Monumento al módulo habitacional

La casa aún conserva pintura amarillenta en sus paredes. El interior ha vencido su peso sobre el suelo y el tiempo ablandó los montones de escombros, descomponiendo lo posible, pudriendo y oxidando otra parte y transformando, en tanto que podía, lo que no tenía posibilidad de tocar. Las cuatro paredes, no obstante, permanecen guardando esos despojos como si fuera una caja cerrada que gustase de dejar entrar la lluvia. De los huecos abiertos, donde antes hubo ventanas o puertas, ahora un vómito de hiedra y maleza se desparrama hacia fuera. Acaso es un juego de la naturaleza o una invitación para escalar arriba, hasta el segundo piso, donde el tabique da paso a la caída, a la caja abierta, a una sorpresa fácilmente supuesta.

Imaginar esa casa desprovista de su abandono parece imposible, pero años atrás una aburrida familia sucedió a otras por herencia o traspaso en el hábito de la casa. Atrás quedaron mujeres ancianas, que se peinaron las canas ante un espejo silencioso, para acudir al tañer de las campanas con la mejor imagen de sí mismas. Entre esas paredes hubo más muros, hubo escaleras, hubo azulejos alicatando una cocina, quizá dos baños, hubo camas y mesas, pero ahora todo se ha desecho, se ha transformado en un olvido sobre el que solo pueden cernir cierta luz viejos documentos apilados en algún desván del ayuntamiento, papeles que hablarán de contratos, de herencias y que permanecerán conservando su pequeña importancia impresa hasta que un incendio acabe con sus palabras, hasta que un constructor ávido ambicione ese terreno que no es muy ventajoso.

El edificio permanece mudo, con su carácter de ruina-monumento al módulo habitacional, despojo para antropólogos si llega el caso de que la vida occidental se extinga por algún azar. Es cierto que pensar sobre su pasado parece una pérdida de tiempo, pero pensar en su futuro es sencillo de otro modo, porque la extinción es inevitable, porque al hombre le encanta destruir y a la naturaleza le encanta repoblar lo que perdió un día. La casa promete que llegará el momento en que los rascacielos vomiten hiedra desde el piso ciento veintidós; esos grandes gigantes de acero y vidrio se transformarán en una cascada verde y arruinada, sobre la cual asomarán las copas de los árboles. Luego todo se vendrá abajo con una gran polvareda y, como parte de un ciclo conocido, nacerá trigo entre los ordenadores.

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