Entrada Nº9: Arquitecturas para la soledad

Me gusta caminar. Es mentira, me gusta vagar. No necesariamente perderme, simplemente andar sin rumbo, sin excusa. París es una ciudad magnífica para este ejercicio (Preferiría llamarlo “arte”, pero sería prepotente y la explicación fatigosa) Aquí podría derrochar las horas cruzando calles, o recorriendo una y otra vez los mismos espacios. Esos son mis paseos favoritos, los repetidos.

De pequeño disponía de un gran edificio vacío en el cual inscribirme. Una de esas construcciones públicas y anodinas cerrada el fin de semana. La gran atracción que ejercía sobre mí no se debía simplemente a la soledad. Uno puede estar solo en muchos lugares y sentirse así en las más diversas circunstancias, pero en la inmensidad, entre arquitecturas desmesuradas, pensadas para grandes grupos, en los enormes continentes vacíos de contenido, uno puede sentirse uno. Magnífica afirmación. Uno Es gracias a la certeza de estar solo dentro de un lugar tan grande, libre cuerpo y mente de todo miedo, de toda imposición social.

Si nos escondemos, si deseamos encontrar un rincón donde sentirnos seguros, es porque hay a nuestro alrededor un otro/otros. Pero en ese edificio gigantesco no es posible temer nada, no existe sociedad contra la cual enfrentarse. El ansiado bienestar está con nosotros permanentemente. Es innecesario huir bajo las sábanas o encerrarse en ese trastero polvoriento, buscando un rato sin personas pidiendo atención, demandando continuamente gestos necesarios para persistir en la amistad o el amor. Si estamos solos no hay reglas.

Creo, y digo creo porque es un pensamiento nuevo, que escribo por la misma razón de mis vagabundeos. No es tanto por contar una historia o compartir un sentimiento, ni tampoco por hacer frente al dolor, se trata de algo muy simple: de vagar, de sentirme yo mismo en este mundo hueco, de encontrar en la espantosa soledad del hombre un eco de mi propia existencia. Porque cuando los pilares tradicionales han caído, esa búsqueda inevitable de trascendencia y porqués entra en crisis, y el sano escepticismo se sustituye por el vértigo de una nada masiva contra la cual es inevitable luchar. Esa nada no es estrictamente una reflexión, sino un sentimiento oscuro, un sentimiento en negativo, ni doloroso ni placentero, sino neutro, capaz de transformarnos en inertes autómatas. Como ejemplo, en París, en la rue Rivoli o en la gran galería del Louvre, uno no puede existir, pertenece a la mezcla, se es una simple gota en el charco. ¿Cómo distinguirse uno mismo? Por eso es necesaria la arquitectura vacía, cuyos límites uno puede alcanzar fácilmente. En ella mis ojos abarcan espacio y más espacio, libertad, y se verifica así mi unicidad. Soy el único actor en el escenario, príncipe de Aquitania en su torre abolida, Hamlet ante el espejo, Segismundo en su prisión… La soledad es connatural al hombre.

Escribo para excluirme, para continuar sin objetivo, para que en la transición constante yo aún sea consciente de seguir aquí, aún vivo. Escribo para poder leerme, lo hago como quien grita en la gran oquedad esperando escuchar su propio eco. Todo para probarme que al menos existo.

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