My dad is an engineer

La fiesta era en casa de Maurice. Ya era algo habitual, normal, todos sabían que los sábados uno podía ir chez Maurice a partir de las 19h00. Siempre había algo montado. Era el lugar de encuentro de los pretendidos intelectuales, de quienes jugaban a serlo aunque todavía no hubieran terminado la universidad. El anfitrión, cuarentón, adinerado y aburrido tenía una novia joven, pintora, quien realmente organizaba aquellas fiestas.

Pierre se sentía allí como pez en el agua, por supuesto también les criticaba por su vanidad, pero se debía a su propio y desmedido ego. Llegó con aires de príncipe encantador, de lobo solitario, de poeta maldito, todo a la vez. Ocultaba, como siempre, su hambre enorme, su pasión por la propia imagen. Esta vez alguien había invitado unos americanos, hablaban de una exposición de fotografía, citaron las grandes cámaras de su país. Luego, cuando el tema se agotó, pasaron a la siempre socorrida literatura, como si ellos aún formaran parte de la Lost Generation. Parecían emocionados con el hecho de estar en aquella casa en medio de París, rodeados de los típicos edificios de postal, bebiendo vino entre chicas amaneradas, de labios fruncidos y mirada lánguida.

Pierre se fijó en una chica con el pelo rojo burdeos, de carácter simple (o eso le parecía) Se llamaba Jane, no podía ser de otra manera. No hablaba francés, pero no importaba, era incluso mejor, Pierre estaba contento de demostrar su dominio del inglés. Era todo sonrisas y atenciones con ella, jugaba a seducirla con alguna caricia furtiva, con bromas sutiles, de fácil doble sentido. Cuando ella llevaba ya varias copas de chardonnay, Pierre soltó su revelación, siempre funcionaba. I’m a writer. Y la frase dio comienzo a un discurso que muchos chez Maurice ya conocían. Le habló del problema de la belleza del lenguaje, de la exactitud de las palabras elegidas, de lo difícil de no dejarse arrastrar por los temas tradicionales y mil veces utilizados. Quería hacerle partícipe de su carácter de hombre ligeramente atormentado, pero a la vez seguro de su éxito futuro. Funcionó, Jane durmió aquella noche en su cama, y en recompensa él recitó algo de Yeats antes de desnudarla.

Por la mañana Pierre preparó el desayuno, luego pasearon por el barrio, en busca de cierto escritor consagrado que él consideraba como su mentor, aunque esa parte ella no la sabía. El hombre, viejo ya, de aspecto descuidado, tomaba su café de siempre y leía el periódico habitual en el café de todos los domingos. El encuentro pareció casual, se sentaron por la insistencia del escritor, pidieron café solo y fumaron un cigarrillo tras otro, porque la bebida y el tabaco parecían indispensables para los de su casta. No obstante, la mañana no invitaba a la bohemia, era clara y calurosa. Suerte del viejo, que cumplió su papel como Pierre esperaba. Frente a ella, él le arregló el pelo, demostrando así su cercanía ante alguien “tan importante”. El escritor contribuyó al juego con comentarios elogiosos sobre el trabajo del joven. Hablaron evidentemente de literatura, mezclando el inglés y el francés de forma natural, aprovechando la presencia de la joven para discutir sobre Faulkner y su importancia en las letras francesas. Pero de pronto se hizo tarde, ella dijo algo que no debía, rompiendo el encanto del momento. My dad is an engineer. Pobrecita, parecieron pensar aquellos dos literatos, y el escritor cambió radicalmente de tema, le preguntó por sus estudios, su visita a París. Ella, tímida pero segura de sus opiniones, no facilitó la conversación. Pierre se levantó rápidamente, dando por terminado el encuentro.

Mientras se alejaban, el viejo notó cómo ella se apretaba contra el chico, impresionada por el autor desarrapado, por su relación tan familiar de maestro y aprendiz. En aquel momento, Jane ya era suya, la podría tener siempre que quisiera, y aunque a Pierre le complacía esa admiración, de pronto le parecía una chica vulgar, una más con el pelo teñido. Volvieron al apartamento para aprovechar desnudos el domingo. La semana siguiente ella le llamaría día tras días, y él se haría el ocupado, bromeando con sus amigos sobre lo fáciles que son las americanas, tan enamoradizas ante el encanto francés.

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