Desde una torre de marfil

Borges fue el arquitecto de la biblioteca. El argentino era heredero directo del gran creador de laberintos, era Dédalo mismo reencarnado. Borges vivía en una torre de marfil, una inmensa, que tomó mayor definición a la llegada de su ceguera. La negrura trajo consigo el infinito espacio donde se sentía acogido. La lectura pasó a ser rememoración y escucha, la escritura palabra, y lo único inalterable fue su pensamiento.

Las torres de marfil siguen elevándose hoy. Si alguien pudiera verlas tendríamos un mapa mundial lleno de finas agujas blancas, elevadas al nivel de los rascacielos. Edificios sin ventanas, llenos de posibilidades, rectos y verticales algunos, otros largos y curvos como los tallos de una planta. Y arriba, en la cúspide de la torre, a modo de una flor abierta, un mirador con un escritorio desde donde pueda verse el horizonte. Torres de marfil que nacen en pequeñas habitaciones de residencias universitarias, donde el escritor se enajena del mundo ante su papel y su ordenador; torres de marfil cuyos pilares se asientan en la casa paterna, allí el compositor ordena las notas y conjura el silencio; torres de marfil con troncos surgidos de bibliotecas públicas, de casas ancestrales ocupadas por una soledad buscada. Escaleras de nácar ascendiendo hacia ese vacío deseado desde los parques donde uno mira la nada durante horas, desde los cafés donde la tristeza enfría la taza.

Pero también hay torres desmoronadas con los pilares roídos por la maleza, torres sin mirador, sin escritorio entre las nubes, cortadas a media altura con un tajo torpe. Entre las ruinas, algunos habitantes sin amor, sin amigos, perdidos en su mundo lírico y lleno de ideas; hay poetas mudos, filósofos incapaces de dejar un libro sin tener otro en la mano, hay pintores con sus habitaciones cubiertas, capa sobre capa, de escenas mil veces soñadas; hay escultores deshechos en lágrimas entre fragmentos de rostros, hay criaturas sentadas ante una mesa desvencijada, abriendo sus alas descomunales en la oscuridad, clavan sus dedos en la madera mientras se acercan y se acercan al papel, hasta acariciar la superficie con la mejilla. Mantienen los ojos abiertos cuando la pluma rasga la página, pero siempre escriben aquello incomprensiblemente alejado de su mundo, de su historia. Quisieran –más de uno ya lo ha hecho presa de la frustración– clavar la pluma, esa aguda y decepcionante punta, en sus propios ojos, en medio de la pupila o del blanco virgen que se anegaría rápidamente de tinta negra y sangre. Hundir así, a picotazos, el instrumento de la creación, hasta destruir esos órganos capaces de espiar en los espejos. Después entran en la oscuridad sin lavarse, con las córneas despellejadas y las retinas deshechas, abandonándose entre las ruinas de su torre para esperar el silencio. Están solos en medio de nada, conscientes de su monstruosidad, de la degradación con la que llamarán en un grito a la muerte: así se lanzan a las chimeneas, o encuentran nuevamente la pluma y saben utilizarla como puñal directo al corazón, o ven en lo alto del edificio una manera de jugar a ser Ícaro.

Son lugares difíciles esas torres de marfil. Lo que para unos parece un santuario, para otros puede transformarse en su tumba. Sus salas laberínticas, llenas de libros y espejos, llenas de recuerdos y de pasarelas que a veces conectan con el mundo, son espacios donde las monstruosidades surgen convocadas por el silencio y la reflexión. Hay poetas y pintores y compositores y escritores, que ganan la batalla contra los espejos y pueden asomarse a la cúspide de su torre; algunos son débiles y mueren o se pierden a sí mismos; otros tienen la fuerza necesaria para resistir, continuar y ver desde su mirador las constelaciones arriba y abajo el mundo del cual son parte, sobre el cual escriben o pintan o componen.

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