Gritar

Entre el campo de cadáveres uno se levanta y aúlla con el dedo acusador, los ojos tensos y el cuerpo dispuesto con cada fibra para el ataque más violento. La situación sólo se mantiene un instante, luego el cuerpo del muerto cae sin fuerza, más objeto que nunca. Los ojos del general señalado vuelven a enfocar con naturalidad, aún no aparta la vista de la desnudez que exhibe la muerte. Tiene grandes sombras bajo los ojos que parecen desteñir su mirada. La sorpresa se desvanece, su frente vuelve a ser recta, saca la mano del abrigo y limpia el sudor que ha aparecido. Viste con una gran casaca negra, no hay en la prenda un sólo adorno que le dignifique, sin embargo es el general y sus soldados se inclinan si él pasa cerca.

Continúa su paseo, revisa los muertos, los enemigos y los que cayeron bajo su voz. Una idea le tienta. Elevar un grito tan alto y tan claro que los pájaros vuelen asustados, que la voz misma se vuelva parda y acuda a la boca un sabor sangriento. De niño pudo hacerlo, corría por los campos, se alejaba de sus padres, del pueblo, de la casa llena de obligaciones y pobreza, se alejaba de sí mismo, de su cobardía para no enfrentarse a las cosas tal y como quería hacer. Llegaba jadeando a un punto en medio de ninguna parte. Gritaba. A veces eran palabras enteras, insultos, otras un simple sonido suspendido con el que esperaba desgarrarse la garganta. Nunca lo consiguió. Volvía a casa despacio, a veces ronco, aunque nunca llegó a sangrar. Le gustaría gritar ahora, pero le acusarían de loco, sería una vergüenza para su ejercito, e incluso podría perder su posición, su nombre. Así aparece ante él otra vez el temor. En lugar de gritar traga saliva para deshacer el nudo que se ha creado en medio de la garganta.

El frío le acosa, cala los guantes, las botas y el abrigo. El hombre sube las solapas para protegerse el cuello y sigue caminando. Recuerda otra situación, sentado en un gran salón, con su mirada oscura perdida en los ojos de alguien que le devolvía la curiosidad. Una persona que adivinaba sus pensamientos y musitaba una respuesta corta, tajante, y que el general no supo si prometía un futuro o cerraba un pasado.

La batalla ha obligado la separación, el abandono de los besos sobre el cuerpo y la cama caliente. El hombre se dice que hubiera querido gritar cuando sintió aquellos labios sobre su piel una y otra vez. No lo hizo. ¿Volvería a sentir algo así? El campo de cadáveres corea la negación, pero él se resiste a creer que tras el lugar, la sangre, la pólvora y el pus de las heridas, no haya nada.

Se da la vuelta después de un largo rodeo, regresa al campamento con las manos a la espalda. “Esto es el fin”, se dice, “no hay nada más allá”. Existen ciertos momentos en los que uno puede sentir esa seguridad. La encontró el día que abandonó el odiado pueblo, la madre sobreprotectora; también la tarde en que enterró al padre y la lluvia le recorrió la cara en un remedo de lágrimas; durante una batalla su segundo recibió una bala en la cabeza, le destrozó pocos metros a su derecha, las gotas escarlata mancharon su pechera como si fueran diminutas gemas brillantes; también despidió la cama amante sabiendo que se dirigía a una guerra en inferioridad, no creyó lo peor, pero la duda le acongojaba en lo profundo. Quiso gritar en todas y cada una de aquellas circunstancias, levantar la cara a Dios y culparle de la muerte, de la sangre, del calor perdido y de la propia debilidad. No lo hizo, siempre calló. Por esa razón sus ojos se empozan cada vez más y más.

Cuando llega al campamento, sus hombres no quieren fijarse en su cara, se dirigen a él evitando el frío de las pupilas y la oscuridad que emanan porque no ha sabido gritar. Dicen de él que se ha transformado en dragón, que tiene alas. Él se pregunta si los dragones son mudos y si es posible que al poder le acompañe el silencio y el miedo. Cuando exclaman por el general, por su vida, él quisiera desaparecer, volver a la sencillez de la cama y los besos. Quiere gritar que le dejen solo, pero calla.

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