Aquellos hombres tristes

La primera vez que su padre le vio llorar le cruzó la cara. Desde entonces ha evitado hacerlo. Los hombres no pueden ser débiles, no pueden llorar. Le inscribieron en fútbol, era el portero. Odiaba ese deporte, pero no podía hacer otra cosa. Todos los domingos su padre y su hermano mayor se sentaban ante la televisión, gritaban y bebían cerveza hermanados por algún sentimiento que a él no le afectaba. También le obligaban a sentarse junto a ellos. Él miraba la televisión sin ganas, incapaz de saltar del sofá como un resorte igual que ellos. Cuando podía se escapaba para ayudar a su madre, ésta le miraba con tristeza y callaba. Si el equipo al que la familia apoyaba oficialmente ganaba, no había mayor problema, la felicidad de la victoria emborrachaba a su padre (el alcohol también ayudaba) Si por el contrario perdían, su actitud pasiva era reprochada, los vecinos oían los gritos de costumbre y el niño corría a encerrarse en su cuarto. Cuando llegó a la adolescencia salía de casa tras aquellos rounds con su padre. Lleno de ira, con la garganta cerrada por un grito aún dentro de él, una amenaza no pronunciada, un reproche sin formular. Encendía un cigarrillo, e invariablemente lo estrellaba contra el suelo o una pared al recordar, que en vez de ser castigado por aquel vicio a los dieciséis años, era observado con cierta aceptación. Al fin y al cabo fumar era muy masculino.

Fue a la universidad, su padre se mostró reticente, prefería tener otro hijo dedicado a la mecánica, el negocio familiar era un taller con su apellido. Según su punto de vista estudiar era un lujo, un capricho. Después de meses de discusiones, la madre convenció al padre y el hijo pudo estudiar. Aquel fue el momento del cambio. Padre e hijo se observaban en silencio, sin palabras para intercambiar, él pensaba en la debilidad de su vástago, le veía como un señorito ¿le despreciaba? El hijo odiaba al padre, cuando cruzaba la puerta de casa ya estaba en tensión. Evitaba pasar entre aquellos muros el máximo tiempo posible, se quedaba hasta tarde en la biblioteca o en casa de amigos.

Un día, en su último año de carrera, los padres llegaron antes a casa tras un fin de semana familiar. Sorprendieron al pequeño con su novia. El hermano mayor llevaba chicas habitualmente, pero el menor nunca. El cambio hizo feliz a su padre, que palmeó la espalda del hijo y lanzó bromas en su tono habitual. Estaba orgulloso. Pero el hijo le miró con asco. El hombre estaba rabioso. Su hijo, ese mocoso a su cuidado, le había lanzado aquella mirada de desprecio. Era inadmisible. Gritos de nuevo en la casa, los vecinos subían el volumen de la televisión para no escucharlos. El padre entró en la habitación como un toro desbocado, moviendo los brazos, señalando a su hijo, recriminándole, ordenando una disculpa. Pero el chico se negaba, le reprochó su falta de educación, su brutalidad. La sangre palpitaba en la cara roja del hombre, estaba descontrolado, tiró al suelo los libros de su hijo, le amenazó con echarle de casa si no le mostraba respeto. El hijo no pudo más, ya tenía la edad suficiente, el valor, se enfrentó a su padre, cara a cara, a pocos centímetros, la saliva de ambas bocas saltaba sobre el otro. El padre se sintió herido, al fin y al cabo era el indiscutible rey de la casa, le cruzó la cara igual que cuando tenía once años. Eso hizo que su hijo también pierdese el control: agarró al hombre por la camiseta sudada, olía a cerdo, y le estampó contra la pared. Vio sorpresa en los ojos de su creador, y una ira incontenible ante esa ruptura de poder. Le insultó, pero antes de desembarazarse de su hijo, éste le golpeó en el estómago y le empujó contra el armario. El padre cayó al suelo como un fardo. El chico salió de casa con un portazo, sin decir nada más. Silencio en la calle. Respiró profundamente durante un momento, jadeando como si hubiera jugado todo un partido de fútbol. Golpeó algo para descargar los restos de su rabia, y metió las manos en los bolsillos alejándose de esa calle.

A la salida de la facultad le esperaba su madre una semana después. Tenía una maleta consigo. Le besó, le abrazó, le pidió que se cuidase, y luego se fue dejándole la maleta. El chico entendió el mensaje, ya no era bienvenido en la casa familiar. No importaba, mejor, era mejor así. Vio a su hermano una noche en la calle, con sus amigos. No se saludaron, se miraron desde lejos sin acercarse siquiera. ¿Para qué?

El chico hizo su vida, terminó la carrera, buscó otra ciudad donde seguir estudiando. Los siguientes años los pasó cambiando de piso, trabajo y chica. Si le preguntaban por su familia prefería no contestar. “Hemos perdido el contacto” –decía. Era su única explicación. La madre le escribía un único e-mail todos los años por navidad. Por eso el chico se sorprendió de encontrar en Julio un nuevo mensaje. Su padre tenía cáncer, estaba ingresado, la madre le pedía que fuese a verle. Moriría pronto, era su última oportunidad de perdonarse el uno al otro. Durante una semana se sintió como un animal enjaulado, no sabía qué hacer, dudaba. Quería ir, no quería ir. Por fin se decidió, compró un billete de avión y fue al aeropuerto. Pero allí, rodeado de gente, de idas y venidas, sintió que le faltaba el aire. Se apoyó contra la pared en un rincón menos transitado. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué sentido tenía volver? ¿Por qué? Sus latidos estaban disparados. No, no iría. El viejo hijo de puta no merecía la pena, no merecía su perdón ni quería el que le pudiera dar él. Rompió el billete y regresó a su casa. Estaba solo. Un agradable silencio le envolvió. Disponía de tres habitaciones decoradas a su gusto, se dejó abrazar por esa propiedad, ese refugio. Allí no le podían golpear, después de quitarse el abrigo pasó varios minutos sentado en el sofá. Poco a poco, conforme la luz se iba haciendo más débil en la calle, se recuperó de la ansiedad. Al sentirse otra vez bien, dueño de sí mismo, comenzó a llorar.

Entrada Nº8: Historias con final triste

De todos los cuentos e historias, aquellos con mal final son los mejores. No por gestos sádicos, –o quizá sí– sino por nuestra tendencia a pensar en pasado, reiniciar lo acabado, y reformular sin ningún éxito las causas del posible fin. Por esa razón las tragedias son gloriosas, por la muerte y la sangre, por su forma: un punto y final perfecto, sonoro, inamovible, como si hubiera sido clavado en la página o en el tiempo. Después se puede aplaudir, sabemos que no habrá un acto más ni segundas partes. Las tragedias pueden ser más irreales que muchas comedias y, sin embargo, su peso es mayor, su seriedad las convierte en algo más cercano. Sí, definitivamente hay una pulsión sádica en el hombre.

Parece inevitable –posiblemente no lo sea, pero da esa impresión– continuar después del término. Los ejercicios mentales de posibles reencuentros futuros solucionan las historias de amor roto, son una esperanza vana y sin consistencia, pero esperanza a pesar de todo. A la muerte de un ser querido le imponemos un futuro más allá, o lo resucitamos en forma de descendiente con el mismo nombre o con características iguales –es una creencia particular y compartida en delirios familiares–. También hay quien busca el mismo modelo de hombre o mujer para rellenar el hueco dejado por el otro; es como en ese juego infantil, compuesto por una caja con agujeros de distinta forma, y piezas para introducir en su interior, si una de ellas se extravía el niño buscará otro objeto capaz de adaptarse –quizá lo haga por la fuerza–. No dejamos de ser unos críos.

De entre la larga lista compuesta por muertes, desamores, huidas, desgracias, quiebras, crisis y enfermedades, los peores son los abandonos. ¿Cómo salir de esa exposición a la que uno se ve reducido? Alguien se va y se lleva con él todo, aunque al mismo tiempo nos deja el mundo entero a disposición. Su pérdida quiebra nuestra cobertura, la cáscara o armadura construida con mimo durante tanto tiempo. Nos quedamos solos por sentirnos desprotegidos una vez más, en medio de una superficie magnífica, llena de posibles, pero vacía, fría. Y todo, quizá, sin haberlo visto venir. Volvemos a ser errantes en el desierto, como siempre o casi. Qué soledad…

Lo saludable, lo recomendable para cualquiera, sería aceptar el fin, dejar terminar ese asunto, pasar a otro. No obstante queremos más, sí, pero es por miedo a enfrentarnos a la ausencia, a la inevitable reflexión, a la búsqueda de otra cosa. Rastreamos el mundo para encontrar tótems alrededor de los cuales nos sintamos cómodos. Luego rara vez los abandonamos, es natural, nos creemos más felices así. Por eso, cuando los tótems se evaporan, asumir el vacío es difícil. Entonces preferimos mentirnos, porque lo falso es fácil de creer y la verdad entraña la dificultad de sí misma; algo verdadero es horrible por serlo. La verdad conlleva cierta certeza, no se puede negar, y si se niega será contra lo convenido, estaremos expuestos a la burla general.

Esas historias de final triste, terrible o sorprendéntemente definitivo, son los mejores porque, pese a envolvernos en una espiral viciosa, -en la cual no solo nos resistimos al abandono, sino que reinventamos inútilmente el pasado y buscamos sustitutos de baja estofa con parecidos descabellados- siempre llega un momento de comprensión, de cierre. A partir de entonces uno ya no es ese uno. Se produce una metamorfosis en el propio yo, todo sigue igual y todo cambia. Esa inflexión se produce porque hemos sobrevivido. Algo habrá de significar. ¿No?