Perder

Existe una ciudad, escondida entre las lomas que crecen en la estepa amarilla, bajo un cielo de color puro donde las nubes se arrastran y dejan huellas nebulosas. La ciudad está en ruinas, cubierta de maleza y árboles que abren muros y techos en busca de la luz. Los adoquines son resbaladizos, se han convertido en una superficie levantada por las raíces de los árboles y carente de sentido. El camino se confunde con los restos de la iglesia desmoronada. Todavía allí resiste la imagen de una virgen, rota, con la cara salpicada de un rojo inexplicable, expuesta a la lluvia y al sol, sin corona y con ratas recorriendo los restos del altar, colándose entre sus pies desnudos. La imagen observa la calle arruinada, desde la cual un único espectador le devuelve la mirada, fascinado por su permanencia entre los débiles muros. No hay arquitecturas verticales en esta ciudad vencida a la naturaleza.

El lugar es necesario, lo habita un hombre, una sombra. Una voz que entabla conversaciones con lo perdido en las salas pintadas por personas que ya no existen, buscando el eco de sus palabras como respuesta que ocupe el lugar dejado por aquel que falta.

Tiene la costumbre de dormir en las calles de la ciudad; se tumba para observar las ramas de los árboles que prenden un paisaje celeste cada vez distinto. Piensa en esos olmos vigilantes de la calle, alternados con farolas apagadas, derrumbadas como si ellas mismas fuesen árboles vencidos ante el tiempo.

Se pregunta qué produce una obsesión. Podría ser la evolución natural de los deseos, pero si estos se desarrollasen no se enquistarían de tal manera; tampoco si lo anhelado se olvidase, pues así se diluiría en el tiempo sin dejar rastro. La represión produce esa ofuscación, alojada en lo profundo para hacer nacer una planta trepadora, difícil de eliminar.

Las obsesiones se propagan por el cuerpo, lo envenenan para darle un cariz distinto a su sangre. Se inocula de forma tan natural que termina por conquistar al desdichado pese a la voluntad de lo contrario, pese a conocer en todo momento la dirección a la que se quiere llegar. No importa lo mucho que se quiera evitar, al final el hombre gira la cabeza, la eleva hacia una ventana conocida. Busca en ella la luz que revele que al otro lado hay alguien, una persona distinta a cualquier otra, el objetivo de su obsesión; agua, oxígeno y luz de la planta que germinó desde su deseo refrenado. No existe antídoto, la racionalidad sirve de poco. No importa que la ventana ahora enmarque una parcela de azul y nubes, él seguirá mirando, ocupado en observar el pasado una y otra vez.

Su obsesión le impide abandonar esa ciudad. Se abre paso entre los restos de momentos que una vez tuvieron lugar, recuerda con calidez lo que ahora le produce frío. Se divierte contando las pulgadas que gana una grieta cada día, hace cálculos para saber cuánto tiempo se necesita para que todo se convierta en polvo. Las estructuras se vendrán abajo, terminarán por aplastar la virgen manchada, entronizada en la miseria.

Pero un vagabundo se debe a los lugares conocidos donde sabe encontrar un refugio. Quiere volver al pasado, repetir las escenas que le hicieron feliz, continuar el camino prometido. Todos los días son un fantasma que se anuncia expirando desde sus sueños cuando despierta, acompañándole con el viento que se cuela por las ruinas y le sorprende con quejidos futuros ya imposibles. Como si el mañana ya hubiera ocurrido en esa ciudad a la que se agarra, desmoronada por la inconsistencia de los deseos y cuyas ruinas permanecen porque no han sido contadas, por la obsesión de un hombre que fue feliz hasta que perdió a alguien.

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Monumento al módulo habitacional

La casa aún conserva pintura amarillenta en sus paredes. El interior ha vencido su peso sobre el suelo y el tiempo ablandó los montones de escombros, descomponiendo lo posible, pudriendo y oxidando otra parte y transformando, en tanto que podía, lo que no tenía posibilidad de tocar. Las cuatro paredes, no obstante, permanecen guardando esos despojos como si fuera una caja cerrada que gustase de dejar entrar la lluvia. De los huecos abiertos, donde antes hubo ventanas o puertas, ahora un vómito de hiedra y maleza se desparrama hacia fuera. Acaso es un juego de la naturaleza o una invitación para escalar arriba, hasta el segundo piso, donde el tabique da paso a la caída, a la caja abierta, a una sorpresa fácilmente supuesta.

Imaginar esa casa desprovista de su abandono parece imposible, pero años atrás una aburrida familia sucedió a otras por herencia o traspaso en el hábito de la casa. Atrás quedaron mujeres ancianas, que se peinaron las canas ante un espejo silencioso, para acudir al tañer de las campanas con la mejor imagen de sí mismas. Entre esas paredes hubo más muros, hubo escaleras, hubo azulejos alicatando una cocina, quizá dos baños, hubo camas y mesas, pero ahora todo se ha desecho, se ha transformado en un olvido sobre el que solo pueden cernir cierta luz viejos documentos apilados en algún desván del ayuntamiento, papeles que hablarán de contratos, de herencias y que permanecerán conservando su pequeña importancia impresa hasta que un incendio acabe con sus palabras, hasta que un constructor ávido ambicione ese terreno que no es muy ventajoso.

El edificio permanece mudo, con su carácter de ruina-monumento al módulo habitacional, despojo para antropólogos si llega el caso de que la vida occidental se extinga por algún azar. Es cierto que pensar sobre su pasado parece una pérdida de tiempo, pero pensar en su futuro es sencillo de otro modo, porque la extinción es inevitable, porque al hombre le encanta destruir y a la naturaleza le encanta repoblar lo que perdió un día. La casa promete que llegará el momento en que los rascacielos vomiten hiedra desde el piso ciento veintidós; esos grandes gigantes de acero y vidrio se transformarán en una cascada verde y arruinada, sobre la cual asomarán las copas de los árboles. Luego todo se vendrá abajo con una gran polvareda y, como parte de un ciclo conocido, nacerá trigo entre los ordenadores.