La reina de las moscas

Dejaron un filete crudo sobre la mesa y abrieron las ventanas. Volvieron dos días más tarde y las bandadas de moscas zumbaban en el salón. El perro ladró con cobardía, inútilmente, por compromiso. Esperaban de él alguna acción, pero los gañidos de después revelaron poco creíble su esfuerzo. Tras todos los gestos posibles salieron de allí para dormir lejos de los insectos.

A la mañana siguiente la abuela entró en el salón, las moscas habían muerto. Sus zapatillas de color chicle crujieron sobre los cadáveres, luego el sonido se fue volviendo viscoso y repugnante. No pudo soportarlo, gritó. Sus nietos aparecieron ante la invocación; la pequeña empezó a limpiar inmediatamente, sin sorprenderse por los montículos de bichos, su hermano sólo miraba.

¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Fue premeditado? La abuela no encontró rastro de la carne. Estaba envenenada, esa era la explicación. Única afirmación aceptable, ahora lo sabía, no importaba que hubiera comprado el trozo de carne directamente del carnicero. Incluso vio cómo lo cortaba en su presencia, pero de algún modo… de algún modo el veneno llegó allí, quizá fue ella misma, o el niño o la niña. El por qué del plan de exterminio se le escapa, quizá fue por el odio a los zumbidos y los vuelos idiotas. No sabía, no importaba, a menudo olvidaba detalles, nombres, rostros, causas y consecuencias.

Llenaron dos grandes bolsas con las moscas y también echaron las zapatillas. A partir de entonces la anciana caminó descalza en su casa. A veces llevaba las uñas pintadas de rosa.

Años más tarde la chica se tatuó una mosca en la cadera, aunque sus amigas preferían las mariposas. Por las tardes se escondía con el hijo del vecino, tenían la misma edad, pero él trabajaba con el padre desde que pudo dejar el colegio. Si hacía calor buscaban un campo recién cortado o escondido, se desnudaban y ella apretaba uno a uno los músculos del granjero, él tenía el hábito de acariciar aquella mosca antes de sumergir la mano en ella. Cerca del anochecer volvían juntos, él la acompañaba. La abuela y el hermano tomaban el fresco ante la entrada, la anciana siempre lucía los pies desnudos sobre el cuerpo cálido del perro. Ellos la saludaban, luego el chico se despedía con un largo beso, sin pudor. El hermano observaba como un pez detenido en su acuario, intentaba comprender.

Con veintiún años la chica desapareció. Se cansó de la tranquilidad de todas las noches, del calor y su silencio. Al irse despidió uno a uno a sus conocidos, hizo todo bien, así evitaba dejar palabras pendientes y nunca habría necesidad de volver. No volvió. Poco después el vecino encontró a su hijo entre las ruedas del tractor, dormía a la sombra porque la chica ya no estaba allí para distraerle. Su sangre regó los campos de maíz, el cuerpo quedó destrozado. Al enterarse de la tragedia la anciana se preguntó si los granos nacerían rojos aquel año, si el sacrificio de la carne joven los volvería más tiernos. Rezó después y lloró en el entierro.

El nieto aprendió a masajear los pies de su abuela. El vecino se sentaba con ellos en la entrada, siempre con los ojos vidriosos, no hablaban nunca. Los tres buscaban su compañía por la razón más fácil de todas: no tenían otra. Habían sido abandonados, eran ya vestigios de sí mismos, un conjunto escultórico dispuesto a desmoronarse con el paso de los años. Fuera como fuese, las moscas nunca volvieron a la casa, quizá entre sus zumbidos recordasen la masacre y evitasen aquella familia como quien evita los campos del horror. Quizá también se preguntasen dónde estaba ella.

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