, semiabierta para dejar entrar el frescor nocturno. El salón le resulta extraño, grande, con decenas de muebles. El olor proviene de otra estancia, de la cocina, se acerca cauto, despacio, procura no hacer ruido. Cuando entra ve a una mujer llorando, sentada en el suelo. Ella no se ha percatado de su presencia. El animal no entiende la tristeza, sigue observando hasta que al final decide seguir y se muestra, avanza sabiendo que le verán, lo hace con la cabeza gacha, procurando parecer dócil. Ella concluye sus sollozos cuando ve al perro, por un instante siente sorpresa, miedo ante el animal callejero, después vuelve a llorar desconsolada y el perro se acerca finalmente y se deja abrazar y apretar. Lame las manos manchadas de la mujer, le gusta el sabor sangriento. Desde su posición el animal ve el cuerpo de un hombre tendido en el suelo, rodeado de sangre. La huele, ese olor es el que llamó su atención. Además siente, aún sin estar cerca de él, que el cadáver se está enfriando. Por alguna razón eso parece hacer sentir triste a la mujer y por eso se aprieta contra ella para procurarle algún consuelo.

El tiempo pasa sin que puedan especificar cuanto. Llegado un momento la mujer se levanta, fríe unas salchichas y se las da al perro mientras ella se lava, se echa crema en los moratones que palpitan en su cuerpo y vuelve a recoger al animal. Juntos salen de la casa, el sol naciente ya ha transformado la oscuridad en un azul pálido, fresco. La mujer mira al can, le pregunta hacia dónde van. El perro observa el cielo, una única nube se pasea en el horizonte. Ladra en aquella dirección, quizá contento por algún primitivo sentimiento de cazador. La mujer asiente y juntos caminan hacia aquel lugar, en silencio, sin prisa, sin detenerse.

Un jardín sin estatuas

Camino en un jardín de ojos huecos que miran sin ver. No tengo prisa, paseo entre árboles, cerca de las fuentes, evitando esa materia negra que permanece insomne con cuerpos de hombre, con pies de titán, con manos de creador.

Orfeo me persigue, quizá ya ha llegado a la locura y ve en cada sombra el recuerdo de sus pecados. Me escondo cerca de los caños de agua y puedo sentarme a mirar. La felicidad es un engaño que ha vencido a costa de la trinidad elevada y del uno que gobierna tras unas puertas cerradas. Otra tríada mira el umbral de este jardín, son tres hermanos oscuros que se burlan con bocas torcidas de los dobles paseantes, de los errantes solitarios. Algunos se creen felices, otros saben no serlo, pocos se sientan a contemplar el reflejo de los mitos sobre el agua. Están ciegos por su propia mentira.

En medio de este teatro de siglos yo pienso, te pienso, pero mis pies son humanos, mi cuerpo es humano, mis manos son las de un niño. No basta con elucubraciones y temo que desaparezcas de este jardín en el que no has llegado a entrar. Ha pasado el tiempo, tu lejanía me ha llevado contigo, las nubes apagan el parque y el negro parece ya obsidiana ya carbón dispuesto al fuego. Las puertas permanecen cerradas, el uno aún está dentro, invisible al jardín, atrapado o quizá cauto y a la espera de lo que pueda pasar.

El viento me arrastra lejos de las fuentes. Orfeo ya cesó de buscar, ha vuelto y descansa triste. Me voy, dejo los árboles y camino nuevamente hasta que encuentro tu sonrisa en algún rincón, entonces mis ojos se vuelven huecos, me ataca un dolor blanco que transforma mis entrañas en bronce y caigo en otra fuente donde Ofelia canta el nombre de todos los ahogados. Escucho que ella pronuncia el mío, uniéndolo a la letra. Luego me duermo agotado, mecido por el propio deseo de no soñar.