El hombre de arena

Su sobrina había derramado un vaso de agua sobre el mantel. No era nada, apenas una humedad pequeña y redonda cerca de la fuente de codornices; no obstante, fue suficiente para revolucionar la mesa. Los padres se levantaron para estorbarse uno a otro mientras se disputaban la culpa del incidente. Los abuelos intentaban dirigir las operaciones de rescate y limpieza, hablando a la vez sin lograr ser escuchados. Sara se acercó con un paño de cocina para absorber ligeramente la mancha. Era un gesto inútil, pero no importaba. Él no hizo nada, no se unió al coro de voces ni movió un solo músculo. Ante la caída del vaso levantó la mirada y se quedó observando a la niña, muda, casi asustada por el revuelo causado sin querer. Se preguntó por qué le habían dado un vaso tan ancho si sus manos eran tan pequeñas. Ella no tenía culpa de nada.

De repente se levantó de su sitio, cruzó el salón, salió al porche y bajó los peldaños hasta la carretera, anduvo un buen rato y dejó atrás la urbanización. Se internó en el campo seco, lleno de basura. Desde el cielo debía resultar extraño aquel lugar de parcelas exactamente idénticas, llenas de césped esmeralda en medio de un gran monte casi pelado. Podía escuchar la carretera cercana. El tráfico no se detenía después de todo, pensó en si los conductores se sentirían tristes por no estar dentro de una de las casas clónicas, disfrutando de la navidad. ¿Tenía sentido sentirse triste por ello? Él preferiría no verse obligado a la pantomima anual. Era mentira. No, no era mentira. Sintió la mano de su hermana sobre el hombro, se dio cuenta que seguía sentado a la mesa, participando del juego. La crisis del vaso de agua se había solucionado. Pidió que le pasaran las codornices y continuaron entre risotadas y las mismas veladas acusaciones de siempre.

Cenaron tranquilamente, luego los niños abrieron sus regalos, gritaron y jugaron, los adultos les miraron con ojos vidriosos, como si pensaran en su niñez, pero sin hacerlo. Rara vez los hombres y mujeres maduros se abandonan a ese recuerdo, quizá porque al crecer comprenden las sombras escondidas en su inocencia, el origen de sus propias monstruosidades.

Todo iba bien, pero él se sintió de pronto débil frente a la televisión, como si sus células fuesen a perder la cohesión de un momento a otro, dejándole deshecho sobre el sofá. No se quedó a dormir. Sus padres insistieron, pero él les rechazó una y otra vez. Besó la frente de sus sobrinos, ofreciéndole un especial cariño a la niña de manos pequeñas. En la puerta Sara le dijo que no le había visto sonreír en toda la noche. Él forzó la mueca, pero fue demasiado artificial, ella movió negativamente la cabeza y le observó desde el umbral mientras se alejaba. Cogió un bus. ¿Por qué habría servicio de transporte? ¿El chofer tendría familia? ¿Se sentiría él también triste? Pasó el abono y se sentó. Veinte minutos después bajaba las escaleras del metro, y esperaba otros quince al último tren de la noche. Los ocupantes eran los mismos que cualquier sábado.

Se sentó cerca de la ventanilla. Los vagones de metro tienen ventanas para huir de la verdad del encierro, para evitar la claustrofobia de los pobres usuarios. Él era uno más, y agradecía la amabilidad de los ingenieros. Sin embargo, su rostro, sombrío en el cristal, le disgustaba. Los reflejos invitan a la introspección. ¿Quién en su sano juicio quiere conocerse a sí mismo? Cerró los ojos, concentrándose en el sonido, porque debajo del vocerío, de los golpes secos, y del chirrido de las ruedas podía escuchar un zumbido monocorde, prolongado, producido por la electricidad o por los motores. Fue capaz de centrar toda su atención en aquel sonido, dejándose hipnotizar agradablemente por él. Se alejó de los rostros felices y decepcionados, cansados y amargados, habitualmente amargados, eternamente amargados. Cada hombre, cada mujer, parecía envenenado por esa aflicción, como si vivir fuera una condena. No se daban cuenta de su elección, de su firma en la última página del contrato. La culpa siempre les parece de otros, muy oportuno. Abrió los ojos. El tren había llegado a su parada, pero volvió a quedarse quieto, mirando atentamente el cartel con el nombre en letras azules. Las puertas se cerraron, él se sumergió otra vez en el ensueño de ese zumbido constante. Se alejó de la fealdad del vagón, ocultándose entre las estrellas, como si flotase en ellas, como si a decenas de metros bajo la superficie pudiese imaginarse mejor allí arriba. Ojalá pudiera huir y escapar flotando.

Bajó en la siguiente parada. Apenas se cruzó con dos o tres personas en el camino. No fue un paseo agradable, tampoco lo contrario, fue sólo un paréntesis de tiempo, de silencio. Pensaba en el zumbido del tren, en el ruido del vaso cayendo sobre el mantel. El grueso vidrio había rebotado creando un sonido muy característico, hueco.

Llegó a su apartamento a las tres de la mañana. Dejó las llaves en el cuenco dispuesto para ello. Pero no se movió de la puerta ni encendió la luz. Pudo oír el sonido del reloj de la cocina, nada más. El edificio dormía. En la habitación de al lado su vecina estaría en posición horizontal sobre la cama, tapada con sábanas y mantas, roncando. Su casa ante él estaba llena de penumbra. Se quedó un rato así, contemplando los objetos adquiridos durante años. Después cerró los ojos, como si buscara el zumbido, le sorprendió no escuchar su propia respiración. Estuvo a punto de cuestionarse si respiraba realmente. De nuevo sintió la debilidad de horas antes. ¿De donde venía? Abrió los ojos, nada había cambiado, fue triste comprobarlo, deseaba un cambio, cualquier cambio súbito, mágico, inesperado. Se miró las manos, apenas tenía fuerza en los dedos, si apretara el puño se desharía, pero no lo comprobó, tenía miedo. Seguía escuchando reloj de la cocina. Tic tac, tic tac. Se concentró en ese sonido y respiró hondo, buscaba cierta tranquilidad, pero no la encontró. Era rehén del presente, una figura sin consistencia, a punto de descomponerse.

Intemperie

90800_intemperie_9788432214721Autor: Jesús Carrasco                                                                               Editorial: Seix Barral

Quizá la novela de Carrasco sea la mejor del 2013, desde luego crítica, público y medios parecen de acuerdo en afirmarlo. El año pasado fue particularmente bueno para los autores noveles. Jesús Carrasco se bautiza con este libro áspero y atemporal de una España, sí, vamos a creer que es España, hundida en su propia naturaleza. Una novela rural, dicen.

Un niño abandona su pueblo, huyendo de los horrores de un pequeño mundo, se interna en la llanura, bajo un sol inclemente, en una geografía sin elevaciones, sin sombra, durante una sequía que dura ya muchos años. El clima es casi post-apocalíptico, mejor sería decir post-civilización.

Carrasco hace surgir lo que hay en el hombre, en el interior, los monstruos escondidos bajo las capas de impostada educación. Cuando cae el sistema que fomenta un comportamiento correcto entre los unos y los otros, las figuras de poder gozan de demasiado poder, y los hombres y mujeres se acostumbran a sobrevivir, atendiendo sólo a sus necesidades, anteponiendo el propio bienestar al de cualquiera. Ser bueno es un invento de la civilización, de la cultura o de la religión. Los hombres somos peores que animales, monstruos, como ya he indicado. Eso es lo que Jesús Carrasco nos muestra. El estado natural del hombre no tiende hacia la bondad.

El estilo del libro está desprovisto de adornos, apenas un puñado de apreciaciones a las que se ha dedicado un mayor detenimiento. El resto es igual a la geografía expuesta, que intoxica así tanto el argumento como los personajes o la escritura. Es una novela cruda, secada a la intemperie como ciertas tiras de carne abandonadas por los personajes en cierto momento. Los protagonistas son El niño y El viejo, junto con un puñado de animales y otros arquetipos como El alguacil o los ayudantes de éste. Un conjunto de ejemplos para ahondar la cuestión sobre lo humano. Aquí todo está definido, todo lo “natural” en el hombre sale al exterior, sobre todo lo escatológico, pues todo lo corporal tiene una gran importancia aquí. Por lo demás, la tensión narrativa se mantiene sorprendentemente bien, pese a la sencillez de la obra.

El libro ha suscitado muchas conversaciones y un alud de críticas literarias. Incluso ya se han comprado los derechos para hacer una película. Hay quien habla de clásico, aunque un servidor piensa que es muy pronto. Sí se podría considerar como un libro atemporal, y ésa es su mejor característica.

Es, en resumen, un magnífico libro, muy bien escrito, que cuenta una de esas historias universales que siempre se podrán volver a leer y siempre conservarán su significado.