Teresa

-Tenemos los mismos asientos desde hace treinta años –dice estirándose como si fuera una condesa de finales del XIX, repentinamente atacada con alguna impertinencia.
Pero la chica sonríe extendiendo la palma hacia la anciana:
-Yo trabajo aquí desde hace quince, y es un placer poder acompañarles de vez en cuando.
Teresa no añade nada más, le hubiera gustado hacerlo, pero la contestación de la acomodadora le ha sorprendido. Frunce los labios, vuelve a elevar el mentón, y finalmente deja una moneda en la mano de la mujer.

Rosa toma el segundo asiento de la fila, mientras Teresa se quita el pesado abrigo, y mira en derredor buscando caras conocidas. Acaricia las pieles antes de sentarse, luego coloca la prenda sobre sus piernas. No usan el guardarropa desde hace casi los mismos treinta años, siempre ha habido mucha cola.

Rosa tiene las uñas pintadas de rojo. No comenta nada, pero a Teresa no le parece propio de mujeres de su edad. Superpone una de sus propias manos huesudas a la otra, en un ejercicio inconsciente de comparación. Esta sentada con la espalda recta, y al ser tan delgada y llevar el pelo inflado por la laca, su aspecto es el de un diente de león, aunque sin la fragilidad de la flor. Su posición es perfecta, le gusta pensar en sus modales como los propios de una reina. Así le llamó siempre su padre “mi reina”.

Charlan sobre la renovación del edificio, sobre el cambio de última hora en la soprano protagonista, y luego se dejan llevar por los cotilleos habituales. Se levantan dos veces para dejar pasar a otras personas, y quince minutos después se apagan las luces, y la orquesta entona antes de abrirse el telón.

La obra es deliciosa. Si algún periodista, siempre dispuesto a criticar, ha calificado su ópera como “provinciana” se debe a la simple envidia. “Las capitales tienen el deseo de ser únicos detentores de la verdadera cultura” -dijo una vez su padre. Tenía razón, y Teresa repite aquella frase cuando la ocasión es tan buena como esta.

Salen del teatro, el marido de Rosa espera en la plaza. Conversan unos minutos, luego se separan. Ya es tarde, las once. Teresa repasa mentalmente sus asuntos para mañana: no tiene nada importante, pasará por la librería para comprar esa novela de moda. La propondrá para la próxima sesión del club de lectura. Sí, eso hará.

Chicos con litronas en la plaza, con música estridente saliendo de sus móviles. Teresa pasa más rápido a su lado, apretando el bolso con fuerza. La juventud de hoy no tiene valores –piensa-, todos serán delincuentes, pero yo no lo veré. Esa reflexión, sin embargo, no contempla su mortalidad. Cuando Teresa piensa en la muerte lo hace sobre su funeral, que será sencillo, elegante, y emotivo en su justa medida; aunque a Rosa se le escapará algún sollozo estridente, tiende a la exageración. Arturo esta a la puerta de su edificio fumando un cigarrillo, al verla tira la colilla y le abre paso.

-Buena noches, señora.
-Buenas noches, Arturo. ¿Aún despierto?
-Ya me conoce, no me quedo tranquilo hasta verla de vuelta. ¿Qué tal la función?
-Preciosa, gracias –responde sonriendo.
Los movimientos del conserje tienen la precisión de años, la simple repetición habitual le empuja a llamar el ascensor, comprobar el reloj, abrir la puerta, y realizar el gesto de despedía con la idéntica sonrisa de todos los días
-Buenas noches, señora.
-Buenas noches, Arturo.

Tercero izquierda. Cambio de ritmo. Teresa cierra con dos vueltas y deja atrás la languidez. Enciende las luces, suspira mirándose en el espejo. Permanece inmóvil observando su aspecto, espera algo. ¿Un sentimiento? ¿Un pensamiento? Quizá cualquier cosa. Pero todo está quieto, atrapado en el tiempo. Deja el abrigo en su lugar, luego pasa al dormitorio, se quita pendientes, collar, anillos, pulseras, se desmaquilla, después adiós a los zapatos, abajo el vestido, y otra vez ante un espejo. Esta vez semidesnuda, esboza una posición casi erótica e introduce sus dedos en el pelo, lo nota rígido por la laca, pero tira de él, alborotándolo como si fuese una niña. Se pone la bata, y toma un yogur en la cocina, mientras se llena la bañera. Termina de desnudarse en el baño, apaga las luces y poco a poco se hunde en el agua caliente. Todo está en silencio, debe ser medianoche. Su cuerpo le parece menos huesudo, como si se hinchara. Está cansada, el baño es muy agradable. Su padre fue el único hombre que la amó. Es un pensamiento habitual en ella, una especie de herida donde hurgar de cuándo en cuando para aliviarse el picor. Se pregunta cuándo lloró por última vez, pero no puede recordarlo. Se queda en blanco. El grifo gotea. ¿Harán el amor Rosa y su marido? Quizá tiene envidia. Se reprende por su pensamiento. ¿Cuándo será la próxima ópera? Mañana llamará a Rosa para preguntarlo, ella siempre sabe esas cosas. ¡Cuánto silencio! ¿Por qué nunca remedió ese silencio? Ahora ya es vieja, es tarde. Intenta convencerse: todo va bien. No se arrepiente, es una dama. ¿Sirve de algo ser una dama? Es una pregunta inoportuna. No respondas, Teresa. Siempre se ha creído mejor que los demás. Su padre aún tiene la culpa, aunque lleve muerto dos décadas.

No, no recuerda cuándo lloró por última vez. Se siente maravillosamente en el agua, ojalá pudiera sentirse siempre así. Rosa estará ya dormida en su cama, con sus uñas pintadas de rojo. Mañana llamará, mañana comprará un libro, quizá también flores. Está cansada. Sería tan agradable dormirse en la bañera, arropada por el agua caliente… Cierra los ojos para relajarse un momento, sólo un momento.

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Un comentario en “Teresa

  1. Anónimo dijo:

    Me ha gustado mucho, y me ha venido una reflexión a la cabeza a través de una frase de tu escrito, ¿Por qué siempre hurgamos en las heridas, en vez de curarlas, cicatrizarlas, y sentir por fin alivio?

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