Las delicias turcas

La caja era de plata. Pertenecía a un juego de café comprado en Turquía por su abuelo. Algunos de sus mejores recuerdos de infancia están unidos a esa caja. Las tardes de verano se acercaba al porche de la casa después de su siesta. Allí estaban ya todos los mayores: su madre, su tía y su abuela sentadas en un gran sofá de mimbre, abanicándose cuando el calor era tan pesado como de costumbre; su padre algo alejado junto a su cuñado, casi siempre discutiendo con un periódico en la mano; y el abuelo cómodamente instalado en su sillón, ajeno a las conversaciones de los demás. Desfrutando, aparentemente, del momento.

Andrew pasaba de la agradable penumbra del salón a la luminosidad del mundo. Se acercaba al grupo sin ver, cegado por el sol y frotándose los ojos, su abuelo le rescataba alargando su brazo y subiéndole sobre sus rodillas.

Ahora ya podemos tomar el café –decía. Entonces George hacía su aparición dirigentemente con aquel juego de plata. Siete superficies metálicas, brillantes, abrazaban vasos de porcelana. Las cucharillas tenían una piedra también blanca incrustada en su mango. La cafetera era un recipiente abombado con el mango de marfil. Pero la joya era la caja de delicias. Su madre la llamaba “la bombonera” porque así siempre conseguía irritar al abuelo. El hombre se atusaba los bigotes, y dejaba claro al instante que mientras viviera la caja no se llenaría de chocolates, ni tampoco quedaría vacía de los dulces turcos. Cumplió perfectamente aquella peculiar promesa, Andrew nunca pudo encontrar la caja vacía, parecía imposible. Las golosinas se multiplicaban por arte de magia.

El abuelo compraba el café en Colombia, encargaba dos sacos al año. Era el único en tomarlo solo, el resto añadía azúcar, crema o canela. A Andrew le sirvieron leche manchada hasta los trece años. Entonces pudo unirse al resto en el porche, mientras sus primos dormían la siesta. Ahora era a los pequeños a quienes el abuelo subía en sus rodillas. Su llegada anunciaba el café. El mundo veraniego de la familia no cambió durante muchos años.

Cuando la hora del café terminaba, cada quien decidía qué hacer durante la tarde. Habitualmente los hombres se encerraban en la biblioteca con el teléfono, y las mujeres paseaban o visitaban a los vecinos. George lavaba el juego de café y lo devolvía al despacho del abuelo, donde se guardaba en una vitrina. La caja, sin embargo, la colocaba siempre sobre el escritorio. A veces el abuelo dejaba a sus yernos ocuparse del negocio, y pasaba las horas en el despacho para leer o escuchar un vinilo. También escribía, pero Andrew nunca supo qué. El anciano le dejaba quedarse en la habitación. Cuando era niño llevaba sus juguetes y jugaba sobre la alfombra, con los años cambió los soldados de plomo por los libros. No obstante, la mayor parte del tiempo lo pasaba espiando a aquel hombre tras su escritorio. Conocía todos sus gestos: la manía de acariciar la tapa de la caja de delicias mientras pensaba en algo, recorriendo las marcas de la tapa con los dedos, las flores, las palabras árabes; cuando releía lo escrito en el papel dejaba la pluma sobre la mesa, y se atusaba el bigote retorciéndose los pelos; también chascaba la lengua si se apagaba su pipa, o giraba su alianza distraídamente al pensar en la familia (eso creía Andrew).

Por las noches, antes de irse a la cama, el abuelo llevaba la caja al salón, donde se reunían todos tras la cena. Entonces cada uno podía elegir la última golosina del día. Él mismo escogía una de pistacho, su favorita. Andrew prefería las de naranja amarga. De nuevo aquella caja era el punto sobre el cual giraba la vida familiar. Una monotonía feliz, rota no mucho después.

Con diecisiete años Andrew leyó en la prensa una acusación contra su abuelo. Según el artículo había estafado más de diez millones de dólares en negocios con los turcos. Lo hizo con la firma de los Estados Unidos. El escándalo fue enorme. Cerraron la empresa familiar, y los abogados y los federales inundaron la biblioteca, el salón, e incluso el porche de la casa. Se llevaron todos los papeles, todos los libros.

La hija pequeña se mudó con su familia a la otra punta del país, se llevaron a la abuela con ellos. Andrew se quedó, pero su padre no volvió a hablar con el suegro que tanto veneró un día. Sólo su primogénita y su nieto le visitaban alguna vez. Siempre durante no más de media hora. Todavía tomaban café, pero ya no en aquellas tazas de plata. La vajilla parecía reservada para los momentos felices, y durante dos años no hubo ninguno.

George encontró al abuelo muerto en diciembre, sobre la alfombra de su despacho. Según el médico fue un ataque al corazón. Llevaba en las manos la caja de delicias, y los dulces se habían desparramado por el suelo, creando una constelación multicolor. Hicieron el velatorio en el salón. Únicamente acudió la familia, aún así, ninguno de ellos se atrevió a decir una palabra en su honor. Se quedaron en silencio, de pie o sentados frente al ataúd abierto, con los ojos fijos en el cadáver pálido de un hombre bueno o desconocido, cada uno pensaba una cosa. Por la noche, en un momento de soledad, Andrew entró en la habitación con la caja de plata, eligió una delicia de pistacho. Luego la introdujo en la boca del anciano, se la cerró de nuevo y acarició aquel pelo prácticamente blanco, aquella piel fría, consumida por los años de enfrentamientos. Le enterraron en el panteón familiar.

Según se demostró, el fraude sí se había cometido. La familia se vio obligada a vender la casa y todos los objetos posibles. Andrew pudo esconder la preciada caja. Como tenía cierto valor, su falta no pasó desapercibida, pero nunca reapareció. Veinte años después un periodista visitó la casa de Andrew para hacerle una entrevista. Éste tenía el hábito de ofrecer una delicia turca a sus invitados. El hombre quedó fascinado con la caja, le preguntó su origen, y Andrew le contó toda la historia.

Fue el último trabajo de un reputado orfebre de Estambul. Las obras finales de toda una vida dedicada a la artesanía o al arte son siempre las más valiosas, guardan detrás de sí mismas el cuidado y la evolución de un oficio de décadas. Su abuelo había participado en varias reuniones secretas con el gobierno de Turquía. Los estados unidos querían instalar misiles apuntando a la URSS. Entre otras cosas, eso significaba tener a los soviéticos apuntando al país vecino. El acuerdo debía ser muy generoso con los turcos. Por eso él participó, llevaba años comerciando allí y les conocía. Pero la instalación también acercaría el inicio de otra guerra, esta vez con los la bomba atómica como mayor amenaza.

Lo que el gobierno veía como una medida de prevención, su abuelo lo juzgó una provocación innecesaria. Lo organizó todo para hacer desaparecer varios millones del acuerdo, camuflado como negocios bursátiles. Quería enfadar a los turcos para provocar la retirada de los misiles. Pero no funcionó, nadie se dio cuenta. Tardarían veinte años en hacerlo, para entonces su fraude ya no haría bien a nadie. Pero aquel día no podía adivinar su futuro. Acababa de arreglarlo todo y pensaba en las consecuencias para sí mismo. En el mejor de los casos le tomarían por un estafador, en el peor por traidor. Posiblemente no volviese a ver a su mujer o a sus hijas. No vería nacer el niño de la mayor, embarazada por entonces. Nadie entendería nada, le despreciarían. Pero no hacer nada era la peor opción para él. Si la guerra estallase, él sabría que pudo hacer algo y no lo hizo. Sería imposible vivir con ello. ¿Qué importaba? Ya estaba hecho. Ahora únicamente quedaba esperar.

Decidió pasar por el zoco. Estaba tan absorto en sus pensamientos que chocó contra un comerciante, tirándole al suelo junto a varios de sus sacos. Se excusó y le compró uno de ellos para compensarle. Estaba repleto de lokum, delicias turcas. Fue un feliz accidente. Compró la caja de plata para guardarlas. La llevaría a los EEUU como un recuerdo de su fraude, de su intento. Quizá algún día podría ofrecer una golosina a sus hijas o sus nietos, podría contarles la verdad. Con eso le bastaría. Si alguien creía sus palabras y le comprendía, entonces las consecuencias de su estafa serían menos importantes. Alguien sabría la verdad. Nunca fue un hombre ambicioso, sólo quiso vivir en un mundo más tranquilo.

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