La espada y la rosa

Su mujer le dijo que tendrían otro bebé. Él estaba feliz, pero decidió apresurarse con la mudanza. Todo retraso iría siendo un problema mayor con el paso de los meses. Se dieron prisa y embalaron el apartamento en una semana. Y mientras ella colocaba los viejos trastos en nuevos espacios, él se encargó de la última habitación del piso, su propio estudio. No lo había hecho antes por razones de trabajo. Era la única habitación llena en aquella vivienda ahora anónima, una rareza, un santuario. Le costó comenzar, tardó más tiempo del necesario en disponer las cajas, pero aquel fin de semana tenía tiempo de sobra para clasificar y guardar; además, nunca es fácil enfrentarse a una biblioteca, muchos volúmenes acaban dentro de las cajas rápidamente, pero otros son seductores, y atraen a sus dueños obligándoles a dedicar unos minutos a sus páginas.

El cuarentón avanzaba bastante rápido con los libros técnicos, echaba un ojo a los más antiguos, para recordar qué idea aprendió en qué capítulo, pero nada más. La ficción fue más difícil. Había muchos recuerdos, muchas historias importantes en su vida. Encontró un pequeño volumen al fondo de la estantería, delgado, de tapas blancas y ya sucias. Era Las flores del mal, de Baudelaire, pero no tenía recuerdos de ese libro. ¿De dónde había salido? Abrió sus páginas y encontró un dibujo hecho a mano con bolígrafo azul: era una espada atravesando una rosa, con una dedicatoria al lado “Ayer llegamos de París, mañana iremos a Macondo. Sant Jordi 1994”

Desde el principio ella le llamó Atreyu, porque era obstinado en sus discusiones, porque quería entenderlo todo, llegar hasta el fin de lo que no tiene fin, vencer a la nada, es decir, a la ignorancia.. Esa era su historia interminable recién cumplidos los veinte. Ella era Momo antes incluso de él ser Atreyu. Sacaba la lengua a los hombres grises dondequiera que los encontrara, sin pensar en las consecuencias, igual que una niña pequeña.

Se enamoraron como sólo se enamora uno a los veinte años, se fueron a vivir juntos sin importarles las goteras o la opinión de sus padres. La beca era suficiente para subsistir, incluso para sus caprichos. No podían pedir más. Los viernes iban al teatro, vieron varias repeticiones de Romeo y Julieta, porque se creían invencibles como los dos amantes. A veces, después de hacer el amor, improvisaban pequeñas escenas. Aunque era ella quien dirigía la función, quería ser escritora.

Por las mañanas Momo se sentaba a medio vestir, y garabateaba en sus cuadernos sorbiendo café, imponiendo silencio absoluto. Él se quedaba mirándola un rato, se duchaba y leía. Tras un rato ella bufaba, frustrada por no encontrar las palabras adecuadas.

También viajaron a París. Ella se creía La maga corriendo de calle en calle, arrastrándole de un lugar a otro. Le gustaba besarle en los puentes y cerrarle los ojos con los dedos. “Juguemos a Cortazar”-decía. Entonces él tenía que encontrarla. Durante una semana se creyeron dos bohemios perdidos, pero el penúltimo día él no dio con ella, y el juego se volvió amargo. Regresaron a Barcelona, ella estaba insatisfecha, ya no le gustaba que le llamara Momo, y su Atreyu no encontraba un nuevo nombre adecuado. Entonces fueron a ver Macbeth, ella tomó las manos de él, las observó de cerca por primera vez, (o eso pensó) y las encontró feas, vulgares. De pronto quería escapar y que él no la encontrara. Comenzó a interesarse por la literatura inglesa, y recibió el otoño con Mrs Dalloway bajo el brazo, dando largos paseos cada mañana.

En invierno, con la amenaza de los exámenes a la vuelta de vacaciones, él dejó de esperar. Le recriminó creerse Beatrice, y hacerle pasar por nueve infiernos por su orgullo y tozudez. Ella gritó, se rió de él, de su ambición de saber, le llamó Fausto, porque estaba dispuesto a entregar su alma por conocimiento, porque le encontraba despreciable.

El fin de la relación fue brutal. Cada uno siguió su camino, y estuvieron mucho tiempo lamiéndose las heridas, echándose de menos sin confesarlo. Ella se subía a los trenes para escribir, para poner en negro sobre blanco su dolor, decepción, amor, y soledad. Él se pasaba los días en la biblioteca, salía a última hora, cuando había pocos buses y se veía obligado a caminar una hora pensando en ella. Pero pasó el tiempo, ambos se olvidaron del otro, aparecieron nuevos amantes en sus vidas, nuevas decepciones, algunos éxitos. Nunca volvieron a coincidir.

El hombre guarda Las flores del mal en una caja de cartón. Mientras continúa su tarea piensa en ella, en el tiempo que compartieron, en su amor entre libros. Se pregunta dónde estará, qué habrá sido de su vida. Pero no quiere saberlo, no tiene sentido buscar un epílogo cuando la historia fue tan buena. Al final, cuando la habitación está tan desnuda como el resto del apartamento, se fuma un último cigarrillo con la luz apagada, sin pensar en el pasado, sintiéndose bien en el límite de un capítulo de su vida, a punto de comenzar el siguiente.

Teresa

-Tenemos los mismos asientos desde hace treinta años –dice estirándose como si fuera una condesa de finales del XIX, repentinamente atacada con alguna impertinencia.
Pero la chica sonríe extendiendo la palma hacia la anciana:
-Yo trabajo aquí desde hace quince, y es un placer poder acompañarles de vez en cuando.
Teresa no añade nada más, le hubiera gustado hacerlo, pero la contestación de la acomodadora le ha sorprendido. Frunce los labios, vuelve a elevar el mentón, y finalmente deja una moneda en la mano de la mujer.

Rosa toma el segundo asiento de la fila, mientras Teresa se quita el pesado abrigo, y mira en derredor buscando caras conocidas. Acaricia las pieles antes de sentarse, luego coloca la prenda sobre sus piernas. No usan el guardarropa desde hace casi los mismos treinta años, siempre ha habido mucha cola.

Rosa tiene las uñas pintadas de rojo. No comenta nada, pero a Teresa no le parece propio de mujeres de su edad. Superpone una de sus propias manos huesudas a la otra, en un ejercicio inconsciente de comparación. Esta sentada con la espalda recta, y al ser tan delgada y llevar el pelo inflado por la laca, su aspecto es el de un diente de león, aunque sin la fragilidad de la flor. Su posición es perfecta, le gusta pensar en sus modales como los propios de una reina. Así le llamó siempre su padre “mi reina”.

Charlan sobre la renovación del edificio, sobre el cambio de última hora en la soprano protagonista, y luego se dejan llevar por los cotilleos habituales. Se levantan dos veces para dejar pasar a otras personas, y quince minutos después se apagan las luces, y la orquesta entona antes de abrirse el telón.

La obra es deliciosa. Si algún periodista, siempre dispuesto a criticar, ha calificado su ópera como “provinciana” se debe a la simple envidia. “Las capitales tienen el deseo de ser únicos detentores de la verdadera cultura” -dijo una vez su padre. Tenía razón, y Teresa repite aquella frase cuando la ocasión es tan buena como esta.

Salen del teatro, el marido de Rosa espera en la plaza. Conversan unos minutos, luego se separan. Ya es tarde, las once. Teresa repasa mentalmente sus asuntos para mañana: no tiene nada importante, pasará por la librería para comprar esa novela de moda. La propondrá para la próxima sesión del club de lectura. Sí, eso hará.

Chicos con litronas en la plaza, con música estridente saliendo de sus móviles. Teresa pasa más rápido a su lado, apretando el bolso con fuerza. La juventud de hoy no tiene valores –piensa-, todos serán delincuentes, pero yo no lo veré. Esa reflexión, sin embargo, no contempla su mortalidad. Cuando Teresa piensa en la muerte lo hace sobre su funeral, que será sencillo, elegante, y emotivo en su justa medida; aunque a Rosa se le escapará algún sollozo estridente, tiende a la exageración. Arturo esta a la puerta de su edificio fumando un cigarrillo, al verla tira la colilla y le abre paso.

-Buena noches, señora.
-Buenas noches, Arturo. ¿Aún despierto?
-Ya me conoce, no me quedo tranquilo hasta verla de vuelta. ¿Qué tal la función?
-Preciosa, gracias –responde sonriendo.
Los movimientos del conserje tienen la precisión de años, la simple repetición habitual le empuja a llamar el ascensor, comprobar el reloj, abrir la puerta, y realizar el gesto de despedía con la idéntica sonrisa de todos los días
-Buenas noches, señora.
-Buenas noches, Arturo.

Tercero izquierda. Cambio de ritmo. Teresa cierra con dos vueltas y deja atrás la languidez. Enciende las luces, suspira mirándose en el espejo. Permanece inmóvil observando su aspecto, espera algo. ¿Un sentimiento? ¿Un pensamiento? Quizá cualquier cosa. Pero todo está quieto, atrapado en el tiempo. Deja el abrigo en su lugar, luego pasa al dormitorio, se quita pendientes, collar, anillos, pulseras, se desmaquilla, después adiós a los zapatos, abajo el vestido, y otra vez ante un espejo. Esta vez semidesnuda, esboza una posición casi erótica e introduce sus dedos en el pelo, lo nota rígido por la laca, pero tira de él, alborotándolo como si fuese una niña. Se pone la bata, y toma un yogur en la cocina, mientras se llena la bañera. Termina de desnudarse en el baño, apaga las luces y poco a poco se hunde en el agua caliente. Todo está en silencio, debe ser medianoche. Su cuerpo le parece menos huesudo, como si se hinchara. Está cansada, el baño es muy agradable. Su padre fue el único hombre que la amó. Es un pensamiento habitual en ella, una especie de herida donde hurgar de cuándo en cuando para aliviarse el picor. Se pregunta cuándo lloró por última vez, pero no puede recordarlo. Se queda en blanco. El grifo gotea. ¿Harán el amor Rosa y su marido? Quizá tiene envidia. Se reprende por su pensamiento. ¿Cuándo será la próxima ópera? Mañana llamará a Rosa para preguntarlo, ella siempre sabe esas cosas. ¡Cuánto silencio! ¿Por qué nunca remedió ese silencio? Ahora ya es vieja, es tarde. Intenta convencerse: todo va bien. No se arrepiente, es una dama. ¿Sirve de algo ser una dama? Es una pregunta inoportuna. No respondas, Teresa. Siempre se ha creído mejor que los demás. Su padre aún tiene la culpa, aunque lleve muerto dos décadas.

No, no recuerda cuándo lloró por última vez. Se siente maravillosamente en el agua, ojalá pudiera sentirse siempre así. Rosa estará ya dormida en su cama, con sus uñas pintadas de rojo. Mañana llamará, mañana comprará un libro, quizá también flores. Está cansada. Sería tan agradable dormirse en la bañera, arropada por el agua caliente… Cierra los ojos para relajarse un momento, sólo un momento.