Escena con hombre, mujer, tazas sobre la mesa, y globo azul al fondo

Se conocieron en 1985. Él había leído la novela de Orwell en su adolescencia, y todavía era suspicaz a los cambios políticos. Ella estaba obsesionada con la lluvia de bombas sobre Teherán. Tenían veinte años, quizá algunos más. Un amigo les presentó en un concierto, aquella noche sólo se contemplaron manteniendo la distancia, ella no estaba interesada, él era tímido. Su conocido común murió tras una mezcla indeterminada de drogas; se habían separado con la música y las mareas humanas, por lo que el shock no fue tan grande como podía haber sido. Tres días después volvieron a coincidir vestidos con traje, esta vez en el cementerio. Luego tomaron un café, recordaron a su amigo, fueron al cine, cenaron, él la acompañó a casa, ella le invitó a subir, y los dos encontraron perfecto el sexo. No pudieron desayunar juntos, él cogía un vuelo temprano.

Retomaron su historia de amor tres semanas después, pero el café ya estaba frío. Lo intentaron, sin éxito en la cama o en sus caracteres.

Doce años más tarde ella había abandonado los jeans y los tops ajustados, ahora vestía trajes, pañuelos al cuello, y gafas de cristal redondo. La estudiante de periodismo se había reconvertido en abogada, papá tenía un bufete, las oportunidades de una vida razonable y estable no se pueden desaprovechar. Él era profesor de literatura en la universidad, milagrosamente conservaba un buen físico, aunque lo ocultaba con éxito bajo su horrible ropa. Hubo una conferencia sobre utopías, eutopías y distopías en la literatura anglosajona. Ella vio su nombre en el cartel del evento. Acudió por curiosidad. De nuevo entablaron conversación en una cafetería. A ambos les gustó comprender que, pese a haberse vuelto más aburridos, no habían cambiado demasiado; esa era la impresión que daban. Se separaron pronto, ella tenía una cena de negocios. Esta vez dejaron pasar poco tiempo, comieron juntos un miércoles y recordaron viejos tiempos en la cama el sábado. Un año después ya vivían juntos, y terminaron comprándose una casa a las afueras, cerca de un lago.

En el porche, algo más de un lustro después, hablaron sobre tener un hijo, le pondrían el nombre de su amigo muerto si fuese un niño. La idea duró un día, a la mañana siguiente el hombre se levantó antes, como siempre, hizo footing, compró dos periódicos, -el de corte conservador para ella, el de izquierdas [pero no escandalosamente] para sí mismo- se tomó una ducha, y preparó el desayuno. Ella hizo su aparición con el olor del café, ya estaba vestida y peinada. En la cara no estaba su habitual sonrisa, tampoco le besó, era su costumbre pero por alguna razón hoy la evitaba. Tras beber media taza encontró el valor, le miró, y se negó a tener un hijo. ¿Por qué? Al principio pensó en los problemas de su carrera, pero después de nadar en el lago, cuando se vestía en casa y tenía aún la piel tirante por el agua fría, cayó en la cuenta de la pose de mujer hecha a sí misma, profesional y valiente. ¿Dónde se habían quedado sus antiguos miedos? No habían sido ingenuos, se negaba a considerarlos así. Mucho tiempo atrás ella tenía el deseo de viajar, de convertirse en corresponsal de guerra, quería evitar que esa peor cara del ser humano fuese maquillada. Tenía miedo a la manipulación desde los grandes a los pequeños. Creía en la igualdad como en una religión. Su marido también fue distinto, cuando se conocieron temía la vigilancia descontrolada, al gran hermano ordenador del mundo. Su sueño habría sido ser escritor, no por denunciar ningún peligro, simplemente por contribuir al entretenimiento de las personas, por crear algo bello. Pese a esos miedos antiguos, ahora comían en vajillas de diseño, conducían dos coches de gama alta, se gastaban enormes cantidades en compras innecesarias o en vacaciones de lujo. Mientras, en oriente próximo seguían cayendo bombas, Internet se expandía, ya entonces amenazaba con apoderarse de todos los procesos bajo la razonable idea de hacerlos más sencillos. EEUU estaba en su apogeo. Ella se preguntó si les afectaba un mínimo todo eso, al menos más allá de la exclamación indignada. ¿Cómo habían cambiado tanto? Aquella bofetada le mostró el tipo de vida elegido, su sentido. No le gustó, quería cambiarlo, por eso no podía tener un hijo, aún necesitaba dedicarse más tiempo a sí misma, todavía no había llegado a sentirse plena. No era quien quería ser.

Él escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez. Ella, al final, le preguntó si seguiría a su lado, si estaba de acuerdo, si se atrevía a reinventarse, a renunciar a la comodidad de una vida bien resuelta.

Antes de dar una respuesta, él bebió un desagradable sorbo de su café, se había enfriado de nuevo.

Anamorfosis

Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.[…] Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen.” – Ovidio, Las Metamorfosis

De la materia que forma la cosa habrá alguna ensoñación en el hombre que la admira: el tacto de los pechos de una mujer, del sexo del hombre, del músculo tornado del joven, de las carnes débiles de la anciana. ¿Cruzará el umbral de la decisión? Si la cifra que forma su nombre aún no ha sido pronunciada, si aún no se han encontrado las metafísicas que creen el esbozo de la sombra, si la teología no se ha contemplado aún, lo que es cosa no pasará la frontera de la materia bruta. Para lo contrario está él, ese hombre que observa el mármol, el cadáver tendido, la arcilla deshecha. Él, sin saber nada, ya piensa en un cuerpo que sólo es idea.

¿Quién es ese hombre de mirada perdida? Uno y múltiple a un tiempo. La soledad le rodea, los arcanos volúmenes llenan las paredes de su cuarto. Medita, le vemos especular, le sentimos pensar en el Cratilo, en los poemas modernos, en la moral de los medios… Quizá esté sentado en una silla sin hacer nada, o puede que camine por las calles mojadas, entre la peste arremolinada en las esquinas; también cabría la posibilidad de encontrarle sumido en el rezo, con El Nombre apuntándose en sus labios, sin pronunciarlo por miedo a la blasfemia; no, no lo pronuncia pero su boca lo dibuja sin sonido. Quizá es ese el empujón necesario, el último impulso hacia la condena. Está perdido, su propio nombre no aparece porque no tiene significado, se siente indefinido y busca lo más físico que pueda existir, busca un cuerpo que él no posee, un sustituto de sí mismo.

¿Qué canto triste inspiró a ese hombre taciturno a ocuparse de la tarea? Si la inacción fuese, en verdad, la forma de la razón, si la prudencia hubiera inspirado sus pasos, no habría puesto la mente en el cuerpo y el nombre en los labios. Nunca se sabrá cuál fue la idea que le llevó a dibujar al hombre, la que le hizo pensar en la anatomía del ser-hombre. Quizá haya sido el temor a los propios cuidados, el temor a la intimidad absoluta que devuelven los espejos. El cuerpo propio ya no es cuerpo sino una cosa distinta d incomprensible.

Todo comienza. Sus largos dedos moldean la forma sin presionar con las yemas, como si temiesen dejar demasiado de sí mismos en el rastro de la materia. El creador no toca, acaricia la obra. Poco a poco surge un cuerpo, se anuncia una forma que es posible diferenciar, se cose el tendón al tendón, se une hueso al hueso, se resquebraja lo sobrante y cae junto a la escoria. ¿Qué suerte ha tenido ese despojo para no ser parte de la cosa? No hay respuesta. Si alguien mirase por una ventana vería al doctor, al forjador de hombres y le pensaría como un Prometeo nuevo, como un genio soberbio que no aprendió de la historia.

Lo creado va tomando forma: primero no es nada, no tiene conciencia alguna, ni siquiera es una idea; únicamente se trata de un montón de material amorfo y sin sentido. Pero el cincel trabaja, la aguja cose, las manos moldean y poco a poco aquí nace un vientre, allí se dibuja un brazo, el pie se cose a un tobillo huérfano. El monstruo se va creando. Comienza a existir cierta coherencia, y algo cree ver ese loco que lo forma: un calor quizá, dentro del cuerpo frío. Cree en el latido imaginario y continúa trabajando como quien trabaja en sí mismo. La forma finalmente sale del molde imaginado. Exhausto, el creador lo observa con cierto temor, con un amor infinito y con la ignorancia de lo que ha de hacer después de aquello.

Se abandona el martillo, deja la aguja y también esa quintaesencia que no es más que barro mundano. Se aleja, duerme o reza, y en sus sueños le persigue eso que tiene ante él, lo que le espera observando desde un pedestal. La estatua vigila su sueño, el cadáver de cadáveres espera en la cama, sumido en una alucinación igual que él. Despierta el creador, eleva los ojos del libro donde busca la palabra de su dios. No ha encontrado descanso, pero sí resolución.

Recuerda el numen y no se lo explica. La forma le espera paciente en su incapacidad para ser otra cosa; de pronto, los objetos serán algo más que hermanos en esencia. El rabí escribe las letras, el doctor acciona las palancas, el rey reza entre lágrimas. El conjuro se cumple como si fuera un trámite necesario, si Dios está mirando ya ha firmado la sentencia. ¿Quién habrá que sepa si su aprobación se debe a la ira o a la curiosidad sobre lo monstruoso?

Un murmullo recorre la sala, se queja la piedra, la garganta seca. El gato del rabí huye de terror y los sirvientes del rey gritan asustados. El creador observa tan espantado como admirado. Lo inerte abre los ojos y el mundo se hace, toma forma: ¿cómo verá esa cosa artificial que murmura? Sus ojos tallados se mueven, los óculos vítreos giran espantados. ¿Será capaz de tener recuerdo ese cuerpo moldeado desde la nada? ¿Tendrá conciencia de las manos cálidas, del dolor de la aguja, de la agresividad del cincel?

El pálpito que el creador creyó encontrar en lo muerto ahora se hace evidente: el calor aparece, lo monstruoso se ha hecho, al fin, hombre. Un hombre corrupto, una parodia, un algo patético que llamaría a su creador padre si supiese asociar palabras en su cabeza, si supiese entender qué es lo que ha de hacer. Pero no puede.

El creador cae de rodillas, tiritando, se lamenta en alto, grita. ¿Qué ha hecho? ¿Qué aberración le ha llevado a semejante acto contra Dios? El rabí abre la boca, articula el nombre y su creación le mira, aludido, entendiendo lo único que puede entender: el arquetipo de sí mismo. El cuerpo se acerca, un ente con la suficiente conciencia para emitir un quejido constante, pero no es un hombre. Las manos del rey se alzan quizá pidiendo piedad, quizá con miedo, pero la verdad es que terminan sobre el mármol que ahora es caliente, que cede a su contacto. Sus dedos, si antes rechazaron la materia primitiva ahora sí adoran esa piel blanca. Lo creado le mira, ¿sentirá? Sí, se enternece con el contacto. La voz de su padre ensaya una pregunta que no entiende, pero cierra los ojos ante lo nuevo del sonido. Eso que es responde sólo con el sentimiento, el mundo es algo violento.

De repente se encuentra rodeado y siente confusión. La paz, que en un instante había hecho sentir la esperanza en el rabí, desaparece; el cadáver arrancado a Dios aparta al hombre y huye. Se interna en las nieves, escapa del mundo, camina sin descanso porque su forma se lo permite, porque no conoce el agotamiento ni los límites. Allí donde va se topa con todo a su alrededor y no lo entiende, incapaz de hablar, incapaz de la coherencia. Su boca nunca fue pensada para proferir sonidos, pero algo va formándose en su interior: un sentimiento de venganza, de violencia. Todo sobre él duele porque no ha habido alguien capaz de enseñar a una forma tan primaria.

¿Qué es lo creado? Una conciencia absurda, un intento de afirmación, la cosa misma, objeto incapaz de pensarse. Casi humano, casi realidad. Ese golem es solo piedra, esa carne es solo carne. Es una anatomía arrancada con violencia de la roca viva, cortada con saña entre despojos de cementerio, elevada con la arcilla ilusoria que la ha condenado. El ser ha sido traído a la vida en un terror distinto al del vientre de la madre, artificial, soberbio. Está condenado a una existencia parcial que no ha de comprender, a percibir todo sin saber el código capaz de descifrar la realidad, la violencia del mundo que ni entiende ni le puede entender.

¿Qué esperanza ha de encontrar en un mundo sin paz, sin caricias, avocado al grito eterno que hace encoger el estómago, que destroza con su poderosa violencia? La respuesta es la de siempre, pues son todas: siempre se encontrará en el hombre la mortalidad, la maldición, la caída hasta el ahorcamiento. La luz, la lluvia, la muerte más patética, la sangre derramada sobre el otro; cualquiera de entre esas cosas será la que firme su locura. La locura de un cuerpo que ve el mundo como un hombre no puede hacerlo, como el sacerdote ignora, igual que el doctor ignora, igual que el rey ignora. ¿Qué entiende? El cuchillo sobre el cuello, la virilidad sobre la feminidad, el sexo terrible de los ahogados, la restitución del acero ante la trémula carne dorada por el sol.

La humedad sustituirá la pétrea superficie de la cosa, el cuerpo parodia de lo humano terminará demostrando lo blando que puede ser, la pasión que puede ofrecer. El canto oscuro del príncipe vengador bendecirá la huida del cadáver que camina buscando un guía del alma humana; no sabe que carece de algo similar. La tormentosa figura paterna se revelará como la causa de todo mal, de la desesperanza última. Saltará al abismo, comenzará la caza de su cuna, de su nacimiento, sus ojos lastimeros encontrarán en la muerte del creador la venganza ante la violencia. El cuerpo se hará vencedor sobre las metafísicas, las poseerá y, una vez lo haga, una vez venza sobre todo, se consumirá en el temor y en la duda. Se hará humano, con rasgos marcados, con la sombra rodeando sus ojos azules. Carecerá de piedad pues eso no será capaz de aprenderlo. Llevará siempre un clavel rojo en la solapa como recuerdo por lo vertido, por su herencia última. Cargará con la columna del pasado y conocerá el mito del hombre hasta que comprenda que en su desnudez se encuentra realmente la violencia que le confiere humanidad.

Entrada Nº7: La ciudad inabarcable II

Enlace a la primera parte de La ciudad inabarcable

El Sena no se ha desbordado, tal vez el próximo año. Septiembre es el fin de la tregua en París. El verano no ha vaciado las calles: la luz dorada prometía demasiado, y los cuerpos, quizá sin cabeza, se exhibieron a las orillas del río porque el instinto les llevaba a buscar el agua. No se blandieron espadas ni orgullos. Posiblemente alguien gritó de placer, pero no me llegó el eco. Tampoco hubo revolución, nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Los colegios ya están atestados, no se recuerda la playa ni los bosques ni el mar. La universidad espera digna, ansiosa de excelencia y mediocridad, se alimenta de ambas. En este teatro de marionetas todos los hilos se tensan y comienzan asumieron el rol cotidiano. Prudentemente aceptamos el fin de la paz, pues ya intuíamos que fue un espejismo (el calor ayudó a darnos esa impresión.) Vuelta a la guerra. La ciudad aún no ha sido tomada, recogemos las armas y avanzamos hacia la batalla porque es nuestro destino. A veces este día a día me decepciona. El asedio a Troya duró diez años y así parece desarrollarse el mundo: en periodos de tiempo largos, densos, pero empaquetados en espacios estaciónales iguales a los cantos de un libro. Un verano o un otoño se arrastra perezosamente, sin límites. Septiembre es la verdadera puerta a un nuevo año, marca el ciclo de trabajo en occidente. Por eso ahora no podemos dejar de idear nuestro futuro, también lo hicimos en Junio, son momentos de inicio. Pero al final, cuando la etapa se cierra, la conclusión es la misma siempre; aunque vivimos mil pequeños momentos, nuestros deseos se quedan sin cumplir.

No obstante sí hubo reunión de solitarios en el Louvre, pero éramos muy pocos mezclados entre la fauna habitual, se nos podía distinguir por los ojos vidriosos, por las miradas cautelosas o llenas de envidia, y por tener las manos ocupadas. Siempre se ha de blandir una excusa cuando se exhibe en público la soledad, por eso todos llevamos un libro, un cuaderno, un ordenador… ¿Es miedo o pudor? Miedo y pudor, padre e hijo, sentimientos de la misma familia. Vi a un pintor buscar un rato tranquilo, a alguien tecleando en el ordenador, los asiáticos sacaban fotografías, los caucásicos se miraban los pies sentados en distintos bancos. También pude ver un beso, pero yo no lo saboreé.

¿Qué fue de aquellos abrazos donde se buscaba comprender la ciudad inabarcable? Posiblemente han sido sustituidos por otros, o no, la duda siempre estará ahí. ¿Somos capaces de enamorarnos una vez más, o sólo existe ese primer amor, esa obsesión concentrada, esa inaugural explosión química? Vamos a intentar ser positivos, creamos en el dios Tiempo, en su infinita sabiduría. Dejemos a esos conjuntos estacionales, densos y a la vez breves, encargarse de la atracción, del deseo roto, del dolor y el luto y el recuerdo. Sí, después llegará otro cuerpo que podremos amar o anhelar, y entonces la pregunta será, si tras tantos dolores y lutos, aún tendremos el interés suficiente para repetir este juego. Al final rechazamos los abrazos porque siempre son decepcionantes, porque Paris no se deja abarcar, y conjura contra quienes creen poder resistir al ser protegidos por otro.

Ha pasado un año, es hora de leer más poemas, de recitar distintos versos a quien quiera escucharlos. También las palabras ayudan en esta guerra, no importa si las susurramos a un oído, o si gritamos en soledad entre los árboles. Todos queremos sobrevivir a la batalla, este ajetreo mundano se resume en una cuestión de supervivencia. Cyrano, apiádate de nosotros.

Del cielo blanco lechoso de verano cae una lluvia.
Siento como si mis cinco sentidos estuviesen acoplados
a otro ser
que se mueve tan empecinadamente
como los corredores vestidos de colores claros en un estadio
sobre el que chorrea la oscuridad.
T. Tranströmer