Un hombre desarmado

Arrastra los pies por caminos de grava, entre campos pobres de belleza, cuadros de verde desteñido dónde nacen, línea tras línea, marañas negras, árboles y arbustos de apariencia seca por el frío, duros, afilados como garras protectoras sobre quienes se detienen para saborear su triste influencia. Todo bajo el signo de un sol pálido, color de luna, incapaz de ejercer su gobierno con fuerza por encima de las nubes, contagiadas de su debilidad, contaminadas por un gris perla suave y homogéneo.

Durante la hora que permanece sentado en el banco ve llover varios minutos sin que la superficie del río se altere, sin que los ojos de las parejas perciban más allá de los charcos, intentan esquivarlos. Empieza a tener frío y se levanta con los muslos entumecidos, recorre la ciudad calle a calle sin prisa, sin objetivo, disperso en sus pensamientos. Termina otro capítulo de su vida: una persona queda atrás, se ha detenido hace unos instantes, pero él ya no sabe contar, e ignora si es la número cien o la doce. Se produjo una elección de por medio, unas palabras formando una sentencia, así lo creyó él. Ella no volverá a cruzarse en su futuro, es un vaticinio sencillo, de encontrarse casualmente ambos evitarían hacer largo el contacto, cerrarían los ojos como si cerrasen toda la cara, el corazón y la cabeza. Ignora si esta idea la produce el resentimiento o el dolor, el rencor o la vergüenza; camina para no averiguarlo, para no volver a casa y hacer evidente la soledad, que le espera en el sonido de las agujas de reloj.

Cena rápido, y se refugia sin pensarlo en un bar donde paladea whisky sin intención de emborracharse, vigilado por un camarero que desconfía o siente lástima de su lentitud, su vista perdida, su apatía evidente, y su silencio cubierto por el murmullo de los grupos de amigos, de la estridente risa de una mujer gorda, y de la música que procura no molestar en las conversaciones.

A las tres de la madrugada cierra el bar. Él deja que los últimos clientes sean una pareja enredada en un largo abrazo, quizá sin otro lugar donde permanecer tranquilos y juntos. Encuentra la avenida desierta, se pregunta dónde ir, gira como una brújula desorientada hasta recuperar el recuerdo de sus pasos, se dirige al mismo parque donde vio caer la lluvia. La ciudad también está cerrada, las farolas iluminan fachadas iguales a murallas sin huecos, donde las ventanas han sido cegadas por pesadas persianas, guardianes de la intimidad de vidas comunes, familiares, ocultas con el máximo celo. Llega a los jardines para resguardarse del mundo deshabitado. Se imagina a los ciudadanos, recluidos, tensos, a la espera de un ataque que no llegará.

Cuando los rusos entraron en Berlín, o cuando Napoleón llegó a Moscú, nadie salió a recibirles; los soldados se pasearon como conquistadores sin nadie a quien explicar que había sido conquistado, como salvadores entre edificios construidos sobre tumbas de héroes idénticos a ellos, pero que les aventajaban por el hecho de estar muertos y haber pasado ya a la memoria colectiva. La semejanza fue, precisamente, el motivo de la diferencia. Luego Berlín fue ocupada por multitud de lenguas extranjeras, ordenadoras del cosmos urbano, entonces los ciudadanos sí salieron de sus habitaciones transformadas en fortalezas, pero ya era tarde. Moscú, por su parte, se hizo pasar por Troya para vengarse con más justicia; los atónitos ojos del general francés comprendieron la materia real de un imperio, invisible.  Fue consciente de su mortalidad ante el color de las llamas.

Pero él no tiene un ejército a sus espaldas, ni tampoco se cree héroe o elegido, camina internándose en una noche que a nadie le importa. Abandona el parque lleno de árboles desnudos y se aleja de la ciudad. Está agotado, pero no vuelve a casa, ha decidido no dormir en su cama, en ella tendría que esperar la llegada de otro día más, igual al anterior; aunque esta vez la ausencia evidente, inalterable en su cabeza -pues ya es una imagen clavada con un alfiler en su cerebro- le procura cierto grado de novedad, pero no se deja convencer. Se decide a continuar, sigue la carretera y cruza el río, luego también abandona las trazas de arena o de asfalto, se interna en el campo con incómodos zapatos de ciudad, tropieza, pero la luna termina por aparecer, y bajo su guia puede alcanzar el lugar que busca. Se tumba en una parte especialmente frondosa, sobre las vías del tren; puede ver estrellas en el cielo, las nubes de la tarde han desaparecido. Respira el aire húmedo y suspira una y otra vez hasta cerrar los ojos, exhausto por el paseo. Se duerme con el murmullo de la hierba y el crujido de las ramas. Un tren aparece sin explicaciones, pero pasa y no llega a despertarle.

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