Entrada Nº8: Historias con final triste

De todos los cuentos e historias, aquellos con mal final son los mejores. No por gestos sádicos, –o quizá sí– sino por nuestra tendencia a pensar en pasado, reiniciar lo acabado, y reformular sin ningún éxito las causas del posible fin. Por esa razón las tragedias son gloriosas, por la muerte y la sangre, por su forma: un punto y final perfecto, sonoro, inamovible, como si hubiera sido clavado en la página o en el tiempo. Después se puede aplaudir, sabemos que no habrá un acto más ni segundas partes. Las tragedias pueden ser más irreales que muchas comedias y, sin embargo, su peso es mayor, su seriedad las convierte en algo más cercano. Sí, definitivamente hay una pulsión sádica en el hombre.

Parece inevitable –posiblemente no lo sea, pero da esa impresión– continuar después del término. Los ejercicios mentales de posibles reencuentros futuros solucionan las historias de amor roto, son una esperanza vana y sin consistencia, pero esperanza a pesar de todo. A la muerte de un ser querido le imponemos un futuro más allá, o lo resucitamos en forma de descendiente con el mismo nombre o con características iguales –es una creencia particular y compartida en delirios familiares–. También hay quien busca el mismo modelo de hombre o mujer para rellenar el hueco dejado por el otro; es como en ese juego infantil, compuesto por una caja con agujeros de distinta forma, y piezas para introducir en su interior, si una de ellas se extravía el niño buscará otro objeto capaz de adaptarse –quizá lo haga por la fuerza–. No dejamos de ser unos críos.

De entre la larga lista compuesta por muertes, desamores, huidas, desgracias, quiebras, crisis y enfermedades, los peores son los abandonos. ¿Cómo salir de esa exposición a la que uno se ve reducido? Alguien se va y se lleva con él todo, aunque al mismo tiempo nos deja el mundo entero a disposición. Su pérdida quiebra nuestra cobertura, la cáscara o armadura construida con mimo durante tanto tiempo. Nos quedamos solos por sentirnos desprotegidos una vez más, en medio de una superficie magnífica, llena de posibles, pero vacía, fría. Y todo, quizá, sin haberlo visto venir. Volvemos a ser errantes en el desierto, como siempre o casi. Qué soledad…

Lo saludable, lo recomendable para cualquiera, sería aceptar el fin, dejar terminar ese asunto, pasar a otro. No obstante queremos más, sí, pero es por miedo a enfrentarnos a la ausencia, a la inevitable reflexión, a la búsqueda de otra cosa. Rastreamos el mundo para encontrar tótems alrededor de los cuales nos sintamos cómodos. Luego rara vez los abandonamos, es natural, nos creemos más felices así. Por eso, cuando los tótems se evaporan, asumir el vacío es difícil. Entonces preferimos mentirnos, porque lo falso es fácil de creer y la verdad entraña la dificultad de sí misma; algo verdadero es horrible por serlo. La verdad conlleva cierta certeza, no se puede negar, y si se niega será contra lo convenido, estaremos expuestos a la burla general.

Esas historias de final triste, terrible o sorprendéntemente definitivo, son los mejores porque, pese a envolvernos en una espiral viciosa, -en la cual no solo nos resistimos al abandono, sino que reinventamos inútilmente el pasado y buscamos sustitutos de baja estofa con parecidos descabellados- siempre llega un momento de comprensión, de cierre. A partir de entonces uno ya no es ese uno. Se produce una metamorfosis en el propio yo, todo sigue igual y todo cambia. Esa inflexión se produce porque hemos sobrevivido. Algo habrá de significar. ¿No?

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