Un desnudo

Hace demasiado tiempo que nadie besa sus labios resecos. Tampoco recuerda cuándo se vio desnudo por última vez. Lo hace diariamente durante unos segundos, al entrar en la ducha o desde ella, tras el vapor y el agua, de reojo, porque el ángulo no le permite otra opción. Pero no se ha mirado desde hace años, no realmente. Por eso hoy cierra el grifo, se seca con la toalla, se aplica desodorante, perfume, mancha su pelo con cera, y luego vuelve a la habitación desnudo, enciende las luces y se mira en el gran espejo del armario.

Uno puede recordar cuerpos extraños a la perfección muchos años después de haberlos abandonado, puede incluso girarse en plena calle instintivamente, confundido por el olor de un desconocido, con suerte se producirá un estallido en la memoria, un relámpago uniendo ese aroma con su antiguo dueño. Noches de cabezas inclinadas sobre otros cuellos dejan una impronta indeleble, igual a aquellos cuerpos sudorosos resbalando contra el propio, moldeándolo como si fuera cera caliente. Pero la anatomía de uno mismo es diferente, la ignoramos por su obviedad, porque no nos merece atención.

Ahora se mira: aún no está contento con el pelo, lo peina en un gesto automático, pasando los dedos por el centro, la palma por ambos lados. Se toca la cara, la nariz, que parece descender un poco más cada año, quizá crezca por sus mentiras; las ojeras son síntoma del trabajo, horas y horas en la oficina, frente al ordenador, garabateando listas y esquemas para desecharlos rápidamente, dirigiendo, gestionando, viviendo de, por y para la empresa. Pero uno deviene sus propias acciones, y el trabajo también forma al hombre. Así los iris van perdiendo color, los párpados su fuerza, las ojeras se hinchan, se forman bolsas bajo los ojos, y el rostro agotado grita en busca de una libertad inexpresada. No hay demasiadas arrugas, pero las líneas de expresión están ahí, acentuadas, ensombreciendo el resto. El cuello bien, en su lugar. Demasiado pelo en el pecho, nunca le gustó. Sigue delgado, al parecer sirven de algo las tardes en el gimnasio. Se acaricia la entrepierna, recoge su sexo con la palma, como si fuera un fruto colgando del árbol, no hay respuesta muscular, no está excitado. ¿Algo que objetar? No, nada. Las piernas bien, los pies como siempre, sin importancia. Se vuelve de espaldas, el culo también está en su sitio, milagrosamente. Tiene una figura media. ¿Es aceptable? Sí, claro, pero podría ser mejor.

Se sienta en la cama mirando su reflejo, su barriga adquiere una nueva forma en esa posición. No habla, todo permanece en silencio, sin contar el murmullo del tráfico. Lleva los dedos a los labios: sí, resecos. Debería usar el cacao, pero para qué. Se pregunta eso desde hace días ¿Por qué imponer un arreglo a algo que terminará regenerándose sólo? Si alguien se acercara él, si hubiera otros ojos, otra boca buscando la suya… pero no la hay.

¿Qué planes tenía antes de la ducha? Ninguno. Por eso ha perdido el tiempo mirándose. Ensaya un futuro: la barriga terminará por ceder en unos cinco o diez años, perderá algo de pelo inevitablemente, las venas de sus manos se marcarán, la piel dejará de ser tersa, se descontrolará todo en él, la química comenzará a prepararle para la putrefacción venidera, semejante a una manzana madurando hasta su decadencia. Decide borrar esa idea de su mente, busca unos pantalones, una camiseta. Se levanta, cocina, come. Podría salir. ¿Dónde? ¿Con quién? Cualquier ciudad se vuelve conocida al pasar un tiempo, y a veces uno no quiere rodearse de lo habitual, por si la arquitectura pudiera reconocerle, murmurar de calle en calle sus vergüenzas. Quizá el camarero del café des arts le lance una mirada cómplice, diciéndole sin decir: aquí estoy yo, monsieur, le reconozco. Es terrible. La casa parece mejor.

Ve una película, se lava los dientes, se vuelve a desvestir y se masturba sin deseo, por convención, porque así dormirá mejor. El insomnio le ataca durante una hora, después la preocupación sin nombre se deshace, y duerme tranquilo. Abre los ojos unos segundos antes que la alarma del despertador. Se levanta torpe, como cualquiera, se ducha aún dormido, mientras la cafetera ruge. Vuelve al cuarto en albornoz, elige la ropa interior, el traje y la camisa. Una vez subido sobre sus zapatos, con todos los botones y cordones rigurosamente abrochado o atados, se mira ante el espejo y puede reconocerse.

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