Ecos de sadismo

Dejadles caer, dejadles, dejad que su guerra dure otros mil años más. Yo restaré aquí, yo seguiré observando y permitiré que todo cambie para que todo siga igual. Llevo escuchando el ritmo seco y monótono de sus pasos desde que nacieron, desde que abrieron sus alas en la sombra y rompieron a volar contra la luz.

Cuando sus garras ennegrecidas rasgaron la tela blanca y aparecieron los guardianes también fui yo quien reía. Sí, soy el demente de dientes temblorosos, de chasquidos de hueso, de carne hinchada… Soy un monstruo, lo declaro, pero también yo soy el hacedor y en mi posición lo corpóreo tiene poca importancia. Lo masivo en este mundo que yo dirijo proviene de lo creado: es el hilo viscoso de los pensamientos que resbalan desde los babeantes, es el bronce sin pulir de los pensadores, es el mármol lacado de los que comedian. Yo soy.

Me muestro como un buen secreto, sólo dejando que mi silueta aparezca, sólo proyectando esta voz que os hace gemir. Sí, ya sabéis quién soy, lo tenéis en vuestra cabeza, mi nombre recorre el camino de lo posible pero no os atrevéis, no os decidís ni siquiera a susurrarlo porque hacerlo lo confirmaría. Mirad la noche desde el interior de una habitación, observad a dos pasos de la ventana. ¿Qué veis? No podéis rehuirme.

Dejadles entonces, yo sigo divirtiéndome, sigo dirigiendo todo sin cansarme porque destruir es tan divertido como crear engendros. Soy fértil y pródigo en hijos, los creo sin permitir que se sepa si es o no a mi semejanza. Mi ejército de niños crece delante de mí, protegiendo al padre; luego siembro en ellos la envidia, el odio, la ira, la discrepancia, el sentido de la justicia, distintas morales, distintas certezas y la duda. Por último, ya adultos, les hago entrega de espadas y arcos, de viejas hachas, de cañones y dejo que comiencen la guerra. Dejadles, sí, porque ellos son mis hijos.

Y yo y mis hijos, mis ojos y mis manos, lo masivo de mi aliento, lo leve de mi cuerpo oculto, la sangre que ellos derraman, la propia luna, las estrellas, las noches opacas, los días bien nublados, la lluvia de cenizas, las ojeras manchadas de amarillo, las heridas donde meto mis dedos para decir que sí creo, los sexos de donde bebo para saciar lo que no sacio, todo ello se une y se sincretiza y el conjunto que surge de mí a mí se refiere. Todo es uno, el círculo se cierra: mis carcajadas desencajarán la mandíbula de mi calavera, el dolor volverá ocres mis huesos y quebradizas mis palabras.

Ahí agazapada, aún con el cordón umbilical uniéndola a mí, yace una bestia que me observa con violencia. Atacará porque yo lo quiero y se enfrentará con sus colmillos a mi cuerpo de sombras. ¿Me desgarrará? Yo solo deseo asistir a la caída, a la guerra, quiero que el dolor que produzca sea tan agudo que me arranque la declaración que tanta sangre requiere. Entonces podré decir yo mismo mi propio nombre, y adivino el momento tan exquisito, tan insufrible, que querré morir de hartazgo ante la razón. 

Dejadles caer y comenzará todo.

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