Transición de durmiente a soñador

¿Por qué un cristo yaciente deja caer la mano igual que Sócrates o Héctor? ¿Por qué en las rodillas de la madre se entroniza el niño? ¿Por qué la mano en el pecho, detrás del chaleco, significa el hombre? Por puro capricho, coincidencias repetidas, mitos de lo efímero. ¿Por qué no persistieron otras imágenes?

Un hombre se encuentra en un rincón apartado, sobre el suelo o un montón de paja, o sobre algún tablero miserable o un banco más pequeño que su cuerpo; duerme con la levita militar puesta y el gran abrigo cubriéndole la cara con sus solapas levantadas. Es el sueño del soldado, capaz de dormir donde sea, en cualquier momento, porque en la guerra los horarios no existen y las necesidades siguen reglas de oportunidad. El hombre era Napoleón.

Es fácil imaginar esa figura recogida sobre su propio pecho en un cuadro del Louvre. Evitemos los actos de gloria descendiendo a la sala de lienzos de herencia italiana. Dentro de un marco mediano encontraremos la escena: una habitación pequeña, posiblemente un viejo molino abandonado o una cuadra; en primer plano hay una mesa desportillada con mapas y cartas abiertas sobre ella. Un hombre derrama su peso en una silla, aún está despierto, pero su gesto bobalicón es el de quien está a punto de caer dormido. Casi de espaldas un oficial se apoya en la mesa con las dos manos, observa algo en el mapa. Al fondo, sobre un jergón maltrecho, descansa una figura disimulada por las sombras y el capote negro; el bicornio esta en el suelo y no se ha quitado las botas, preparado para salir corriendo si fuera necesario. Nada le pillará desprevenido. El candil de la mesa perfila un mechón de pelo, un pómulo, su nariz aguileña. Esa es la imagen. Quizá Edmund encontró así al emperador en la isla de Elba. Puede que otra persona estuviera encargada de despertarle en la garita del puerto cuando llegase un marino. Después la velada debió ser tranquila, más bien breve, a la vez los dos personajes ignoraban que aquella copa compartida, aquel brindis sin interés, era el génesis de Montecristo. Pero nada de eso está en el cuadro, es pura fantasía.

Después ese emperador casi vencido se despediría del pobre marino sin suerte. Dos personajes encontrados en las esferas de la fantasía irían cada uno en su dirección, dándose la espalda, sin volverse para ver al otro. Las suposiciones de la imagen del hombre poderoso, sumido en el sueño simple y tenso del soldado, habrán acabado aquí.

Pero es inevitable buscar otro cuadro, otra imagen. Al separarse del ficticio Edmund al alba, Napoleón decide volver al palacio solo, avanza sin prisa por la isla, disfrutando de la brisa, con las manos a la espalda. Sube hasta un acantilado para observar los colores rosados del mar en esas primeras horas. Adelanta un pie para acomodarse; aunque lo ignora imita a Friedrich en su celebre cuadro, también se imita a sí mismo, pues en Santa Elena mantendrá el gesto hora tras hora, día tras día inmutablemente durante años. Este nuevo cuadro con un hombre de espaldas es necesario, su reposo incómodo y práctico lo auguraba, evidenciaba esa tendencia abstracta que le llevaría a unir así las manos, a disponer de esa otra manera el cuerpo. El exilio, sin embargo, será consecuencia de otras imágenes.

Pero habrá más imitadores / herederos. Las próximas guerras contarán con soldados capaces de dormir en cualquier rincón sombrío, más taciturnos que aterrados por la batalla, dispuestos a empuñar un arma tras escuchar el primer disparo. Después los hombres seguirán perdiéndose frente al mar, –Montecristo lo hizo en su isla del tesoro– y todos adelantarán un pie al mismo tiempo, mientras admiran el azul irisado o plomizo o simplemente cerúleo. Luego llegará la abstracción, la profundidad a la que invita la expectación, la reflexión, un pensamiento dedicado a lo perdido, a lo esperado o al interior, donde duermen los fantasmas, donde se excitan los deseos.

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