Algo debe cambiar para que todo siga igual

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2014

Salvo sorpresa mayor será la noticia editorial del año, Balcells y Wylie se fusionan. Son las dos agencias literarias más grandes del mundo, o siendo más exactos, la más grande y la de mayor cuota de mercado hispano. El matrimonio tiene un objetivo claro: hacer frente al monstruo devorador (también conocido como Amazon) La apertura del mercado en Internet ha transformado las reglas de juego, haciendo que estos negocios de décadas busquen estratagemas para seguir siendo la sal de la tierra.

¿Qué quiere decir eso? Nada en realidad, que el sistema tiene miedo y no sabe cómo enfrentarse a los nuevos retos. Su respuesta es hacerse más grande, una opción que cada vez vemos más. Hace poco dos de las grandes marcas europeas Penguin y Random House también se fusionaron, y en España Planeta y Penguin Random House se reparten el pastel con comodidad. Prueba de ello es que hace sólo unos meses que ésta última ha comprado Alfaguara. Es decir, siguen la famosa máxima del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa “algo debe cambiar para que todo siga igual.”

¿Notaremos esta fusión? Quizá los escritores representados por estos grupos se sientan más protegidos, (o presionados, quién sabe) quizá el nuevo imperio Balcells&Wylie pueda batallar para que todo siga como está, para presionar en busca de políticas contra la piratería. No obstante, sigue pareciendo un parche, una solución temporal a un problema más difícil.

El de la piratería es un tema delicado para el sector. En nuestro mundo abierto e hiperconectado, todo es susceptible de ser subido y descargado de Internet. Desde luego la disponibilidad de la cultura es algo por lo que merece la pena luchar, pero no a cualquier precio. Me explico: a este mundo de libros, anquilosado e incapaz de ofrecer respuestas coherentes a la problemática actual, tampoco se puede responder con el gratis total. La razón es sencilla, Javier Marías publicará en septiembre su última novela, y la anterior fue hace tres años. ¿Se imagina usted, querido lector, trabajando tres, dos, un año en un proyecto cualquiera, para que luego alguien lo copie con impunidad, sin retribuirle a usted un sólo céntimo? No, claro que no. A cualquiera le indignaría, y reclamaría y acusaría de robo a quien hubiera tratado así su esfuerzo y dedicación. ¿Por qué entonces la cultura es distinta? Cierto, quizá Javier Marías venda suficiente como para que la injusticia se la lleve el viento. ¿Pero y los jóvenes escritores? Aquellos de tirada media sufren este problema como una enfermedad, no hablemos ya de los autores noveles, que cada vez encuentran más difícil publicar.

IndustriadelLibro5-Jorge Fdz Ruiz

Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Y retomo el tema con el que comencé. Las casas de edición y las agencias editoriales son negocios, y no se arriesgan con nuevas apuestas estando el mercado como está. Lo cual explica por qué los best-sellers son cada vez de peor calidad literaria, y por qué las publicaciones empiezan a fijarse más en esas biografías de personajes televisivos, memorias de políticos, cantantes, etc. Se venden bien y punto. Este “cambiar algo para que todo siga igual” terminará mecanizando la industria literaria,  es un proceso que ya está en marcha, ofreciendo productos de mucha menor calidad, ya que el mercado cada vez es más competitivo. Antes, no hace mucho, sólo una generación anterior a la actual, las editoriales, incluso las grandes (enormes aún no había), trataban el libro como un producto al que se le debía cierto respeto, ahora el único objetivo es el dinero, y no importa descuidar las partes intermedias, sólo importa la caja. Este panorama condena a la desaparición de los escritores, de los verdaderos escritores, aquellos aquejados no sólo de la obsesión por la palabra (leí hace poco que Gabriel García Marquez rescribía seis veces sus libros antes de darlos por buenos) sino con el interés de dedicarse a una opción tan desagradecida. Simplemente llegará un momento en que nadie escribirá porque hasta los literatos tienen la mala costumbre de comer, querer fundar una familia, querer dormir bajo un techo… Conozco el caso de un escritor, cuyo nombre no mencionaré por respetar su privacidad, publicado en una gran editorial de nuestro país, que ha vuelto a vivir con sus padres por la imposibilidad económica de hacerlo en otro lugar, tiene casi cincuenta años. ¿Quién quiere ese destino?

¿Saben? Quizá me he equivocado. En El Gatopardo hay otra cita: “Todo esto no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor.” El personaje que pronunciaba tanto estas palabras como la frase del título, se refería al cambio político que vivía, y tenía razón, si echamos la vista atrás su vaticinio se han cumplido. Quizá, si se me permite la comparación, esté pasando algo similar con el mundo editorial. Las cosas cambian para que sigan igual, los grupos empresariales simplemente se hacen más grandes y son más competitivos, pero eso sólo está allanando el camino hacia algo peor, hacia ese futuro que tan bien ilustra la imagen de Jorge Fernandez Ruiz que acompaña este artículo, un mundo donde los libros habrán perdido todo rastro artístico, donde serán simples objetos, aportando únicamente morbo y quizá cierto entretenimiento.

Queda una esperanza, las pequeñas editoriales. En nuestro país hacen un trabajo exquisito; de hecho, nuestra buena calidad editorial se debe a ellas, fueron quienes comenzaron a tratar el libro como antes, con mimo, con una maquetación muy cuidada y una selección fresca y brillante. En los últimos quince años, las grandes han imitado su buen hacer, al menos en lo que a estética se refiere. Pero digámoslo todo: no es tan horrible, España también es uno de los países qué mas traducciones hace, pero en lo que a cuidado con el escritor novel (o no tanto) se refiere, no damos demasiadas oportunidades.

El rumbo de este mundo editorial es difícil de predecir, el lector de la sección de cultura está harto de leer sobre la crisis del sector, sobre los problemas de la edición en Internet, y también está harto de que rara vez se propongan alternativas y soluciones. Es cierto, la industria está en crisis, y las respuestas de las grandes compañías no parecen acertadas. ¿Entonces? Entonces sólo queda el objetivo que más han obviado, el lector. Es al lector al que hay que atrapar, y a ellos, más que presionando para obtener ciertas políticas de distintos gobiernos, se llega a través de la educación y de renovar la cara del gremio. Es donde su influencia obtendría más resultados en el futuro, pero claro, en la voracidad del mercado actual el presente siempre será más importante, y ahí el best-seller lleno de tópicos gana, el amarillismo crece, y la literatura como arte muere.

La soledad de los vasos comunicantes

“Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?” 
J. Gil de Biedma

–Estamos solos, ya lo sabes –dijo ella
–Sí, pero la vida…
–¡No! –le interrumpió – No, por favor. No empieces a filosofar. Lo siento, me hiciste una pregunta y te respondo.

Entonces le dio el anillo. Él sintió la mano pesada, como si el milagro de los alquimistas se hubiera obrado a la inversa, y el oro fuese simple plomo. En realidad le pesaba la verdad, pero no la sencilla negativa de ella, sino otra más compleja. Porque él ya sabia la respuesta cuando vio su cara mientras se arrodillaba, la supo incluso antes, cuando compró la joya, cuando estaba eligiéndola, cuando pensaba en ir a la tienda, cuando tomó la decisión de pedirle matrimonio. Quizá por eso se molestó tanto en prepararlo todo, era el escenario para una buena despedida, una de guión dramático.

¿La excusa de su subconsciente-consciente? La soledad. Las personas son como vasos comunicantes, están unidos por un estrecho segmento y comparten muy poco a la vez, sencillamente no pueden hacerlo de otra manera. Ella pensaba lo mismo, y se enamoraron, por eso ahora debía terminarse, ambos necesitaban encontrar a otros que no estuvieran de acuerdo con su teoría, que les engañaran durante el máximo tiempo posible.

–La vida es absurda, –había dicho él – por eso debemos casarnos. Ella también pareció de acuerdo con aquello. Todos acumulamos remordimientos por alguna decisión de nuestra vida, nos llevara por el camino de cometerlo o por el de evitarlo. Habitualmente dejamos en último lugar a las personas, en la idea, nunca pronunciada, de que si una desaparece otra ocupará su lugar tarde o temprano, al fin y al cabo el mundo es muy grande y nuestro acceso a él cada vez mayor. El esfuerzo del amor, de cualquier amor, cuesta demasiado, e invertir en él casi siempre tendrá un resultado imperfecto. ¿Por qué conformarse entonces, si aspiramos a la perfección?

–Algunos lo hacen por miedo a la soledad, –añadió ella – pero da igual, nunca dejan de estar solos, igual que tú y yo.

No era cierto, no del todo, la teoría lo niega: a veces es suficiente lo compartido, pero hace falta entenderlo, y la comprensión en ambas direcciones se da en muy pocos casos. ¿Cómo encontrar esa perspicacia? Es imposible, el azar. A veces aparece como lo hacen las aves fénix en las chimeneas, pero no existe una brújula ni un buscador por Internet.

–Es curioso, –dijo él un día mirando la televisión – somos una sociedad de estadísticas, pero no existe una sobre qué porcentaje de la población encuentra alguien adecuado a su lado.
Ella torció el gesto:
–Sería imposible, muchos mentirían. Nadie quiere admitir que eligió al equivocado o dejó escapar al correcto.
–Porque estamos solos.
–Porque estamos solos –repitió ella.

Así que él renunció a teorizar sobre el amor cuando ella dijo no. Nunca habían estado juntos, no realmente, la mayoría se deja llevar por el impulso de la atracción primera, ellos también lo hicieron, y luego incluso hubo cierta comprensión racional, fría, y continuaron juntos un tiempo. Se querían, aunque querer es fácil, las semanas, los meses y años ayudan. Pero sentados en el sofá eran dos extraños abrazados por convención social, incapaces de sentir el deseo de prolongar para siempre ese momento, simplemente viviéndolo sin detenerse, por separado. Y es que el amor no es ciego ni estupido ni perfecto ni siempre placentero o doloroso. El amor es geográfico, porque cuando dos verdaderos amantes están juntos sólo existe un lugar, y no importa el tiempo o las obligaciones u otros deseos porque ese será el único espacio donde ellos deseen estar, donde estarían siempre si el mundo dejase de girar. Juntos, comunicándose gracias a esa constreñida unión, ese vínculo que pese a ser exiguo también es suficiente.