Un hombre que camina

NACA211L’Homme qui marche es una imagen, la representación de una persona en el instante que da un paso. Rodin esculpió su “caminante” monumental, sin brazos ni cabeza. Giacommetti permitió que, en la serie de esculturas sobre dicho tema, conservaran sus miembros, pero redujo el hombre a la fragilidad de una línea. La idea no es nueva, proviene de mucho antes, del mito del judío errante; a su vez es fácil trazar la herencia con Caín, condenado a vagar eternamente por sus actos. Así pues, L’homme qui marche no es otra cosa que una declaración de humanidad y, por tanto, tirando de ese hilo que hemos indicado, somos cainitas, herederos del hijo malvado de Adán; descendemos de la violencia y por ello se nos ha castigado con el camino eterno, errante. Jamás llegaremos a una meta, es imposible, no existe. Caminamos, siempre estamos en transición, lo común es que siempre nos encontremos en pleno proceso indagador. Damos un paso porque nos lleva la inercia del anterior y esa fuerza nos aboca a caminar. La propia facultad de pensar lleva a seguir pensando, escudriñando este mundo por el que pasamos y que es bien difícil de comprender. Pero, sobre todo, la mirada de ese hombre es interior, hacia sí mismo. Una observación desde su pasado hacia el futuro.

“Ciudad abierta” recupera la figura del caminante. Julius deambula por Nueva York y Bélgica. El comienzo del libro nos revela que lo hace por estar harto de su propio estatismo ante el ordenador. Quiere salir, es una especie de huida desde el hombre camusiano para buscar en la ciudad algo indefinido. Se plantea su vida, piensa sobre ella. La lectura de la novela es un seguimiento de sus errabundos pasos. El hombre está irremediablemente perdido, en transición, no hay una estabilidad en su vida que le obligue a quedarse quieto en un punto, todo es movimiento, duda. El ritmo es un hilo continuo, un paso de escultura, petrificado en el instante. Así es como, entre la vida del personaje, se van desarrollando otros temas que se inmiscuyen de forma secundaria, que se van adhiriendo a la historia y que se resuelven para que el personaje siga su camino. Ninguno parece tener la fuerza suficiente para dominarle.

El mundo actual es rumiado por Julius, aparece un sentimiento de desasosiego en una historia sin arco argumental a la antigua usanza. No existe un punto al que el protagonista tenga que llegar, todo es camino, todo transición. Muchas de las críticas literarias, que han podido leerse en prensa, elogian la elaboración de este punto de vista, algunas de ellas incluso lo consideran novedoso, pero su genealogía está, como se ha indicado, muy lejos de ser nueva. No se trata de eso, sino que el desarrollo funciona. No hay un momento adecuado para detenerse, el camino se desvela como un continuo responder a las preguntas que surgen desde el interior. Julius es un paradigma de individuo: tiene estudios superiores, una buena capacidad intelectual y, a simple vista, parece un hombre al que no se le puede reprochar demasiado; él es un ejemplo. Este personaje es introducido en una de la capital mundial de occidente, Nueva York, y en ella se le deja libre como se podría hacer con un ratón en el laberinto. El libro es un estudio del experimento. Los resultados muestran a un hombre solitario, al que le resulta difícil sentirse cercano a alguien, sólo es capaz de congeniar con personajes con inquietudes intelectuales con los que parece sentirse en igualdad. Sin embargo, un segundo vistazo a esos personajes secundarios nos mostrará que los momentos vitales que atraviesan difieren mucho de los de Julius; ellos sí son capaces de entablar lazos afectivos con otras personas o han llegado a la edad en que no necesitan ya de esas relaciones.

En la obra de Camus, “El extranjero”, el personaje va de un lugar a otro sin sentirse cercano a nadie. Ve su vida casi desde un punto de vista exterior. El peligro que se muestra es la gestación, por parte de una sociedad cada vez más ciega en su modo práctico de entender el mundo, de individuos como el protagonista de la novela. Julius no es un personaje camusiano, él ataca su vida desde el interior, esa es la principal diferencia, sin embargo, sí se siente extraño en un mundo violento, que le impulsa a caminar, pues no parecen existir los remansos de paz donde pueda detenerse. Es muy notable que los únicos momentos en los que el personaje parece tranquilo, son aquellos donde se encuentra cerca de la naturaleza. La novela, sin serlo de forma evidente, es una crítica al modo de vida tan deshumanizador que nuestra sociedad ha construido. Como resultado, Julius no puede dejar de pasear, está insertado en el laberinto, busca construir su propio refugio, algo para lo que todavía le queda un largo camino.

Teju Cole convierte Nueva York en un plano de grandes profundidades por el que se nos invita a pasear. El título del libro es una llamada de atención, pero pronto nos damos cuenta de su cinismo; precisamente esa apertura termina por exponer sin cuidado, por alejarse del hombre, la ciudad se enajena del individuo, le observa desde sus alturas de vértigo. Julius no mira al cielo, está encerrado durante toda la novela entre los rascacielos que amurallan sus paseos. Ve las calles, vive en lo profundo de una ciudad de grandes avenidas, en medio de alturas vertiginosas. Su atención, sin embargo, es para lo que ocurre a ras de suelo, en lo cotidiano. Un mundo demasiado reglado, vulgar, donde todo se mantiene en un equilibrio inexplicable que, a veces, se rompe para mostrar el peor lado de los hombres. Una ciudad abierta es un lugar donde todo es posible, donde los demonios deambulan tranquilamente, donde los hábitos no se transforman, persisten. Los saltos culturales que el autor muestra de cuando en cuando son un gran ejemplo de ese hábito. Son momentos que rompen la sencilla continuidad del libro. Mahler y Bach se insertan sin que su melodía funcione a la par que el texto, parecen experiencias impostadas, innecesarias, que el autor ha introducido para demostrar que su personaje es culto y posee una curiosidad que le enmarca dentro de un grupo de personas muy concreto. Sin embargo, éstas son las partes más ajenas del texto, parece que al propio personaje le cuesta introducirse en ellas. Quizá es una demostración de la cultura en la cual creció, la nigeriana, dejó una impronta indeleble en él. Quizá se podría leer como una excesiva imposición de la propia sociedad que escucha sin entender, mira sin observar. Sea como fuere, la tendencia hacia la reflexión cultural parece inevitable.

Puede que esa sea la idea con la que uno se queda después de leer la novela. Es un texto inevitable, producto de la ciudad que hemos construido. Es hija de nuestra sociedad, de nosotros mismos. Un paseo por la herencia cultural recibida, por la sociedad que nos ha amamantado, por las preguntas sobre quiénes somos en realidad y qué queremos ser.

“Cerré la puerta y oí que también se cerraba la suya. No encendí la luz. En la habitación de al lado había muerto una mujer, había muerto al otro lado de la pared, y yo ni me había enterado. No me había enterado en las semanas en que el marido estaba de duelo, ni cuando lo saludaba con la cabeza y auriculares en los oídos, ni cuando doblaba mi ropa en la lavandería del edificio mientras él usaba la máquina. No lo conocía tanto como para preguntarle cómo estaba Carla y no había notado la ausencia de ella. Esto era lo peor. No había notado ni su ausencia ni el cambio -tenía que haber habido un cambio- en el ánimo de él. Ya no era posible, ni siquiera ahora, llamar a su puerta y abrazarlo, o tener una conversación larga. Habría sido una farsa de intimidad.”

Ciudad abierta, Teju Cole, Editorial Acantilado, 2012