El estanque de las esfinges

“Rodeando la locura, dejando que esta se acerque a nosotros y abra su boca amarillenta. Inhalaremos el aliento espeso que exhale como si fuera el oxígeno que alimenta nuestras células. Somos perros bajo la lluvia obcecados en alcanzar nuestros propios cuartos traseros, quizá con la intención de despertarnos a mordiscos, de traer la realidad de vuelta con el dolor. No hay una manera de escapar fácilmente a la monodia de nuestro cerebro, la que corea la locura, la que se viste de razón y lleva máscaras de marfil y oro.”

Ayer sonaban los ritos fúnebres por un caballero húngaro ahogado en un estanque de Tullerias. Encontraron su cadáver hinchado gracias a los maullidos lastimeros de un gato que lo vio todo. No pudo dar el nombre del asesino, tal vez porque no lo hubo. El felino no era el único animal, pero los patos no dicen nada, siempre están hipnotizados por su paseo monótono y aburrido que les lleva de un lugar a otro. Para ellos el cuerpo flotante sólo es una molestia al nadar y ni siquiera les interesa. Hay tres estatuas de ninfas distraídas que no ven más allá de sus cuerpos desnudos, también dos esfinges vigilan las aguas, ante las cuales uno podría arrodillarse desesperado sin resultado. Ellas nunca dirán nada, sus labios guardan lo que sus ojos advierten y ha sido frente a ellos donde ha muerto el hombre. Puede que bajo su embrujo todo sea difícil de afirmar.

Encontraron las pertenencias del muerto más allá, bajo uno de los puentes que cruzan en Sena, cerca de un museo. Su identificación dio un nombre a la policía, el nombre un teléfono y la llamada una familia con lágrimas, suplicas y gritos. Nada ayudó a esclarecer la muerte. No había nota de despedida ni tampoco se podía explicar la lejanía de la cartera y de los libros. El fallecido llevaba consigo una pluma, pero el cuaderno apareció sobre una silla de hierro. Las tapas eran negras, en sus páginas tenía escritas cartas de amor tan desgarradoras que muchas hojas habían sido arrancadas y nada era coherente, las historias se mezclaban creando un caos sin sentido. También había referencias bibliográficas y por ellas supieron que el hombre era profesor de metafísica en la universidad. Llamaron a su departamento dónde informaron de que el muerto no tenía muchos amigos ni tampoco amantes. Había un perro que se llamaba Orfeo, pero no apareció por ninguna parte, no estaba en la casa. Dedujeron que el asesinado o suicidado había salido con el can para pasear, eso descartaba el suicidio, nadie se mata en el transcurso de un vagabundeo con su mascota. Preguntaron a los vigilantes del parque, pero nadie vio nada. El gato se obstinó en seguir maullando cuando retiraron el cadáver y aún permaneció allí durante meses, recordando aquel infeliz que parecía haberle impresionado. Un día cualquiera no volvió, posiblemente llegase a olvidarlo.

El agente que llevaba el caso acudió al entierro: la madre lloraba, la hermana lloraba, el padre se mantenía callado. Los pocos amigos miraban el césped pero evitaban el ataúd. Nadie dijo nada, en la iglesia el sacerdote preguntó si alguien quería pronunciar unas palabras, sólo hubo silencio como respuesta. Se hicieron los rezos y se lanzaron las flores al pequeño abismo abierto para la caja, alguien arrojó un poco de arena; luego todos se alejaron para que los ayudantes de la muerte tapasen el hueco con tierra y placas de mármol.

El caso se cerró al prescribir y no quedó claro si fue un asesinato o un suicidio. Alguien mencionó la locura, dijo que era como un monstruo de aliento nauseabundo. Quien lo dijo había leído el cuaderno, no obstante no era posible saber hasta qué punto era una ficción lo que allí había escrito el desaparecido. Tampoco se encontró un destinatario para aquellas cartas de amor destrozadas. Del perro no quedaba ni una sola foto, era un fantasma que se aparecía en el cementerio y dormía sobre una tumba a la que nadie iba a llorar.

Años más tarde el gato apareció con la prueba del crimen y nadie se dio cuenta, era una rosa.

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