Entrada Nº5: El romanticismo de la soledad

El Louvre, entre Marzo y Junio, alberga la exposición “De l’Allemagne.” El título bien puede parecer el grito de un general o un vigía al dar el aviso de la invasión. También como enunciación académica preparada para la exposición o como origen mítico de todo un mundo vecino, pero desconocido. Con esa idea de descubrimiento en mente, rápidamente acudo al subtítulo que acota el universo anunciado: 1800-1939. De Friedrich à Beckmann. Es el tiempo de la tranquilidad y el estallido de la tormenta.

Aunque Lucrecia Borgia me llama la atención; aunque Medea parece magníficamente meditabunda, arrepentida ya, loca aún en su descanso y avergonzada; aunque un Mesías, rodeado de un mundo agrietado obliga a detenerse ante su voz; aunque el recibidor de Anselm Kiefer huye de lo humano y me absorbe; aún con todo, no puedo evitar frenarme especialmente ante Friedrich. Todo el mundo conoce al pintor, a él pertenecen esas naturalezas transformadas en monumentos. Hay algo de sagrado en el inalcanzable ideal con que transmuta árboles y montañas. Ante esa espiritualidad y ese tamaño desmesurado sólo cabe la soledad. Él lo sabe, por eso en sus telas es raro ver personajes, y cuando se adentran en los paisajes, van solos y se alejan del espectador, mostrando la espalda a un mundo común que conocen sobradamente, prestando atención a lo que se dispone ante ellos, la gracia. La soledad se hace necesaria, quizá porque en compañía la impresión estética es imposible.

Veo sólo un hombre frente a naturalezas o arquitecturas consagradas a una divinidad forestal, viva y terránea. Me detengo ante un cuadro, en el cual una mujer observa en la misma dirección en que yo lo hago; pienso en mi propia soledad, envolvente y casi física, la soledad que se traduce siempre en silencio. Un hombre solo es un hombre mudo, pese a conservar la capacidad de la palabra, no importa. Me encuentro quieto, callado y rodeado de personas agrupadas, que murmuran y adquieren movimiento en contraste con mi estatismo. Solo, quieto y callado en el café Marly, que forma parte del museo, y donde soy, me doy cuenta rápidamente, él único solitario en una salón atestado, el único que despierta miradas curiosas, acaso con la extrañeza en los ojos al notar los míos sobre un libro. Solo, también, y quizá más solo que en toda la tarde, en el concierto de Beethoven y Schumann, donde el romanticismo de sus tríos me golpeaba otra vez. Primera pieza por los fantasmas de Macbeth, segunda pieza por un amigo muerto. Así, confuso, inmerso en mi propia individualidad, me encontraron los fantasmas. Sin duda la soledad ayuda a percibir la belleza, y hay algo muy apreciable en una soledad bien entendida, con la cual se tenga una buena relación.

Estar solo ante la gloria, ante la inmensidad, ante lo enunciable y la reflexión. Solo en mitad de la montaña o de un concierto abarrotado de caras. En algún momento surge la inquietud, la duda, que parpadea con el silencio de la música y con el espacio entre uno y otro cuadro, se aparece como un fantasma más y susurra, con cierta satisfacción sádica, el peligro de la soledad: la perdición, la incapacidad de encontrar otra vez el mundo, el abandono por parte de los demás.

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